Decir lo que no se quiere decir: las boutades de Alberto Fernández

Decir lo que no se quiere decir: las boutades de Alberto Fernández

El presidente Alberto Fernández parece estar más cerca de Bush y del célebre personaje del padre P. Luche, que de la novela Océano mar. Cree decir cosas geniales, pero sus yerros ya le generaron muchos problemas.

Damián Fernández Pedemonte

Damián Fernández Pedemonte

Entre los curiosos personajes que se dan encuentro en la posada de Océano mar, la maravillosa novela de Alessandro Baricco, está el padre Pluche, un cómico sacerdote que tiene la peculiaridad de proferir una “estúpida ráfaga de palabras” en vez de las ajustadas a la situación de comunicación en que se encuentra. “Eso era típico del padre Pluche -dice Baricco-. No era capaz de contenerse. No decía nunca lo que debía decir. Se le ocurría antes otra cosa. Un momento antes. Pero era más que suficiente”.

En el análisis sobre el discurso banal de George Bush que realiza el escritor español Andrés Barba en su espléndido ensayo: La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder, afirma que éste acababa diciendo, en el último instante, justo lo contrario de lo que quería decir: “Me gustaría que todos ustedes salieran de aquí esta tarde y se preguntaran: ¿qué ha dicho este hombre?” (Óregon, 12 de agosto de 2004). Un pionero de este tipo de discurso fue, en Argentina, el presidente Carlos Menem.

Pero los últimos discursos del presidente Alberto Fernández se empiezan a parecer a los de estos personajes. El 14 de abril denunció que el sistema sanitario se había relajado, porque había empezado a atender “otras necesidades quirúrgicas” además de los casos de covid-19. Al día siguiente, cuando estaba intentando mejorar su torpe intervención del día anterior, espetó que los "chicos con capacidades diferentes" (sic) no entienden la dimensión del Covid-19. La última de sus boutades es, hasta ahora, la que desencadenó más replicas indignadas o satíricas: el 9 de junio en conferencia de prensa junto a Pedro Sánchez, aludiendo a nuestra ligazón con España y citando supuestamente a Octavio Paz, dijo que los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva y los argentinos llegamos de los barcos.

Alberto Fernández dijo otra de sus boutades al hablar con Pedro Sánchez, presidente de España.

Los fallidos del Presidente parecieran ser del estilo de los de Bush y del padre Pluche: la frase inoportuna es improvisada, como un agregado de último momento, una iniciativa incontrolable de la oratoria, quizás motivada por un exceso de autoconfianza en la capacidad de hablar en público.

Es el receptor quien le atribuye coherencia retrospectivamente al discurso que acaba de leer o escuchar. Antes, el enunciador debe desarrollar y poner en juego una competencia prospectiva de generar coherencia en su discurso. Es decir, cuando está pronunciando el discurso, el político tiene que saber a dónde quiere llegar con sus palabras y controlar la irrupción de palabras que lo desvíen de su propósito, por muy ocurrentes que le puedan parecer en el momento. Mucho más en un contexto de máxima repercusión a esas palabras, como lo es una situación de crisis: la que largamente estamos atravesando en nuestro país. Además, aunque la política trata con audiencias fragmentarias y “desafectadas”, en el sistema mediático-digital actual, las palabras ocasionales pronunciadas por radio o televisión se recortan, editan y viralizan por las redes y se retoman en el resto de los medios, de tal manera que les llegan a todos. A una mayoría, además, ya previamente criticada o ironizadas. En un “sistema híbrido de medios”, como el descripto, los despropósitos discursivos se trasforman fatalmente en memes.

Lo que regula la producción del discurso es la expectativa sobre su recepción. No creo que Alberto haya querido ofender a los médicos y al entorno de los niños con discapacidad, ni a mexicanos y a brasileños. Pero una vez que las palabras han sido dichas no sirve de nada decir que no se quiso decir lo que se dijo, ni, mucho menos, someterlas al análisis crítico del INADI, con la esperanza de enmendarle la plana a la gran cantidad de intérpretes que tomaron esas palabras como un dislate. Lo importante no es la intención de lo que se dijo, sino cómo se interpreta. Un mínimo análisis de las palabras dichas explica las reacciones contrarias. El problema es que el análisis debe ser hecho antes, al planificar el discurso, al estimar sus efectos posibles. En eso radica la competencia comunicacional, elemento inseparable de la reputación, esencial para liderar en las crisis.

La emisión del discurso es sólo una parte, y la más externa, de una estrategia de comunicación. Pero las reiteradas fallas en la superficie denotan carencias importantes en la estructura profunda. ¿No tiene el presidente estrategas de discurso, asesores en comunicación, voceros profesionales? Los políticos avezados, los que llevan años en la lid del debate y la competencia con la palabra han perdido el tren de los avances en la profesionalización de la comunicación política. El vertiginoso cambio en la forma de circulación de los mensajes y de sensibilidad de los públicos los supera. Decía un bañero que en el mar quienes más se ahogan son los nadadores que se internan temerariamente en las profundidades. La complejidad comunicacional del momento demanda de los viejos políticos la humildad de buscar el asesoramiento experto: al menos para intentar decir lo que se quiere decir. 

*El autor es Director de la Escuela de Posgrados en Comunicación

EntreMedios es un espacio de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral, en alianza con MDZ.

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