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Cuánto durará la tregua entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández

El discurso de la vicepresidenta tuvo un tono conciliador para con el presidente, en medio de la tensión entre ambos. ¿Cuánto tiempo durará?
Foto: Telam
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La tregua que Cristina Fernández de Kirchner le dio a Alberto Fernández durará lo que dure el oxígeno en la coalición de Gobierno, lo que incomode a Cristina, la siguiente gaffe del jefe de Estado, o simplemente la desconfianza absoluta de ella hacia él, irremediable. Hacía falta encontrar un error, una persona que asuma toda la crisis y el verdugo eligió a Martín Guzman y su adolescente tuitera salida seis días atrás mientras Cristina Fernández de Kirchner destrozaba a Alberto y su gabinete una vez más. 

Entre chicanas y faltas de respeto explícitas, mensajes ya no elípticos proponiendo que muestre el contenido íntimo de su teléfono celular, la vicepresidenta había determinado implosionar y tensar hasta la casi renuncia del presidente. 

Cristina cree que avisar entre risas que “no voy a revolear ningún ministro, quédense tranquilos”, es parte de una humorada permitida en días donde la incertidumbre es total y los piquetes, como contó MDZ, tocaron su pico más alto desde la caída de Fernando De La Rúa. Según la interpretación de la vicepresidenta, fue entonces Martín Guzman quien intentó desestabilizar el propio Gobierno y no el cristinismo, quien filtró a la prensa en las últimas semanas la renuncia del Gabinete, del Presidente y hasta de Sergio Massa, presidente de la Cámara de Diputados y gran perdedor en la conclusión de la crisis del fin de semana pasado. Llegó avisando que se haría cargo del Gobierno y se fue simplemente siguiendo en su lugar. 

“Ella no pregunta ni avisa, es así y así va a seguir hasta la próxima pelea”, resumió ante este diario un funcionario con despacho en la Casa Rosada. Alberto sabe que el próximo puñetazo no va a tardar en llegar si no se impulsan cambios en el Gabinete: Miguel Pesce del Banco Central y Claudio Moroni, el actual ministro de Trabajo, candidatos a dejar sus cargos.

Cristina subió al ring a Horacio Rodríguez Larreta, raro en ella, que suele confrontar con Mauricio Macri directamente. El gasto de dólares y el uso de dólares de cada distrito fue la excusa para criticar una vez más la Ciudad de Buenos Aires, donde ella reside en el exclusivo barrio de Recoleta. Lujos que una líder se puede dar. Buenos días para el larretismo, que busca posicionarse a nivel país y logró que la propia rival los suba para instalar nuevamente el debate por la coparticipación que se vendrá estos días. 

El Calafate, su lugar en el mundo, según lo define Cristina siempre, fue el escenario que eligió para calmar las aguas, cargarle toda la responsabilidad de la crisis política y económica del país a Martín Guzman y dar por terminado, hasta nuevo aviso, al tembladeral que gobierna al gobierno. Sólo un vidente puede determinar con precisión cuántas horas va a durar esta nueva calma con un dólar contado con liqui en $ 300 y un MEP de $ 286 al cierre de la jornada, más allá del blue en $ 273. Los analistas que convoca el Banco Central que encabeza el alicaído Miguel Pesce ya ubican la inflación en 76% de cara a diciembre y el sector privado no recibió con buenos números a la flamante Silvina Batakis, ninguneada absolutamente por su mentora política.

Fiel a su estilo, Cristina fue contundente y llenó de datos a la tribuna que esperaba una nueva alocución de quien ungiera a Alberto Fernández presidente casi tres años atrás. Récord de actividad exportadora, de inversión privada, de reservas y todo el correlato que suele rememorar la vicepresidenta cuando cita su gestión económica, evitando mencionar la deuda en pesos más grande de la historia del país y el récord de subsidios que terminaron con el sistema energético colapsado y el transporte en su peor momento.

“Javi” y “Jimmy” según se refirió amistosamente a quienes la acompañaban, el intendente peronista Javier Belloni y Jaime Perczyk, ministro de educación de la Nación, quien casi no habló con Cristina, habiendo llegado sobre la hora, confirmaron desde el Gobierno. Lejos del tono incordioso, enojadizo y vehemente que venía usando en sus últimas apariciones, Cristina se permitió oscilar entre la moderación, las palabras bien separadas y la complicidad con quienes la miraban y aplaudían tímidamente en cada silencio. 

El desafío del Gobierno ahora será convencer a alguien de que un complaciente discurso apartando a Alberto Fernández como causante de los problemas, puede dar por terminado un capítulo de agresiones y confesiones en on y off durante 45 días donde decenas de funcionarios pusieron sus renuncias sobre la mesa y el poder ejecutivo no descartó sumarse. Sigue sobre la mesa la idea.