Martín Insaurralde no es un cisne negro, sino otra muestra del hastío social
Esta vez no fue un cisne negro. La obscenidad como forma de vida de buena parte de la clase política ya no es una sorpresa para el público común. Por el contrario, la habitualidad de esas costumbres ya hicieron crecer un callo en la paciencia social; es un clima de tolerancia hacia las prácticas más repudiables en contra del sistema republicano que nos fue llevando cada vez más abajo en la escala de la salud institucional. De ahí que el escándalo que desataron ayer las fotos de Martín Insaurralde junto a su nueva novia en un yate en el Mediterráneo, rodeado de lujos y regalos que difícilmente pueda costear el sueldo de un ministro bonaerense, provoque revulsión pública pero no estallido.
Nada es sorpresa en esas conductas, todo es acostumbramiento al hartazgo en esta sociedad cansada. Por eso no queda claro aún cual será el impacto de este escándalo en la elección del 22 de octubre, tanto en el plano nacional como en la campaña que encabeza Axel Kicillof para ser reelecto en territorio bonaerense. El gobernador se desayunó de la novedad precisamente cuando estaba en medio de un acto de campaña.
Insaurralde ayer renunció como jefe de Gabinete de Kicillof, un puesto que el gobernador nunca le quiso dar pero que tuvo que tolerar como avanzada del poder de decisión de Cristina Fernández de Kirchner en su Gabinete. Ese dato de la interna no le pone ni le quita al nuevo problema que le estalló ahora en la cara al oficialismo.
El peor ejemplo
Insaurralde es, desde ayer, el ejemplo más obvio de la dirigencia que irritó de tal manera al votante que lo hizo tirarse a los brazos de una aventura política con principio y final incierto como es la aparición de Javier Milei en escena y liderando, por ahora, la elección presidencial. El kirchnerismo, con su eterna confusión entre lo público y lo privado no aporta a clarificar conductas. Los límites del uso del dinero personal se borraron en Argentina y la dirigencia ya no diferencia entre un privado que puede hacer con su dinero lo que le plazca y un funcionario que debe explicar cómo maneja fondos que son de la caja pública.
En ese sentido, el exintendente de Lomas de Zamora ya venía con problemas para explicar los transcendidos sobre el acuerdo patrimonial de divorcio con su última esposa. Es otro dato que podría pasar como una mera anécdota, sino fuera por la eterna sospecha que existe entre la realidad del ritmo de vida de muchos dirigentes y sus ingresos comprobados. La declaración jurada de Insaurralde que publicó ayer MDZ no aporta a clarificar esas diferencias. En algún momento el poder político debería aceptar que el sistema de la Oficina Anticorrupción para valorar conductas y patrimonios de funcionarios es más una serie de imperfecciones técnicas que ayudan a justificar la corrupción, que una herramienta para combatirla.
Sergio Massa deberá hacerse cargo ahora, además de la debacle económica que lo acompaña en su doble rol de ministro-candidato, de cargar con la piedra que significa Insaurralde en medio de una campaña que ya navega en medio del hastío.
El problema de heredarse a sí mismo
El ministro promete un futuro, en caso de ser elegido, que deberá construir en base a la herencia que el mismo esta edificando. Nunca se dio un caso así en la historia argentina y menos cuando el presente que debería servirle de base no ofrece ninguna garantía ni siquiera en el cortísimo plazo.
Es ese terreno en el que Milei se mueve creciendo o al menos manteniendo todo lo que logró hasta ahora, de acuerdo a casi todas las mediciones. Lo curioso es que hasta ahora Massa también se mantiene en carrera y Patricia Bullrich hasta puede mostrar alguna mejora que ilusione a Juntos por el Cambio con el balotaje.
Hay algo en el corazón de la crisis que vive el país que justifica estas lecturas y no es un dato alentador. Massa acelera sus anuncios de campaña abriendo cada día más un caño por el que inunda de pesos el mercado. Ya no hay reparo en calcular costos fiscales o ruptura de metas con el FMI; eso quedará para solucionar en un futuro incierto. El problema es que el mercado ya no teme solo a lo que suceda después de las elecciones, sino después de diciembre y mucho más en enero. Y en esto casi no hay diferencias si el ganador es Milei, Bullrich o Massa.
La distorsión de precios, el volumen de la deuda en pesos en el Banco Central y el Tesoro y la aceleración inflacionaria que en septiembre volverá a tener una escala incendiaria, son una piedra que tiene delante cualquier plan económico que se analice; con o sin dolarización, con o sin bimonetarismo.
El temor al "fuego sagrado"
Hay una realidad que muchos economistas reconocen solo en privado: un fogonazo inflacionario, es decir una hiper de corto alcance, podría no solo ser inevitable sino necesaria para hacer tabla rasa y poder aplicar luego un plan de estabilización. En el medio se menciona también, sin sonrojarse, la escala previa en algún tipo de Plan Bonex para limpiar los pasivos del Central. Son todos relatos del terror. El viernes hubo una prueba de estos temores con los bonos cayendo (llevan una pérdida de 20 % desde las PASO), disparando el riesgo país a casi 2600 puntos y con los dólares financieros acompañando al Blue en una suba sin remedio.
No es un escenario para alentar, todo lo contrario. Una hiper, que barre la economía como un "fuego sagrado", deja siempre una estela de pobreza y degradación social, pero por estos tiempos la política no está haciendo nada para evitarla. Menos cuando está incendiando el mercado con disparos monetarios irracionales que son traducidos como felices anuncios de mejora en los bolsillos que los propios beneficiarios ven cómo se diluyen en el cortísimo plazo. No era momento para navegar por el Mediterráneo.