Javier Milei insiste en su intransigencia, no acepta cambios y se enamoró del kirchnerismo
Javier Milei ganó las elecciones con una motosierra en la mano y una inocultable desidia por quien piensa diferente o distinto, a quien hace ver como casta, dueño de una prebenda o, directamente, un ignorante según su creer y entender. Esa actitud no cambió, a pesar que la gente que lo votó en primera o segunda vuelta considerara que muchas de esas propuestas o posturas son “cosas que dice pero que después no va a cumplir”.
Esa intolerancia contra el que piensa distinto ya había sido advertida en la campaña electoral con Diego Sehikmann cuando no quiso participar de su programa en desacuerdo con la presencia del panel de donde le hacían preguntas y desde la asunción la sufrieron directamente María O’ Donnel, Adrián Suar y Silvia Mercado,
La sociedad, la adulta, la que no se queda enfrascada en los slogans o en simples agoritmos que arrojan las búsquedas y las “conversaciones” de las redes sociales, aún recuerda cómo Cristina Fernández de Kirchner retaba por cadena nacional a un abuelo que le había regalado diez dólares a su nieto mientras ella le pedía a sus ministros que pesificaran sus ahorros.
Años atrás, Néstor Kirchner había impuesto preguntarle a los periodistas en qué medio trabajaban a modo de ponerlo en el rol de opositor o cadete de Clarín. Milei no hace eso directamente porque no habla con la prensa pero, al igual que el matrimonio Kirchner, desea e impulsa una comunicación “directa” con la gente sin tener que pasar por el tamiz de los periodistas, especializados en conocer la letra fina de todo lo que se propone desde el Ejecutivo, buscar opiniones al respecto y fijar una relación directa entre sus proyectos y la vida real.
También el buen periodismo busca determinar qué intereses se tocan y cuáles no cuando se habla de tal o cual cosa. No oculta ni lo propone abstraerse de dar una opinión, pero esta casi siempre está basada en una información preliminar recabada en una investigación o por ejemplos brindados por la experiencia previa en situaciones similares a las que se debaten en ese momento.
Javier Milei se ocupa personalmente de atacar y denostar a quienes lo critican, lo cual es pésimo y lo emparenta con lo peor del kirchnerismo, justo por lo cual ganó. Las formas y los modos, los atropellos tan habituales en Cristina, Néstor y el propio Sergio Massa en más de una oportunidad, fueron los que le permitieron ganar. Es de locos, y a él lo tildan así, usar los métodos que provocaron la derrota de sus rivales como estilo propio.
No responde un montón de interrogantes que pesan sobre su corto mandato, donde todavía tiene dos derechos. Mostrar que sus posturas son apoyadas por la mayoría social y, por el otro, el de equivocarse. Es un Gobierno que recién empieza, con una increíble cantidad de funcionarios que nunca tuvieron responsabilidad pública y otros que toman decisiones sin tener siquiera un nombramiento formal.
La inflación no cede. El dólar aumenta. Los “tongos”, de los que habla Milei no desaparecen sino que se incrustan en el poder. Mientras pasan estas cosas, que venía a cortar con su motosierra el propio presidente, Milei se encarga de pelearse con los periodistas, los actores y los legisladores que no son de su partido pero que lo quieren ayudar porque los considera casta, que tienen arreglos espurios o, directamente, son ignorantes.
La gente está pagando un brutal ajuste. Milei se entretiene con hablar con Elion Musk y disfruta cuando sus seguidores destratan a quienes simplemente no opinan igual. Está claro que no piensa cambiar. Lástima. Vamos a tener que soportar lo mismo, con los mismos efectos sociales y económicos, que lo vivido hasta hace muy poco tiempo atrás.