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Un festejo poco federal y la política desbordada

Más de 4 millones de personas salieron a la calle en el AMBA, mientras el resto del país quedó semi paralizado por el feriado. La política quedó desbordada

Imágenes aéreas impresionantes; un mar de personas. Autopistas tomadas, un hormiguero de gente; el obelisco porteño colmado; gente trepando a algún lugar alto, aun cuando no había nada para ver, solo trepando para subir. Un colectivo a paso de hombre con unas 30 personas y una copa que representaban mucho más que eso. Desbordes, personas arrojadas desde un puente. Imposibilidad de seguir. Plan festejo. abortado. Helicópteros para evacuar jugadores, una vuelta olímpica aérea y, por fin para ellos, el inicio del descanso.

Cuatro millones de personas en la calle, sin ninguna organización, y más de 40 millones marginados obligados a seguir una rutina impuesta en los otros 22 distritos que ya habían festejado el domingo, este martes vieron todo por TV y convivieron con la incertidumbre por no tener claro si había actividad o no.

La Ciudad de Buenos Aires es la capital de Argentina y sede de los poderes del Estado. También tiene una carga extra por el sistema radial con el que se ha configurado el país: todo pasa o debe pasar por ahí. El problema es cuando se toman decisiones pensando solo en las repercusiones sobre esa zona, que excede a la capital e incluye el “distrito 24 del país”, el AMBA. El presidente Alberto Fernández declaró feriado nacional para los festejos pensando en la caravana de los jugadores de la Selección argentina y obviando al resto de las provincias. Por eso fue casi inmediato el repudio político de algunos gobernadores, incluso de su propio sector político. 

El Estado no pudo organizar nada porque quedó desbordado. Ya le había pasado a los gobiernos durante los festejos parciales. Mucho más ahora. La repercusión social del logro deportivo es inconmensurable y las retinas de los dirigentes políticos locales no alcanzan para dimensionarlo.

Los intentos por capitalizar el hecho fracasaron rotundamente. No pudieron llevar a la Selección a Casa Rosada, quizá porque acarrearía una falsa identificación política que los jugadores buscaron evitar en todo momento. Incluso los funcionarios K que se acercaron al aterrizaje de los jugadores quedaron expuestos ante la indiferencia de los campeones. En 1986 Raúl Alfonsín les "cedió" el balcón a los jugadores, luego de haberlos recibido. Hoy parece imposible. 

El presidente Alberto Fernández se contuvo y tuvo una sobria reacción. Tras el papelón por decretar feriado, acompañó con un mensaje escueto en redes sociales. La vida cotidiana ocurre igual y nada cambia. El triunfo deportivo genera una nueva alegría, agrega algo, pero no eclipsa el resto. Hoy el Indec informó que es mucho más caro vivir en Argentina, que para no ser pobre una persona necesita 145 mil pesos, es decir. al menos tres jubilaciones mínimas (más de 4 millones de jubilados cobran un tercio de lo mínimo indispensable), por citar un dato fresco.

La dirigencia política local estuvo obligada a mantenerse al margen; quedó desbordada. La naturalidad con la que el presidente de Francia, por ejemplo, acompañó a los jugadores en el estadio de Qatar, no se podría lograr en Argentina por la carga simbólica negativa que tiene el propio presidente y toda la dirigencia. La grieta ha generado que cualquier hecho sea identificado como una representación parcial y que parezca imposible generar una idea de comunión desde la política. Lo que la Selección argentina logró, es una utopía inalcanzable en otros planos.