Plaza del Congreso: nadie escuchó ni aplaudió a Alberto Fernández
Corrían las horas y la plaza del Congreso de la Nación se poblaba de un puñado más de militantes. Caras largas y tristes. Papeles que volaban y quedaban reposando en el asfalto quemado por el sol intransigente.
El Movimiento Evita llegó, pero no hubo euforia ni estremecimiento. Los manifestantes -varios afirmaron que fueron por un plan social- quedaron postrados al piso mientras sostenían las banderas. Los trapos de un gobierno funerario.
Las hamburguesas se vendían a 500 pesos y la cerveza a 700. "Aumentó, viste. Y cada día se me complica más. La gente ya no compra tanto y tuve que arrancar a vender menos. Las marchas no son lo mismo de antes", atinó a decir un comerciante callejero mientras rompía tablas de madera y potenciaba su fuego.
Los militantes reposaron bajo la escasa sombra de los árboles de la plaza Congreso de la Nación. No escucharon lo que dijo el presidente Alberto Fernández en la pantalla grande y contaron que tampoco les interesaba intentarlo.
Los aplausos que se escuchaban allí no eran de los manifestantes, sino que venían de los parlantes. Nadie aplaudió, nadie escuchó, a nadie le importó. El ruido de un aplauso metálico generó un duro contraste con la sed y el sol que agobiaba a los presentes.
Tampoco hubo gritos de aliento más allá del intento de estímulo colectivo de alguno de los organizadores sociales. El operativo policial sobrepasó notablemente la cantidad de gente a controlar; la calma les hacía el trabajo más fácil.

