El cuarto movimiento que puede nacer de estas elecciones
De más está decir que la historia no le brindó a “Don Raúl Alfonsín” ni la posibilidad ni las herramientas para dar forma a ese movimiento. Solo veinte años después la política alumbró un proyecto de esas características. Porque no se puede negar que el kirchnerismo logró ser ese Tercer Movimiento. Y lo hizo tomando numerosos elementos del programa alfonsinista, pero aprovechando la “mística” y la estructura del peronismo, del cual es esencialmente diferente en numerosos aspectos.
Con el renunciamiento de Cristina, seguida de su imposibilidad de entronizar a “Wado” de Pedro como candidato, quedó claro que este “Tercer Movimiento” ha llegado a su ocaso. Obviamente, no desaparecerá (por lo menos no en el corto ni el mediano plazo), pero cabe preguntarse si, completada la segunda veintena de la recuperada democracia, no está comenzando a nacer un nuevo “Movimiento”, destinado a determinar la vida política del país por los próximos años.
¿Por qué es posible pensar en la emergencia de un nuevo proyecto político de este tipo? En primer lugar, porque el contexto objetivo resulta propicio, especialmente para un movimiento que, como marca la propuesta electoral con reales chances de llegar al
poder, abrace ideales tradicionalmente considerados “de derecha” y “pro-mercado”. Ese contexto tiene dos ejes. El primero es el puramente económico.
Las crisis suelen ser el caldo de cultivo de los movimientos. Pasó con el radicalismo, que hizo su irrupción cuando la crisis de fines de la década de 1880 mostró que el modelo del PAN necesariamente tenía límites. O con la inestabilidad global fruto del período de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, sin la cual no podemos entender el nacimiento del peronismo. Y, sin dudas, no hubiera habido kirchnerismo de no mediar el estallido de 2001.
La otra arista es, a la vez, política y cultural. Y tiene una escala que excede a nuestro país. En gran parte del mundo vemos cómo “la derecha” y sus idearios saltan al centro de la escena, siendo cada vez más reivindicados socialmente luego de décadas en las que eran “mala palabra” en los debates públicos. A eso debemos sumarle que, a diferencia de lo que ocurriría en otros tiempos, las “nuevas derechas” son, de Brasil a Europa, pasando por Estados Unidos, eminentemente “movimentistas”.
En el orden eminentemente sociopolítico, también hay señales de un cambio en las demandas populares que tienden a modificar el escenario político. Porque, siguiendo el pensamiento de Ernesto Laclau, un populismo (que bien puede ser entendido como un
sinónimo de movimiento) nace a raíz de demandas sociales insatisfechas que, a su vez, se encolumnan en torno a lo que ese autor llamó “Significante Vacío”. El radicalismo surgió ante el reclamo de una mayor institucionalidad.
El peronismo se erigió sobre el pedido por la “Justicia Social”. Por su parte, el kirchnerismo aprovechó (explícita o implícitamente) un concepto muy en boga en los años de la crisis de principio de siglo, el de la “solidaridad”. ¿Y el supuestamente naciente “Cuarto Movimiento”? En ese caso destaca el concepto de la “libertad” (de trabajar sin ser asfixiado por impuestos, de salir a la calle sin miedo, de transitar libremente o de lo que cada uno considere, porque ahí radica la vacuidad del término) como el más resonante de los significantes que sobrevuelan el debate social. Si bien en este caso destaca la prédica de Javier Milei, sus gritos libertarios probablemente no hubieran tenido tanta cabida de no haber mediado la larguísima cuarentena pandémica, donde todos vivimos lo que significa no tener libertad para hacer lo que queremos o necesitamos.
Más allá de lo discursivo, un movimiento necesita, por lógica, a alguien a quien movilizar. El radicalismo nació para representar a la clase media inmigrante y sus descendientes. El peronismo, de más está decirlo, catapultó a la vida política a la clase obrera. Y el kirchnerismo abrazó y potenció a aquellos “desclasados” que se habían caído del sistema tras el estallido de la convertibilidad.
Preguntarnos a quién le habla este nuevo movimiento resulta difícil en el medio de una campaña electoral, en la que siempre se busca atraer a todos. Y más aún en una construcción política de cuño liberal, donde de base no habría espacio para estructurar a
las personas en sindicatos u organizaciones sociales. Pero sí es destacable cierta tendencia a revalorizar el mérito individual.
La centralidad del “mérito” no es nueva en la política (su uso se remonta a los tiempos de Margaret Thatcher) pero hasta ahora no era, al igual que otros conceptos tildados como “de derecha”, bien visto en ciertos segmentos de la sociedad argentina. Pero, desde el punto de vista de un proyecto político, resulta magistral. Justamente, porque sirve para englobar a una amplia mayoría. Porque todos, en mayor o menor medida, podemos considerar que somos “meritorios”. Tiene mérito “el que emprende y da trabajo”, pero también el “laburante” que se levanta a las 5 AM y se toma un tren y dos colectivos para trabajar en la empresa del primero.

Foto: MDZ.
El mérito se expresa en el peón rural que trabaja de lunes a lunes, y también en el joven influencer que se deja la vida en crear y curar su contenido. Esto tiene, a su vez, directas consecuencias políticas. Si el actor social por excelencia es el desocupado que necesita de la solidaridad social se requiere de un Estado “Robin Hood” que ande absorbiendo y redistribuyendo la mucha o poca riqueza que haya. Pero si vivimos en un país de “meritorios”, éstos van a exigir al Estado que los deje ser, que les “saque el pie de encima”, para enfocarse en lo realmente importante.
Y de ahí se desprende la obligación de brindar seguridad como el pedido más importante (y más, “de derecha”, dirán algunos) en este sentido. Sobre este sustrato sociocultural, quienes arrancaron la campaña con mayores chances de sentarse en el Sillón de Rivadavia tendrán la posibilidad de dar forma a su proyecto político. Y si bien el sustrato es el mismo, el tipo de movimiento que se construirá dependerá mucho de quién resulte victorioso. Si Massa logra el milagro de ser Presidente en este contexto económico, debemos esperar que, a fin de poder sacarse de encima al kirchnerismo que habrá contribuido a su victoria, se recueste sobre las corporaciones sindicales, empresariales y los gobernadores (a los que podemos entender como una corporación política) que lo llevaron de la mano a la candidatura.
En ese sentido, Massa es un burócrata, una persona que puede hacer las cosas bien (entendiendo eso como algunas reformas económicas y un fortalecimiento de la seguridad), pero siempre lo hará respondiendo a los intereses de esas estructuras.
Larreta, por su parte, es un especialista de la política, un tecnócrata. Él y su armado se definen por mostrarse como los que tienen experiencia y que “saben lo que hay que hacer”. Tan enfocado está que es el único que expresó su deseo de conformar un movimiento (me refiero a sus declaraciones sobre la necesidad de sumar “al 60-70% del espectro político”).

Foto: MDZ.
La propuesta de Bullrich se puede entender como una invocación “militante”. Al carecer (o buscar contraponerse a) una estructura potente como las de los anteriores, a la exministra no le queda mucho más que decantarse por interpelar directamente a la gente. Un movimiento militante tiene la virtud de proponer una construcción colectiva, pero con un discurso excluyente del “otro” (“Es todo, o no es nada”). ¿Y Milei? El economista libertario demostró ser, por múltiples factores, una contradicción andante, y eso sin dudas se trasladaría a su ejercicio en el poder. Sin dudas que está lejos de ser, como muchos lo pintan, un émulo de Hitler con “peluca”, pero su discurso hasta ahora se caracterizó por altas dosis de autoritarismo.
Él simplemente “baja línea” de lo que considera que debe hacerse. Puede tener un espíritu de “tecnócrata”, pero lo ejerce con un estilo “Trump-bolsonarista” demasiado exacerbado para nuestra sociedad, así como una tendencia hacia la “democracia delegativa” (de ahí su amenaza de gobernar por decreto). Sea cual sea el perfil que tenga, quien triunfe en la elecciones deberá transformar
a su proyecto político en el centro gravitatorio de la política nacional. Por un lado, porque es la forma de lograr la gobernabilidad que requiere un “piloto de tormentas”. Pero, aún más importante, porque es la única forma posible llevar adelante un programa
“liberal” en un país en el cual la sociedad y la economía están acostumbrados a existir a la sombra del Estado.

* Ignacio Gallelli, politólogo y Responsable de Asuntos Públicos en Open Group – Consultores en Comunicación

