Encuestas: el reverso de Mendoza que la política no quiere ver
En la numismática, el anverso de una moneda o medalla tiene un valor trascendente, pues allí están las figuras que marcan la historia de ese país; lo más simbólico y, muchas veces, errores que sobrevaluan una pieza. En la vida cotidiana, el reverso es lo que vale, pues es la valuación real de las cosas. En Argentina, el reverso se deprecia e indica lo que pasa. En la vida política los dirigentes mendocinos están obsesionados por ser parte del anverso y se olvidan del reverso, de lo que ocurre en realidad. Quieren posar para la estampa, pero del otro lado está lo que valen, las demandas y lo que incomoda.
Por eso, por ejemplo, circulan encuestas donde los dirigentes políticos de Mendoza, todos hombres, miden fuerzas electorales, imagen y sonrisas. Esos datos tiene la misma consistencia del vapor, pues la constante es el desencanto. La relevancia que tomó Javier Milei en la provincia tiene que ver con ese fenómeno, más que con la adhesión al espíritu “libertario” que promueve. Una figura mucho más mediática que tangible, más irritante que racional y con más gritos que argumentos, capitaliza el voto bronca sin que por ahora alguien pueda arraigarlo a candidaturas locales.
Ese anverso es lo que preocupa; la imagen estampada y estática. En el reverso, que pocos ven, está la realidad: 9 de cada 10 mendocinos están preocupados por la situación económica, su inestabilidad laboral, el futuro de sus hijos y la crisis. El gobierno provincial descansa en que la mayoría de esa responsabilidad es “nacional”, pero el argumento se esfuma. Incluso crece también la preocupación por la inseguridad. En el reverso incómodo hay un dato incontenible: solo en el Gran Mendoza 4 de cada 10 personas viven en condiciones indignas, sin contar las zonas rurales.
La estrategia de no asumir responsabilidades potencia ideas alocadas, como crear enemigos inexistentes y sin capacidad de respuesta. Es lo que ocurrió con el repudio de a la mendocinidad de los puesteros de Malargüe que reclaman su origen mapuche. Nada más útil al poder que construir fantasmas; es decir temores a algo inexistente.
Mendoza tiene otro problema sembrado desde hace tiempo. La endogamia y la comodidad del oficialismo en el poder ha profundizado el pozo de la calidad del debate. Así, por ejemplo, en Cambia Mendoza están inquietos por las peleas internas de Las Heras, un municipio clave para sostener la estructura política de esa alianza. El debate pasó de la novela rosa al sainete, de la pelea por imponer a la pareja del intendente como candidata, a las trenzas y amenazas del propio oficialismo para “ventilar” desmanejos en esa comuna.
La misma comodidad lleva a abusos simbólicos. El uso de la Residencia Oficial del gobernador, que está mucho más cerca de un comité que de una residencia institucional, hizo olvidar una norma promocionada por el propio oficialismo. En las últimas semanas fue confirmado cómo se emplea para tareas personales de integrantes del Gobierno esa casa donada por la familia Pescarmona. La ley de ética pública de Mendoza, norma que no tiene custodia real porque está a cargo de un oficialista, lo prohíbe expresamente. En las pautas y principios del ejercicio de la función pública se menciona “proteger y conservar la propiedad del Estado y sólo emplear sus bienes con los fines autorizados”. El inciso 8 es más claro y establece que las autoridades deben “abstenerse de usar las instalaciones y servicios del Estado para su beneficio particular o para el de sus familiares, allegados o personas ajenas a la función oficial, a fin de avalar o promover algún producto, servicio o empresa”. Esa norma es letra muerta, pues depende mucho más de la voluntad de los sujetos obligados que del control real. Por eso las DDJJ son incompletas y no se auditan (más de un funcionario se incomodaría por ello) y no se actualiza el registro de regalos que reciben los funcionarios.
Escenario político
La próxima semana vence el plazo para presentar los frentes que competirán en las elecciones PASO y generales de la provincia. Será el momento clave para saber si se mantendrá la dispersión de votos como ocurrió en 2021, o habrá nuevas agrupaciones para concentrar el voto según tendencias e ideas.
La disputa del poder parece estar en el mismo sector; más allá de identificaciones partidarias. Ese electorado que antes concentraba y dominaba el radicalismo liderado por Alfredo Cornejo, puede disputarse entre el propio senador nacional, Luis Petri, Omar De Marchi y Jorge Difonso. En ese grupo, según la encuesta difundida por el oficialismo, Cornejo es el que mejor imagen e intención de voto tiene, pero también el que menos margen para crecer posee. Es el más conocido y el que más imagen negativa tiene. De Marchi es menos conocido y tiene menos imagen negativa. Tendrá, también, el aparato oficialista en contra hasta las PASO de junio.
El peronismo está en una situación política desesperante; con un piso de intención de votos y falta de reacción que preocupa hasta los ajenos. “Los brazos caídos del PJ hace que cualquier cosa pueda pasar”, dicen los radicales. La ilusión peronista está puesta en que el radicalismo se fagocite en Las Heras y Guaymallén por las internas y desde allí tratar de renacer. Antes, deberán tramitar sus propias miserias y dualidades, las peleas entre el PJ sin identidad y el kirchnerismo, entre otras.
Ese es el lado más trivial de la moneda; del otro se mantienen las preguntas sin respuestas: para qué quieren estar y cómo lo harán.