Uruguay: ejemplo de democracia
En los índices de calidad institucional que se suelen publicar, Uruguay se halla siempre entre los primeros países de América Latina, muy por encima de la Argentina. Acabamos de asistir a una nueva muestra del motivo de esa significativa diferencia. Las elecciones presidenciales de segunda vuelta entre la coalición oficialista que lideraba Álvaro Delgado y el opositor Frente Amplio encabezado por Yamandú Orsi no sólo se desarrollaron con absoluta normalidad, sino que fueron un elocuente testimonio de esa civilidad tan arraigada en la sociedad oriental y que no debería sorprender si no fuera porque va a contramano, desgraciadamente, de las tendencias del mundo actual.
La pacífica alternancia entre colorados y blancos, primero, y de la coalición de esos partidos con otros menores en caudal electoral y el Frente Amplio, después, signó la vida política uruguaya desde la recuperación de la democracia en 1985. El elemento esencial es que todos los actores relevantes del sistema político se reconocen recíprocamente legitimidad. A partir de esa premisa, es más fácil elaborar políticas de Estado con vocación de permanencia. Unos ponen un mayor énfasis en la acción del Estado, otros en la del mercado, entre otros aspectos que los separan, pero ningún gobierno se pretende fundacional ni adanístico: construye a partir de lo ya existente, sin querer introducir modificaciones de 180 grados, que más tarde se revertirían con administraciones de signo opuesto. Ni la centroizquierda descree del mercado ni la centroderecha del Estado. Como en los países de mayor desarrollo humano del mundo, la iniciativa privada es el motor de la economía, en un contexto de equilibrio de las cuentas públicas y de apertura que mantiene también el Frente Amplio, varios de cuyos dirigentes provienen de la izquierda dura e insurreccional de los setenta. Pero el Estado no es visto por los blancos y los colorados como una asociación criminal, sino como un ente imprescindible para asegurar la igualdad de oportunidades y contribuir a facilitar el acceso a ciertos bienes públicos, como la salud y la educación. Como dijo en 1958 Willy Brandt: “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”.
-
Te puede interesar
Luis Caputo sumó a un economista uruguayo a su equipo
Esa coincidencia fundamental, que prioriza, además, los intereses permanentes de Uruguay, se asienta en un firme respeto de las instituciones. Después de las guerras civiles del siglo XIX, los uruguayos desterraron el caudillismo, el personalismo, los conductores providenciales que se consideran por encima de la ley. Por eso son más fáciles el diálogo, la convivencia, la búsqueda de consensos. Las diferencias no transforman al otro en el enemigo. Julio María Sanguinetti y Pepe Mujica dieron un ejemplo magnífico hace pocos años cuando decidieron renunciar el mismo día al Senado y retirarse de la política activa. Otro gran expresidente, Luis Lacalle Herrera transita por las ciudades y calles orientales como un ciudadano más, recibiendo el respetuoso afecto de sus compatriotas.
De ahí que sean absurdas las imputaciones que en las redes sociales se leen contra Luis Lacalle Pou por parte de algunos argentinos de muy escaso conocimiento de la realidad y la historia de nuestros hermanos uruguayos. Se le atribuye la derrota de su candidato por haber sido “tibio”. Es notable que el republicanismo y la civilidad sean considerados un vicio. El gobierno de Lacalle Pou, fue brillante y él se retira con un alto grado de aprobación (55%). Habrá que analizar qué factores indujeron a algunos indecisos a volcarse en la recta final por el Frente Amplio, pero los que lo hicieron sabían que no daban un salto al vacío. El fantasma del comunismo que agitan desde este lado del Plata “las fuerzas del cielo” no merece más que una sonrisa piadosa.
Todo el proceso electoral fue ejemplar. Álvaro Delgado repartiendo boletas en la Rambla de Montevideo hasta el propio sábado anterior al comicio en un clima pacífico y alegre; Lacalle Pou yendo a votar sin custodias ni jefes de prensa, caminando más de tres cuadras entre la gente que lo saludaba con mucha calidez. Habló con todos los medios, sin enojos o agravios. Delgado reconoció el triunfo de Orsi a la hora y media de haber terminado los comicios, con un 35 % de las mesas escrutadas, en las cuales venía ganando ampliamente, pero ya sabía por las mesas testigo que había triunfado su competidor. Los discursos de ambos candidatos fueron respetuosos y conciliadores. El gobierno convocó al presidente electo a una reunión al día siguiente para organizar una transición ordenada.
Luis Lacalle Pou llevó la salud y la educación pública al 80 % de la población, a la par que generó un fuerte crecimiento del empleo genuino y del salario real. No vaciló en aumentar las partidas del gasto social, en el marco de una macroeconomía ordenada y una inflación anual inferior al 7 %, todo ello en el marco de la pandemia que azotó al planeta y de una atroz sequía. Un auténtico liberal progresista, “firme con las ideas y suave con las personas” como le gusta decir. Los que tenemos admiración y afecto por él lamentamos que su coalición no haya ganado, pero sabemos que los pilares fundamentales de ese gran país no se alterarán. El secreto último del progreso uruguayo no hay que buscarlo en los tratados de economía, sino en esos valores que hoy en la Argentina muchos desprecian: los de la República. No tienen, por suerte, iluminados, ni presidentes insultan a los que piensan distinto. Hay mucho más debate de ideas y muchas menos descalificaciones personales.
* Dr. Jorge R. Enríquez, exdiputado nacional – Presidente de la Asociación Civil JUSTA CAUSA
Mail: jrenriquez2000@gmail.com
X: @enriquezjorge
https://jorgerenriquez.wordpress.com