El UPD de Alberto: antikirchnerismo de manual y los Kirchner de adorno
Alberto despidió su gestión con un discurso que ya había leído ayer Vilma Ibarra y que apuntó a sostener la unidad de un frente electoral extinto, cargar tintas sobre antiguos y anquilosados enemigos comunes con Néstor y Cristina Kirchner, despreciar la justicia de una forma edulcorada y pedagógica, y reafirmar los hechos de su gestión, que incluso, superan a la gestión de quien mentó el frente que lo hizo presidente en 2019.
Alberto dio por terminada una realidad que no le gusta, y eligió moldear la que lo cobija y alienta a jugar las PASO, pero sin decirlo y con poco entusiasmo a 90 noches para el cierre de alianzas. Todo es culpa de los medios que contaminan, desalientan y generan corridas. Por ejemplo, condenó el blanqueo de Mauricio Macri, como si en 2009 y 2013 no hubiera sido Cristina Kirchner la que permitió con los extintos CEDINES adentrar dinero ilícito al circuito blanco. Eran tiempos de ley de medios, en los que el ahora presidente condenaba los escraches fascistas de Cristina Kirchner y sus escribas.
El cierre fue la cristalización del fin de un experimento electoral muy exitoso, en manos de un dirigente que quiso buscar la fórmula para que el agua no moje, y no lo logró. A pesar de los intentos excesivos, frecuentes y denodados de generar una relación coherente con Cristina Kirchner, Alberto fracasó. Pero no por la falta de tino o de capacidad, sino porque como bien definió Andrés Larroque, ellos querían que el presidente simplemente obedezca la conducción de la vicepresidenta, algo que no ocurrió.
Algo que va a quedar en la historia es la falta de autocrítica de Alberto Fernández. Nada, absolutamente nada de lo que pasa en la Argentina fue culpa de su Gobierno. Nada, la inflación heredada, la formación de precios, por la guerra, la falta de crédito por el macrismo. Nada, absolutamente nada de lo que queja la realidad del país, tiene estrecho vínculo con los que lo conducen. Para el diván.
Así entonces, el mandatario destrozó lo que el kirchnerismo hace, lo endilgó a un otro imaginario y siguió como si nada hubiese pasado. “Recientemente, tomó estado público la connivencia entre algunos magistrados, empresarios de medios de comunicación, exagentes de inteligencia y políticos”. ¿Sabrá Alberto Fernández que Javier Fernández, Antonio Stiuso y otros operadores de la Inteligencia y la ex SIDE vivieron los años de oro kirchnerista convenciendo jueces, periodistas, sobornando, dando vuelta fallos, volteando ternas y entorpeciendo absolutamente el funcionamiento democrático?
La mirada de la vice, por momentos titubeante, se puso rígida un par de veces. Cuando el jefe de Estado explicó que se iba sin enriquecer su patrimonio y habló de la transparencia en la obra pública, el silencio fue atronador. Las causas por enriquecimiento ilícito y el imperio que construyó Cristobal López fueron las dos mojadas de oreja menos sutiles. No las únicas. El hijo de la vice, el diputado Máximo Kirchner, no fue. La incapacidad de comprender los procesos históricos y de analizar la política no es lo novedoso en el caso del hijo presidencial, pero sí la obtusa interpretación de lo que genera su ausencia en tiempos de recambio judicial.
Alberto eligió despedirse con los enemigos de siempre, incluso planteando lazos poco transparentes en la Corte Suprema, y diciendo que Mauricio Macri puso dos jueces por decreto, algo que es falso, pero cree entonces que respeta la división de poderes cuando les dice en la cara que no son objetivos y que persiguen a la vicepresidenta del país, particular forma de interpretación del contrato social. Los medios y la Justicia, un discurso que parece de 2008, cuando se hablaba del "partido judicial" y acusaban a Alberto Fernández de operar con la justicia y los medios en contra del kirchnerismo.
Los medios, siempre culpa de los medios. Alberto Fernández le depositó al versátil Roberto Navarro, empresario pyme, hoy millonario gracias a este Gobierno, una bicoca de 530 millones de pesos para que haga propaganda política desde El Destape, su portal web. De paso se quedó con la frecuencia de Radio El Mundo, pero para el presidente, el problema son los medios que no apoyan su gestión.
La tribuna mostró una oposición agotada, Fernando Iglesias de espalda, como si Sierra Maestra fuera un gesto, dándole de comer al kirchnerismo, diputados que se paran y se van cuando no escuchan lo que les gusta, un Congreso que no representa a los votantes y que elige cuándo hay que retirarse. Todo una demostración de faltas de distintas alturas para distintos roles de ambos lados de la grieta, que existe.
Cristina Kirchner no supo qué hacer, pero hizo lo que mejor le sale: ningunear, ponerse por encima de todos, incluso cuando a nadie le interesa qué hace. Sus editoriales no verbales no le interesaron ni a la TV Pública, que la mostró pocas veces, sus morisquetas habituales, cargadas de revoléos de ojos y miradas punzantes, no convocaron como lo hacían antes. Sonrisas cómplices, críticas para que se escuchen en los micrófonos, destratos con cara poco amigable a colaboradores como siempre, Cristina más auténtica que nunca.
Un país que es cada vez más pobre, escucha año a año como los presidentes, sin importar el partido, hablan de récord absoluto de cualquier cosa, sin importar qué, pero siempre récord y por vez primera en la historia de la Patria. El país sigue rezagado, la pobreza adolescente supera la mitad y en el conurbano supera el 60%, pero el país sigue con récord de todo lo imaginable, y el discurso de Alberto no fue la excepción.
Alberto Fernández atraviesa días claves para la revisión de metas y de hecho el FMI está más laxo que nunca, la interpretación es evidente: la región no va a aceptar lo que antes se aceptaba de forma pasiva. No era el mejor día para chicanear quienes firmarán el cheque para pagar los últimos sueldos, pero el Presidente dijo que "no hace falta que venga el FMI a decirnos que necesitamos exportar más". En realidad no hace falta que venga porque ya está acá, por eso Sergio Massa monitorea el ajuste y trina cuando la emisión monetaria jaquea su plan económico, ergo, presidencial.
