El instinto de supervivencia de la "casta" pone en serios aprietos a Patricia Bullrich
Hay cuestiones emocionales, sensaciones diarias, actitudes políticas y decisiones personales que no aparecen en las encuestas ni en los focus groups, pero que no son imperceptibles a los buceadores del humor social y las tendencias de época.
Salvador Baratta es casi un desconocido para la mayoría de la población y su nombre solo suena, muy de vez en cuando, si se discuten temas relacionadas con la Policía y la Seguridad. Fue subjefe de la Bonaerense cuando Daniel Scioli gobernó la provincia y ahora estaba por ser electo concejal de Juntos por el Cambio en Lanús.
Sin embargo, ante un simple ofrecimiento de ser ministro de Seguridad realizado por Carolina Píparo, abandonó el proyecto de Néstor Grindetti para aliarse con la candidata a gobernadora de la provincia de Buenos Aires por La Libertad Avanza.
Las explicaciones y las motivaciones pueden ser muchas, pero nadie se va de un equipo ganador. Aunque del otro lado le ofrecieran ser presidente, si sabe que ese proyecto está lejos de alcanzar el objetivo, no se movería de su zona garantizada de confort.
Esto pasa, por ejemplo, en el peronismo kirchnerista. Siguen apareciendo escándalos como los de la Legislatura bonaerense, con claros responsables políticos que conducen hacia los principales candidatos de la fuerza, pero nadie se escandaliza. No porque sean lo mismo, sino porque no conviene hacerlo ahora.
Tampoco salen a alertar por la increíble inflación que somete a la clase media y la lleva a tener que transformarse en empobrecida y, los pobres, en pauperizados. Todos los dirigentes de Unión por la Patria eligen creer, se suben a los anuncios de alegría y felicidad que viene realizando Sergio Massa y van, sabiendo que al día siguiente todo puede estallar.
Todo lo inverso pasa en Juntos por el Cambio. No hay un referente social o político que se sume a su gesta, que rompa con lo que está viendo en su espacio político actual para decir “estos están locos, me voy a ver qué sucede cerca de Grindetti (Néstor) o de Patricia (Bullrich). No, nada de esto pasa.
Javier Milei está acaparando la ola del ganador. Nadie sabe a ciencia cierta si esto sucederá y si es inexorable un gobierno bajo su tutela. Pero la ola, la “demanda”, las conversaciones, van todas hacia ahí.
El rival pasó a ser el Gobierno con sus anuncios, la regeneración de expectativas, otra más en poco tiempo de Sergio Massa de convocar a un Gobierno de coalición nacional, con muchos de los experimentados cambiemistas más cercanos en acción y pensamiento al anarco libertario que a sus propios aliados históricos como los radicales o los provenientes del peronismo menemista.
La elección no está definida. Recién hoy empieza la cuenta regresiva. Pero se ven las actitudes. Por cuestiones laborales y recreativas, quien esto escribe se encuentra en Neuquén. Milei no necesitó de un cartel para ganar. Massa y Rossi aparecen detrás de cada curva y Patricia Bullrich en ningún lado. Pero ella, a diferencia del “loco de la motosierra”, quedó tercera lejos.
Tampoco se la ve mucho en la vía pública bonaerense ni porteña. Los carteles siguen con las imágenes de Horacio Rodríguez Larreta, fuera de toda contienda. “Todavía nos faltan terminar esas cosas”, confesó un operador que suele alojar a los máximos protagonistas en su hogar.
Parece, por la cadencia de la realidad, que salvo cuestiones insondables aún para consultores y cientistas sociales, que la discusión ya los dejó en el camino. Más allá de los triunfos rotundos en varias provincias, lo nacional no impregna y ni siquiera pueden instalar lo mínimo, lo básico. También ahí ya olfatean el día después.



