El mapa y el territorio en la Argentina: las palabras no son las cosas
Hace un tiempo leí la novela “El mapa y el territorio” de Michel Houellebecq. Fue muy un gran impacto, sentí que una de las ideas centrales del libro tiene una aplicación directa y extremadamente conmocionante sobre la vida y las relaciones humanas. También por supuesto sobre la política, porque la política se trata de la vida y de las relaciones humanas.
El protagonista es un gran artista que comienza su camino a la fama fotografiando los mapas de carreteras Michelin. Sus fotografías son de tal calidad y su mirada tan particular que exceden en mucho las características del territorio que representan. No miente: la diferencia está en su mirada y en la manera en la que muestra lo que decide mostrar. Esa mirada, ese “recorte”, resultan ser mucho más interesantes que el territorio mismo. Es decir: la representación (el mapa) es distinta, mucho más interesante que la realidad que representa.
Si lo pensamos bien, ese fenómeno es inevitable en todos los órdenes de la vida. En todos los vínculos, en todos los órdenes, la representación determina.
En el libro de Houellebecq las fotografías de los mapas son producto de la creatividad artística, y de la búsqueda de belleza. Sin intención de ocultar o adulterar la esencia de la realidad que tiene que representar. Hasta el punto que el lector, enfrascado en esas páginas apasionantes y atrapantes puede llegar a preguntarse: ¿cuál es la realidad? ¿Es menos real la fotografía que el mapa? ¿es más real el mapa que el territorio?
Lo sabemos: la realidad es una construcción subjetiva. Alfred Korzybski, psicólogo y lingüista estadounidense acuñó la frase “el mapa no es el territorio”. Es decir, la imagen que cada uno tiene de la realidad no es sino una versión de la realidad. Y sigue: “las palabras no son las cosas”.
La realidad es infinita, y abordarla implica necesariamente un recorte, una priorización, una selección. En la vida cotidiana ocurre: cada día, sin darnos cuenta, tomamos decenas de decisiones sobre a qué le vamos a prestar atención, dónde vamos a colocar nuestra energía, que es lo que vamos a colocar en nuestra propia agenda. En definitiva: de qué, y cómo vamos a hablar, qué palabras vamos a usar, qué vamos a nombrar.
En la política ocurre lo mismo, porque otra vez: es una relación humana. No deberíamos olvidar eso jamás. Pero esta relación humana a través de este escenario de representaciones y de “representatividad” pierde su sanidad y hasta su razón de ser legítima cuando quienes tienen a su cargo la representación y la construcción de los mapas los hacen deliberadamente distintos a la realidad.
La pregunta es: ¿qué parte de la realidad debe tomar la política?, ¿qué parte del territorio debe ser priorizado por la subjetividad y la consecuente construcción de la realidad por parte de la dirigencia?
En la Argentina eso es lo que ocurre. Partamos de la noción de realidad y de los millones de subjetividades que la conforman. Una cosa es el arte, la abstracción y la belleza y otra cosa muy distinta son el hambre, los millones de niños pobres, la incerteza, la desesperanza, la tristeza, la incertidumbre permanente. Para millones, ésa es la realidad, ése es el territorio. Para otros millones, la realidad es otra. Es normal. La pregunta es: ¿qué parte de la realidad debe tomar la política?, ¿qué parte del territorio debe ser priorizado por la subjetividad y la consecuente construcción de la realidad por parte de la dirigencia?
Son muy importantes estas preguntas, porque como sabemos: más importante que las respuestas son las peguntas correctas. Con toda humildad: estoy convencida de que éstas son, al menos, algunas de las preguntas pertinentes.
Podemos pensar que hasta el momento no parece que haya una decisión política nacional de elegir el territorio del dolor de millones de argentinos que no pueden comer. Entones el mapa no sólo no representa a ese territorio, sino que lo omite. O lo que es peor: lo condena a la indiferencia. Lo que no se asume no se transforma y se traduce en destino, decía Jung.
Parece que el territorio que se ha seleccionado es el año electoral 2023. Entonces se construye un mapa sobre un territorio distinto al de la realidad de la mayoría que sufre lo indecible. Luego viene lo más grave: la representación de esa porción de la realidad que se ha elegido como “la realidad”. Los discursos de odio reducidos a copitos, dirigentes del oficialismo que dicen que sería mejor que el Presidente desapareciera de los libros de historia, integrante femenina de la fórmula presidencial que actúa como panelista criticando a su propio gobierno en twitter, internas desgarradoras y públicas, altísimos dirigentes funcionarios que horadan cada día la autoridad del Presidente. Y por supuesto: Gran Hermano y la firmeza inédita de un presidente que dice que “no se va a quedar callado”. Al menos por esta vez, parece. Esa es la conversación del (des)gobierno nacional. Entonces está claro, una vez más: sus palabras no son nuestras cosas. El mapa que construyen no es nuestro territorio.
A diferencia de la novela de Houellebecq en esta representación no hay belleza, no hay creatividad, no hay arte. Hay intencionalidad, y no de la mejor. Esta vez, aquí, en este país que nos duele, la representación deliberada no es más real ni más interesante que el territorio inexorable sin el cual no hay futuro sostenible para ninguno de los otros territorios. Para quienes la construyen puede ser más interesante, o necesaria. Para la mayoría no. Porque no nos representa, no nos incluye, nos subestima y nos ofende. Y nos aleja, a nosotros y a nuestros hijos, de un futuro que nos permita, al menos, un margen de ilusión.
Citando una vez más a Korzybski: “las consecuencias…pueden llegar a ser, en algunos casos, notables ya que, a veces, la realidad puede quedar totalmente desvirtuada, a tal punto que esa (per)versión puede transformarse en algo contrario y opuesto a la verdad objetiva. Si el mapa que hacemos de la realidad y el territorio que pretende ser representado no coinciden, en algunas ocasiones todo lo que nos rodea parece una cosa y es, en realidad, otra.