Horacio Rodríguez Larreta desafía a Macri y busca llegar sin traicionar a nadie
La Argentina atraviesa algo para nada nuevo: una sucesión de dos líderes que entendieron que su tiempo cambió y que la sucesión por sus marcas está en marcha, les guste o no. Será en el caso de Cristina Kirchner y de Mauricio Macri una nueva forma de dejar la herencia a sus partidos políticos o simplemente recurrirán a la vieja fórmula de acusar traición, patalear y dar por terminado el vínculo político y personal con sus herederos. No es nuevo, lo describió Max Weber a principio de 1900 y nada cambió: un líder es quien guía a otros para que logren objetivos comunes por un camino correcto. No es otra cosa.
La Argentina no sabe de líderes amigos del consenso y los desencuentros amigables. Tal vez haya sido Carlos Menem el último que demostró puertas afuera que se podía liderar sin levantar la voz, pero todos adentro sabían que una mirada bastaba para que un ministro dejase el Gobierno. Néstor Kirchner fue brutal: los insultaba, se reía de ellos en público y los despreciaba antes de echarlos. Era su forma y le permitió ganar prácticamente todas las elecciones entre 1987 y 2007 cuando designó a su esposa como sucesora.
Horacio Rodríguez Larreta quiere liderar la oposición y nadie en el PRO supuso que se sentaría a explicarle a Mauricio Macri que era tiempo de protagonizar, que había cumplido su periodo como alcalde y su ambición era ahora nacional. Nunca jamás el expresidente hubiera entregado la marca mediante té de Assam en su quinta de Los Abrojos. No funciona así la cabeza de Macri ni le permite su ego -que sigue existiendo a pesar de que lo niegue- entregar su proyecto político.
No hay nada absolutamente original en lo que sucede en la política doméstica. Larreta diseñó un esquema presidencial basado en una territorialidad y fiscalización que únicamente puede llevar a cabo con prolijidad el peronismo y el radicalismo. Alquilado el primero al populismo, sólo las boinas están presentes de norte a sur y de este a oeste del extenso país. Larreta tendrá el domingo de elecciones, si finalmente es candidato, una capacidad de presencia que tendrán pocos, probablemente no la tenga Javier Milei a pesar de sus últimos excelentes números en todos los estudios poco creíbles de opinión.
Larreta no traicionó a nadie en particular, menos que menos a Mauricio Macri. O traicionó igual que Macri a otros, al igual que traicionaron empresarios a Macri cuando en voz baja le aseguraban que invertirían miles de millones de dólares el 11 de diciembre de 2015 para dejarlo pedaleando en el aire con la garúa de verdes y el nonato segundo semestre que aún no vivimos.
Será entonces la condición de humano la que le permita a Larreta explicar desde el sentimiento más genuino de ambición que quiere liderar la oposición y no traicionar a nadie. Es la herencia del padre político que, como bien dice siempre, le consiguió el trabajo de sus vidas a una centena de empresarios y dirigentes en aquel entonces junior.
Weber hablaba de las diez condiciones de un líder, con el contexto nacional y Milei jugando fuerte, tal vez con dos o tres de los siguientes, pueda el jefe de Gobierno gobernar el país: honestidad, credibilidad, capacidad de comunicación, coherencia de valores, tener entusiasmo, empatía y firmeza, ser humilde, persuasivo y tener capacidad de trabajar en equipo. En Uspallata, donde todo se mide y analiza con métricas, deberán tener algo en cuenta: dada la anomia colectiva en la que los políticos hundieron a la Argentina, el FODA que hagan de Horacio deberá ser menos extenso del que hagan de Milei, quien únicamente con credibilidad mide veinte puntos en todo el país.


