El ocaso de Alberto: enojos y un particular diagnóstico de la victoria oficialista
Alberto Fernández salió ayer de Olivos a las 11 de la mañana, almorzó en Casa Rosada y a las 18.30 emprendió el regreso, una rutina de horario recortado que adoptó hace no poco. Termina su Gobierno convencido de que es parte de la victoria del próximo y recomendando al resto analizar mejor la realidad, algo que no logró en dos años y medio. No fue original, termina su mandato sin una autocrítica, planteando que la prensa fue injusta, hater de su Gobierno, parcial, parte de operaciones para perjudicar la gestión, todo lo que dicen los presidentes en general del retorno de la democracia a hoy.
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Cuando era jefe de Gabinete de Cristina Fernández Kirchner, era justamente Alberto Fernández quien lograba poner paños fríos a la furia presidencial, el restorán Iñaqui lo encontraba almorzando o cenando con editorialistas, lobbystas, jueces federales, dueños de medios, cualquier persona con injerencia mediática sabía que podía estar ahí durante horas. Este cronista fue parte de esas reuniones, así también como en el Faena hotel y otros restoranes de Puerto Madero y sus alrededores.
Alberto cree que es parte de la victoria de Sergio Massa, a pesar de que la postura del candidato para con el presidente y la vice fue más que tajante: no apareció ninguno prácticamente en toda la campaña. Incluso, el candidato prohibió que suba nadie a hablar cuando el 36% del electorado confirmó que lo quería como presidente tras el magro resultado de la PASO. Se siente victorioso: "Aprende a leer mejor lo que pasa", ha dicho el presidente en privado, a pesar de ser el mismo que fue advertido por la peligrosidad electoral de la foto del escándalo de Olivos durante la pandemia, que subestimó. Tras la foto, el presidente obtuvo el peor resultado en la elección de medio termino que se tenga memoria en un cuarto de siglo.
El sentirse parte del triunfo es un razonamiento original, dada su baja o casi nula participación en la campaña, sin estar en el cierre ni en el lanzamiento de la fórmula, sin opinar directamente sobre la postura en el balotaje en el partido donde militó siempre que es la Capital Federal, y sin representatividad en Buenos Aires, donde quiso forzar la creación del espacio PARTE, sin éxito.
La salida de Fernández es consistente en haber sostenido errores en el tiempo, convencido y enojado, pero siempre coherente. Gabriela Cerrutti tiene prohibida la palabra por Sergio Massa. No existe sintonía, sinergia, cordialidad ni complementariedad. Sergio Massa no quiere que haya conferencia de prensa ni opiniones personales de la vocera, a la que nunca respetó ni le interesa su postura sobre algún tema.
Cerrutti es otro leading case que deja Alberto Fernández de su incapacidad a la hora de corregir rumbo. Casi toda la gestión le pidió que se vaya, sus compañeros de trabajo también. Ni el secretario de Medios, Juan Ross, quiere que esté en su cargo, pero Alberto Fernández siempre vio en la vocera algo que el resto no. Cada conferencia de prensa fue un problema para el Gobierno, los errores y maltratos a la prensa de un Gobierno desgastado con una paupérrima situación económica sumaron nafta al fuego, lo único que supo hacer Cerrutti, fue avivar las llamas. Así termina su gestión, sin promesa de recambio, en silencio y sin posibilidades en el futuro Gobierno peronista.
"Son odiadores, operadores, deberías entender mejor, deberías leer mejor, deberías chequear tus fuentes". Son algunos de los habituales consejos que da en privado Alberto Fernández, quien cree que algo entiende de periodismo, incluso para recomendar cómo ejercerlo. La agenda presidencial está acotada, MDZ le pidió una entrevista y adujo reuniones, no es la primera vez, este medio ofreció una docena de oportunidades para conversar con el jefe de Estado.
El fin de semana esperó los resultados en Olivos, sorprendido por lo que sucedía en las urnas. "Se preparó toda la vida para ser expresidente, no supo qué hacer con lo previo", grafica alguien que lo acompañó en la Casa Rosada y tomó distancia tras diferencias de criterio y malas formas por parte de Fernández. Lo cierto es que hay funcionarios que responden a él y que empiezan a buscar un horizonte que les permita sobrevida en un contexto de suma hostilidad por la propia interna oficial y el recambio dirigencial inexorable que habrá en enero, gane quien gane.

Alberto Fernández no tiene diálogo prácticamente con el Gabinete, ni con Cristina Kirchner, ni con Sergio Massa. Sus charlas quedan reducidas a sus colaboradores más estrechos, Santiago Cafiero, Juan Manuel Olmos, Julio Vitobello, Vilma Ibarra, los pocos antiguos estoicos que todavía quedan. Cecilia Nicolini, quien fuera cercana al presidente y asesora, dicen busca sobrevivir el cambio de Gobierno y se dedica a mantenerse lejos del conflicto desde la secretaría de Cambio Climático y la militancia feminista por el empoderamiento de dirigentes mujeres en el mundo.
Un examigo del presidente es Leandro Santoro, quien fue leal y se sintió traicionado. Será ministro de Sergio Massa si logra ganar el balotaje. Aduce su mal desempeño durante el Gobierno de su entonces amigo a Santiago Cafiero, quien ejerció el rol de verdugo en distintos ámbitos y ahora deberá recoger el guante y barajar de nuevo desde el llano de la cámara de Diputados con Máximo Kirchner a la cabeza.

