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Universidades: la clave para la inclusión social y el crecimiento en tiempos de pandemia

Con la pandemia se dio la paradoja que las universidades públicas, fundamentales en la inclusión y el crecimiento, tuvieron que encerrarse en sí mismas. Hoy el desafío es volver a asumir un rol protagónico con soluciones para un presente y un futuro complejos, que exigen respuestas creativas.

Por Gabriel Fidel / Presidente de la Agencia Mendocina de Innovación. Profesor Titular de Economía Política, Universidad Nacional de Cuyo

El debate sobre la educación y el rol de las universidades públicas es permanente tanto en ámbitos académicos como en la comunidad. Pero hoy cobra más relevancia que nunca, porque nos exige un desafío enorme, con salidas creativas, integración con la sociedad y un rol protagónico ante una crisis sin precedentes en la historia reciente de la humanidad.

En pandemia se ha dado la paradoja de que las universidades, que son un factor esencial para el crecimiento y la inclusión, tuvieron que encerrarse en sí mismas. Sin embargo, son el ámbito que tiene toda la inteligencia, la creatividad, la sensibilidad, el capital humano y las herramientas para aportar soluciones a un presente duro y a un futuro de consecuencias aún inmensurables.

La sociedad necesita de esa universidad presente y protagonista, capaz de dar respuestas creativas y de recoger las demandas y necesidades de la gente. Desde la reforma de 1918 en Argentina, la extensión como instrumento ha sido, o ha pretendido ser, la polea que ha reforzado la necesaria inserción e interacción entre la universidad y la sociedad.

Hoy más que nunca es necesario que los ámbitos académicos fortalezcan su función social y su rol de extensión, teniendo en la mira dos objetivos primordiales: lograr la inclusión social y el crecimiento económico, ambos ligados íntimamente al acceso a los conocimientos y la educación.

La realidad en muchos países de América Latina, y especialmente en Argentina, es que hay una enorme porción de la población que ha caído en situación de pobreza e indigencia, con muchas pequeñas y medianas empresas que han debido cerrar sus persianas y organizaciones comunitarias golpeadas por la crisis.

Y es aquí donde la educación se convierte en una herramienta superadora: la inclusión solo es posible estando del lado de los sectores más vulnerables, dando la posibilidad de acceder al conocimiento, la ciencia, la tecnología y generando ámbitos para la innovación.

El desafío para las universidades es enorme. Hay principios históricos que hoy están más vigentes que nunca, como la necesidad de comprometer una agenda robusta frente a la crisis y a los desafíos de un nuevo tiempo. Esta es la era de la revolución digital y de los cambios de paradigma, que se ha acelerado por el impacto de la pandemia.

La enseñanza de calidad, el acceso a los conocimientos digitales, el compromiso mayor con las capacidades y competencias de los y las estudiantes, el desarrollo tecnológico y la innovación son fundamentales. El impulso de la investigación de calidad y el desarrollo de nuestros científicos e intelectuales debe ser prioridad, ya que, como se ha demostrado a lo largo de la historia, este impulso genera enormes beneficios en todo el tejido social.

Las universidades tienen un rol clave. 

El desarrollo del capital humano debe estar unido a la interacción con la sociedad. La extensión universitaria debe ser cada vez más amplia, participativa e inclusiva, generando redes activas de trabajo, intercambio de ideas y aporte de soluciones. Las universidades públicas tienen la obligación de trabajar en procesos dinámicos de mejoras y ser capaces de transformar el conocimiento en respuestas a los problemas.

La universidad tiene los instrumentos y el capital humano para hacerlo desde adentro hacia afuera, fortaleciendo la docencia y los docentes, la investigación y los organismos que interactúan con la ciudadanía; en un círculo virtuoso que puede arrojar un saldo más que positivo.

Debemos pensar cómo acercamos el conocimiento a todos los sectores . Al sector público y estatal, para anticipar caminos y continuar fortaleciendo las políticas públicas. Al sector privado en todas sus dimensiones, con especial énfasis en las pequeñas y medianas empresas, impulsadas por nuestra clase media y generadoras de empleo y de cambios estructurales. Al sector más excluido, para que tenga herramientas que permitan una inserción social genuina.

El desafío entonces es grande, pero no imposible: se debe facilitar la interacción para que la comunidad se sienta parte, abriendo las puertas nuevamente con un ida y vuelta permanente, con respuestas ágiles de acceso para la gente, las organizaciones y las empresas. Es permitir el aprovechamiento de la infraestructura y las capacidades de ciencia y tecnología presentes en las instituciones académicas, incentivando la investigación básica y aplicada, fortaleciendo la conexión a redes globales de conocimiento y haciendo crecer los talentos.

Una universidad abierta es el camino para el nacimiento de nuevas empresas nacionales de base tecnológica y la modernización de las ya existentes; aumentando su productividad y competitividad. Una universidad abierta y centrada en la investigación y el desarrollo posibilita la generación de patentes nacionales, fundamentales en la transformación que necesita nuestra economía.

Hay un círculo virtuoso que conduce a la competitividad sistémica, al crecimiento económico con equidad, a más inversiones y empleo, a generar un impulso del desarrollo de cadenas regionales de valor y consecuentemente, a una mejor inserción en las cadenas globales de valor.

Nuestro sistema universitario y nuestro sistema de investigación científica deben comprometerse para que el conocimiento científico y el desarrollo tecnológico tengan un fuerte vinculo con la producción nacional. Eso también significa mayor inclusión.

Hay entonces, un protagonismo de las universidades como parte de una Política de Estado de ciencia y tecnología, que abra espacios para nuestros investigadores, nuestros docentes y nuestros futuros profesionales en la transformación que requiere la Argentina.

En las universidades está la materia gris, la sensibilidad social, la educación y la esperanza. Por eso en este tiempo, deben ser protagonistas de la agenda del mundo que viene, un mundo en el que la creatividad y el conocimiento serán la llave para abrir las puertas de la inclusión y el crecimiento.