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Máximo Kirchner no está en una campaña de Unión por la Patria que no cierra heridas

Los candidatos hacen que están en campaña. En la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof duplicó sus recorridas de gestión, pero Máximo Kirchner, el presidente del PJ que a nivel nacional conduce Alberto Fernández, no está. Las contradicciones afectan el día a día de los mensajes oficiales.
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Unión por la Patria todavía no ha podido digerir, luego de tres semanas, la tortuosa noche del sábado 24 de junio en la que el cierre de listas fue traumático para la mayoría de sus protagonistas. Y ha dejado un estado de desconfianza extrema que se expresa en reservadas charlas políticas y, en los últimos días, ya ha empezado a salir de esas esferas.

La dramática decisión de la fórmula presidencial compuesta por Sergio Massa y Agustín Rossi, si bien le dio previsibilidad y lógica al oficialismo, dejó muy enojados a los que desde hace tres años consideran que este no es su gobierno y Alberto Fernández y todos sus aliados son los “representantes del 4%” que sacó Cumplir hace seis años atrás, cuando ellos compitieron con Unidad Ciudadana.

"Wado" De Pedro nunca se vio envuelto en una operación de “hagamos como que vas a ser el candidato” y eso se nota. Su sonrisa desapareció de su rostro y en cada lugar donde está lo único que recibe son señales de consuelo. No basta con que todos lo arropen. El daño, en su personalidad, ya está hecho.

Máximo Kirchner, al igual que su madre Cristina, siempre quiso que el candidato sea Axel Kicillof. Y en el viaje a China que tuvo con Sergio Massa lo habló. El gobernador bonaerense era el que más abarcaba y contenía el voto histórico del kirchnerismo peronista. Hasta último momento trabajó para eso en la concientización de su hipótesis y, cuando terminó surgiendo la presión de los gobernadores e intendentes por el ministro de Economía, forzó la modificación de la dupla bonaerense para incorporar ahí a Martín Insaurralde en lugar de Verónica Maggario.

Entonces, en un verdadero juego del piedra, papel y tijera, todos quedaron con una trampa encima. Sergio Massa debe rendir examen de kirchnerismo todos los días. Kicillof sabe que Máximo Kirchner hará todo para cercarlo. Espinoza siempre entendió que Insaurralde no es su aliado ni su amigo. Y así pueden seguir las firmas. Hoy el candidato y ministro tuvo que suplir personalmente esa herida en su recorrida por La Matanza. 

El jueves pasado, cuando estuvo en General San Martín, Sergio Massa volvió a conectarse con viejos conocidos. Muchos de los que estuvieron en el Parque Hipólito Yrigoyen, en la colectora de General Paz, en el límite del distrito con Devoto, le hicieron recordad a sus inicios y, también por qué no, de lo que llegó a ser mientras que la mayoría de los presentes siguen casi en los mismos lugares donde comenzaron su recorrida. Esa es la grandísima diferencia entre el candidato presidencial de Unión por la Patria y el resto de la dirigencia de su espacio.

Luego de mucho tiempo, por ejemplo, se abrazó como los viejos compinches como lo eran con Juan Zabaleta. El intendente de Hurlingham compite directamente con La Cámpora representada por Damián Selci y a su lanzamiento habían ido amigos del candidato como Rubén Eslaiman y Cecilia Moreau.

Massa y Zabaleta en General San Martín.

También, durante el miércoles, el propio Leo Grosso, quien compite con el oficialismo local representado por la dupla Gabriel Katopodis-Fernando Moreira, recibió un llamado para preguntarle sobre su situación personal e invitarlo a la actividad que hacían sus rivales. Sabía que la respuesta iba a ser no, pero el gesto estuvo.

Sergio Massa está en los detalles. Es así. Obsesivo. Activo. Tiene que saber que todos saben que los está mirando, aunque esto incomode a más de uno. Pero fuera de algunos casos en particular, esa observación tiene más de acompañamiento lejano que de vigilancia.

Su chat no para. Y en cada lugar al que va se encarga personalmente por hacerle llegar al ausente una palabra de aliento, aunque la foto se la lleve el rival. Esto es política. Y, efectivamente, se lo nota mucho más suelto que cuando se tiene que poner a discutir el futuro económico del país.

Sus modos, suelen reconocerlo propios y extraños, son los mismos de sus inicios pero ahora se sabe con poder. Y eso lo hace más peligroso, no sólo para los demás, sino para sí mismo. Esa obsesión por querer resolver todo y a la vez agradar o estrangular, lo hace el más feroz de los políticos de la actualidad.

Sin embargo, cada vez que pueden, los kirchneristas le hacen sentir que lo están vigilando. Lo tratan, en privado, como un enfermo en recuperación, al que en todo momento le dicen “ojo con lo qué haces”. Como diría Malena Galmarini “el día que se vaya Massa del gobierno, termina el gobierno”. Eso queda cada vez más claro.

Hasta el propio Juan Grabois ahora dice que si pierde hará campaña para él. El ministro-candidato logra esas cuestiones. Muy parecido a Néstor Kirchner cuando, a sus aliados históricos del progresismo frepasista les debía explicar por qué motivos necesitaba aliarse a los peronistas que en sus distritos los perseguían.

Además, a muchos empresarios, a los que conoce personalmente tras dos décadas de campañas permanentes, siempre le dice lo mismo en favor de su trabajo y la defensa de la actividad privada.

Allí también aparece la doble mirada. Porque mientras tanto Sergio Massa pide que se queden tranquilos, que irá para un camino de libre comercio, apertura de exportaciones, y relación inteligente con el mundo, por el otro lado, su relación directa con el círculo rojo siempre lo ponen bajo sospecha.