El oficialismo tiene que escuchar a los que se quedaron callados
La ausencia de una palabra de conducción que los guíe es, para el peronismo, una tragedia. Y se nota. Por eso los históricos dirigentes del movimiento que diseñó Juan Domingo Perón no pueden entender cómo hay tantos "libres pensadores" que dicen cualquier cosa y que provocan zozobra social o le quitan fuerza al Gobierno nacional.
Este lunes se cumple el 70 aniversario del fallecimiento de Eva Perón. ¿Ella haría lo mismo que hace Cristina Fernández de Kirchner, su hijo Máximo Kirchner y los diferentes dirigentes de La Cámpora, el movimiento obrero o los dirigentes sociales? ¿Criticando a cielo abierto y destratando a Alberto Fernández? Seguramente no. De hecho, Evita iba directamente a discutir con los sindicalistas que empezaban a criticar a Juan Domingo Perón por los ajustes y los aumentos inflacionarios.
Está claro. Fernández no es Perón, pero nadie se anima a hacer otra pregunta. ¿Es un gobierno peronista? Según induce un histórico dirigente bonaerense, exlegislador y creador de una dirigencia política vital en la Primera Sección Electoral, "este no es un gobierno peronista, pero tiene, en su interior, peronistas inerciales".
Por eso no cambiaron la ecuación Aníbal Fernández, Juan Manzur, Daniel Scioli, una vocera presidencial, la vuelta de Agustín Rossi, y Julián Domínguez. Falta Sergio Massa y ya no hay más nadie para integrar al gabinete nacional. Así y todo, ninguno pudo hacer una mínima diferencia. El caos es tal, que no duran una semana los aportes que pueden hacer los que vienen a "oxigenar" al Gobierno nacional.
La primera inclusión que generó expectativas fue la de Manzur apenas se conoció la derrota electoral de 2021. Con una agenda social muy importante, con relaciones internacionales consolidadas, amigos en la Provincia de Buenos Aires y por el interior del país, fundamentalmente en el Norte grande, todo era expectativa y esperanza.
Trató de hacer lo que hasta su llegada no se hacía. La convocatoria a reuniones de Gabinete y una agenda que empezaba a las 7.30 de la mañana era toda una novedad. ¿Cuánto duró? Lo menos que un suspiro en un vaso. Julián Domínguez podría haber impuesto otra relación con el sector que más le rinde al peronismo históricamente: el campo argentino. Las urgencias de caja y la idea kirchnerista camporista de que son parte del problema y no de la solución, hicieron que esté siempre a punto de renunciar.
La última incorporación sorpresa fue la de Daniel Scioli. Experto comunicador y siempre atento a estar del lado positivo de la vida. Su estrella brilló mucho menos de lo que cualquiera suponía. Fueron tres o cuatro días, nada más. Con agenda, reuniones, encuentros y promesas, quiso comunicar lo que nadie se animaba. Los envenenados discursos de la vicepresidenta lo desanimaron muy temprano.
La última "bala de oro" tendría que haberse utilizado cuando Martín Guzmán abandonó el Ministerio de Economía. Era el momento de Sergio Massa al Gabinete. Si bien tiene mucho poder, "mucho más de lo que aportó en el frente", según le recriminan, él sabe que perdió más que nadie por poner su cuerpo en una alianza con predominio kirchnerista. Eso lo hizo divorciar del humor social, esa gente que lo premió cuando quiso ponerle freno al intento de Cristina Eterna de 2013.

Massa no puede ser comparado con ningún otro dirigente del Frente de Todos que alguna vez haya discutido o se haya ido del calor kirchnerista. Ni Felipe Solá ni Julián Domínguez tenían votos per sé. Ellos terminaban siendo figuras "amigables" para proyectos con serias presencias peronistas. Pero no más que eso.
El exintendente de Tigre sabe que su poder electoral no existe más, o que al menos mermó hasta casi ser insignificante si no se reconfigura rápidamente. ¿Le sirve irse de donde está?. No. Quedará mucho peor. Solo tiene una salida. Que al gobierno le vaya bien. Por eso es uno de los más lógicos en cada conversación o discusión política. Ofrece soluciones inexploradas hasta el momento o que, por su significancia, podrían colocar en crisis la particular manera de no tomar decisiones que tiene Alberto Fernández.
Scioli es su principal espejo en la actualidad. Todos infirieron en que la llegada del exgobernador bonaerense al entorno "albertista" lo convertiría en un hombre de confianza presidencial. No pasó. Tampoco pudo usufructuar ninguna medida positiva. ¿Massa está dispuesto a correr el mismo riesgo? Parece que no. Por eso, sea porque no lo invitaron, o porque dio una excusa para no estar, no se habrá hecho demasiado problema en no participar en el encuentro que mantuvo la dupla presidencial este fin de semana.
Es de manual que lo que tiene que hacer el Gobierno es una drástica reducción de ministerios, empoderar a tres o cuatro funcionarios, darle un respaldo directo a Silvina Batakis y pedirle a los gobernadores y a los intendentes que si quieren hacer "cordón cuneta, saquen la plata de sus plazos fijos".
Como nadie quiere poner la mano propia en el bolsillo, todo termina dándole la razón a un importantísimo funcionario nacional que, resignado, está viendo como "cada uno está viendo lo que se lleva". Traducción: nadie está dispuesto a poner nada más y así, mientras el tiempo pasa, no se toma ninguna maldita decisión.


