Cuando Raúl Alfonsín le dio una oportunidad a la democracia
Hace cuarenta años asumía la presidencia Raúl Ricardo Alfonsín. Se abría para la Argentina la oportunidad más importante del siglo XX. Se iniciaba el camino para terminar con la oscuridad que había significado la dictadura, pero todo ello iba a significar un aprendizaje traumático. Los argentinos se sacaban una pesadísima carga de encima, que no solo estaba vinculada a las violaciones de los derechos humanos sino también con la guerra de Malvinas. Había una fiebre por Alfonsín, un entusiasmo irrefrenable. Su cierre de campaña fue un evento social que superó todos los cálculos. Todos debíamos aprender a vivir en democracia y a
manejarnos con libertad. No iba a ser fácil. Las dictaduras siempre son más fáciles, básicamente porque unos pocos se arrogan la facultad de pensar por el resto. Alfonsín tenía que lidiar con todo esto. ¿Lo supo hacer? ¿Su inconcluso gobierno fue un fracaso?
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La respuesta es no. Un no estridente. Claro, que eso puede decirse desde hace unos pocos años. El principal acierto de Don Raúl fue hacer un trabajo silencioso que por aquel entonces no podía dimensionarse, estaba construyendo los cimientos de la democracia y cuarenta años después a pesar de todo siguen sólidos. Ese, para mí, fue el principal logro de su gobierno. Hoy hace
cuarenta años comenzaba no solo un gobierno sino también una esperanza. Raúl Alfonsín hizo del preámbulo de la Constitución Nacional su mantra, su plataforma y su proyecto de gobierno. De manera vehemente gritaba que con la democracia se podía todo, pero estas palabras fueron mal interpretadas en aquella época y aún lo sigue siendo en la actualidad.
Es claro que con la democracia “per se” no se come, ni se educa y el país tampoco está condenado al éxito. Pero sin la democracia es seguro que nada de ello se puede conseguir. Eso es lo que quería decir Alfonsín. Una cuestión de una actualidad impresionante. Cuarenta años después podemos asegurar que el gobierno de Raúl Alfonsín fue un éxito, dejó un legado que aún se respeta, construyó un límite que los problemas en democracia se solucionan en democracia. Ningún contratiempo, problema o crisis se dirimen con soluciones mágicas y tomando atajos que a la postre redundan en frustraciones más graves. Alfonsín cometió muchos errores, el más grave fue la hiperinflación que le costó la entrega del poder seis meses antes de su finalización.
El 10 de diciembre de 1983 Raúl Alfonsín se convertía en el presidente de la democracia. La importancia de su gobierno fue adquiriendo densidad política con el paso del tiempo. Si se quiere hasta podía pensarse que se trataba de un salto al vacío. La
irrupción de la democracia, en un país que salía de una dictadura que había provocado miles de desaparecidos, de una guerra innecesaria y de una economía diezmada; generaba no pocos interrogantes. Por aquel entonces la principal incógnita era qué harían los militares que, ante su fracaso político y militar, debían volver a los cuarteles. Alfonsín iba a impulsar sus juicios, era
coherente para un dirigente que había hecho del preámbulo su credo. A muchos nos pasó que no dimensionamos en ese momento la trascendencia de la presidencia encabezada por ese caudillo radical nacido en Chascomús.
Como cualquier líder político de trascendencia, Raúl Alfonsín es contradictorio, arbitrario y hasta autoritario. Pero sin lugar a dudas su legado marcó el país y jamás los argentinos pensamos que la solución era militar. Ese parteaguas que significó su gobierno es tan fuerte que ni siquiera hoy, que estamos atravesando probablemente una de las crisis más graves y profundas desde la
vuelta de la democracia, que a nadie se le corre ensayar siquiera soluciones por fuera del sistema democrático. En la actual situación que transitamos ojalá pudiéramos decir: Ahora, Alfonsin.
* Martin Pitton, periodista político y conductor del podcast Micro Mundos.

