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Alberto Fernández generó un revuelo interno que nunca supuso y Axel Kicillof lo sufre

Axel Kicillof ya se enteró de que una docena de intendentes, sumados a otros tantos del Gran Buenos Aires, le pedirán que acepte a Martín Insaurralde, al menos, como su compañero de fórmula en lugar de Verónica Magario. En La Matanza descreen de esta idea pero todo está alterado.

Al parecer, la foto de más de una docena de intendentes, el gobernador bonaerense y algunos ministros nacionales con Alberto Fernández, no fue del gusto de La Cámpora ni de algunos de sus operadores secundarios que utilizan cada frase o imagen para trazar un límite e identificar amigos de enemigos.

Esta sensación no solo la tuvieron cuatro intendentes que participaron del extenso asado que compartieron con el presidente en Chapadmalal la semana pasada, sino que también se empezó a anoticiar Axel Kicillof a través de un infidente de que el próximo 20 de enero, cuando un grupo de jefes comunales se junten en el Partido de la Costa, le pedirán que Martín Insaurralde sea, por lo menos, su compañero de fórmula, en lugar de Verónica Magario, quien muy posiblemente intente volver a ser jefa comunal en La Matanza.

Esto, por supuesto, no fue conversado con Fernando Espinoza, que puede hacer todos los enroques y cambios de candidaturas que lo beneficie, siempre y cuando sea él quien lo ejecute, y no que se lo impongan. Es muy poco probable que deje un lugar tan importante en la provincia de Buenos Aires a cambio de una diputación nacional, por ejemplo.

Espinoza e Insaurralde mantienen una antiquísima disputa no solo por el control político de la región en la que conviven, la Tercera Sección Electoral, zona sur y oeste del Gran Buenos Aires, sino por sus estilos, absolutamente antagónicos.

Más allá de esta idea, incipiente, que tienen muchos intendentes, que creen que el actual jefe de Gabinete de Kicillof es el que mejor les garantiza sus respectivas paritarias económicas y políticas con su jefe administrativo, lo que está en discusión ahora es la línea sucesoria para 2023, siempre bajo el concepto de un triunfo en el territorio bonaerense, que es la que hasta hoy es la máxima aspiración del peronismo y el camporismo.

“Lo de las internas en la provincia es un imposible. No hay chance. Sino terminamos peor que cuando compitieron entre Julián Domínguez y Anibal Fernández, que terminamos todos afuera por una guerra interna”, le había dicho hace quince días una fuente del más alto nivel al recordar la derrota de 2015.

Ausente sin aviso, Máximo Kirchner sólo se comunica directamente con quienes cree que deben conocer su opinión. Hace casi un mes que no realiza una “presencial” y sus acciones siguen en baja desde que su madre dijo que no será candidata. Ella también será la que ordene la situación en Buenos Aires, donde ser la última instancia que define la relación entre Kicillof y el hijo de los dos presidentes, aliado estratégico, de Insaurralde.

En esta mesa política informal quien ha vuelto a tener peso y determinación es Sergio Massa. No es que en algún momento no la tuviera, sino que siempre su voz era escuchada luego de que hablara Máximo Kirchner con Axel Kicillof. Ahora, por una cuestión de conveniencia y nueva confianza, el gobernador y el ministro de Economía hablan entre ellos y luego los otros se enteran, aunque traten de no ofender a alguien.

Es lógico. La provincia sigue siendo dependiente de los desembolsos directos del Gobierno nacional y Kicillof sabe que si Massa no es candidato a presidente, la vicepresidenta le pedirá a él que haga el sacrificio por el reto del frente, aunque eso sea poner más que en riesgo la finísima elección provincial.