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Cornejo y una carrera a la que se lanzó sin saber si llegará con nafta

En sus últimos días como titular del radicalismo, trabajó contrarreloj para no entregarle a su sucesor un partido implosionado. Ahora reencamina su proyecto político hacia una candidatura presidencial, que será compleja de construir tanto a nivel de la UCR como en el marco de la puja con el PRO.

A contrarreloj y en medio de fuertes disputas, Alfredo Cornejo logró salvar a último momento lo que hubiera significado una singular derrota sobre el final de su mandato de cuatro años como presidente del radicalismo. El viernes, el día crucial de la votación en el Comité Nacional de la UCR para elegir a su sucesor, el partido consiguió llegar a una lista de unidad entre Gerardo Morales y Martín Lousteau que evitó un quiebre histórico.

El gobernador jujeño consiguió el objetivo que se había propuesto en ese sentido y los términos del acuerdo son más o menos públicos. El díscolo dirigente porteño fue incorporado a la mesa de conducción partidaria luego de asumir el compromiso de abandonar su postura rupturista en Diputados (reunificará el bloque del radicalismo en marzo), pero a cambio logró quitarle piernas a la alternativa de que Mario Negri se ungido, en esa misma Cámara, como jefe del Interbloque de Juntos por el Cambio. Para algunos radicales esta última es una victoria pírrica si se quiere: Negri no será el representante de la UCR en esa discusión opositora, pero es muy poco probable que un radical termine en la conducción de ese bloque en el Congreso.



Si hasta aquí el dirigente cordobés se terminó imponiendo en esa rosca parlamentaria cada vez que la buscó, fue porque dentro de Juntos consiguió siempre el apoyo de Elisa Carrió a la hora de la votación decisiva. Sin Lilita en el escenario de la Cámara Baja, el PRO se encamina derecho a quedarse con ese cargo en una figura que podría estar representada por Cristian Ritondo. Pero que también podría terminar en manos de Diego Santilli o de María Eugenia Vidal. Como parte del paquete del acuerdo, Lousteau  además consiguió tener una silla en la mesa de conducción nacional de Juntos por el Cambio.

Cornejo trabajó fuerte para impedir que el radicalismo terminara implosionando y detrás de esa causa siempre existió un motivo evidente. Si alguna apuesta hizo el mendocino durante estos años de exposición política nacional, fue que la oposición no se dividiera frente al gobierno de Alberto Fernández. Y ese objetivo abarcaba especialmente al radicalismo. Cornejo entendió y entiende que la primera condición que debe tener la coalición opositora para aspirar al poder en 2023 (y también su proyecto político personal de aspirar a una candidatura a presidente) siempre fue sostener la unidad. Ahora bien. ¿Cómo proyectar esto a futuro si el final de su mandato de cuatro años como jefe del radicalismo lo encontraba con un bloque legislativo partido y con la amenaza concreta de que la elección para elegir a su sucesor en la conducción iba terminar judicializada por Lousteau?



Por eso los últimos tres días de la semana pasada fueron frenéticos para él mientras estuvo detrás de un arreglo. Apuntó a persuadir a Morales de que la legitimidad de los liderazgos está fuera del partido y no dentro. Y a Lousteau intentó hacerle ver el daño propio que se había hecho (que era extensivo al partido y a Juntos) por la ruptura del bloque. En el camino, en una de las reuniones para lograr la lista de unidad, protagonizó un episodio muy duro con Ernesto Sanz. Fue el jueves por la noche en las oficinas de Daniel Angelicci en Buenos Aires, que sirvió de marco para el cara a cara entre estos dos radicales mendocinos que se conocen desde hace décadas y que vienen alternando buenas y malas en su relación. Desde hace un año al menos, están en la etapa de las malas.

Sanz trabajó todo este tiempo internamente junto a Morales y le achaca a Cornejo (como otra parte del partido también) que en esta puja interna estuvo todo el tiempo pegado a la estrategia de Lousteau y de Enrique “Coti” Nosiglia. El flamante senador niega esto y trató siempre de hacer gala de su neutralidad como consecuencia directa del cargo partidario que ocupó hasta hace dos días. Del cruce, en el que Lousteau también fue protagonista, finalmente surgió el arreglo.  

Con este capítulo tan complejo cerrado por ahora dentro del radicalismo, Cornejo encarará la nueva etapa de su plan político. Comenzó con el largo recorrido por convertirse en presidenciable en dos años en medio de algunas certezas. Pero cargado de muchas dudas. Dentro del primer lote una ya está dicha: la unidad opositora es una condición indispensable. Y segundo, quiere ser el candidato que surja del radicalismo con el suficiente respaldo interno como para ir a competir luego en una PASO con el PRO.



Tarea difícil está última. Está seguro de que arranca con cierta margen para la competencia entre radicales, en dónde ya corren el propio Morales, Lousteau y Facundo Manes. Pero es consciente de que largó desde atrás contra Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrrich y eventualmente Mauricio Macri, que son los que están del otro lado. Por eso intentará competir a nivel país mientras le dure la nafta. Ya está en la pista, al haber conseguido mantener algún grado de visibilidad política tras haber jurado como senador jugando el papel de jefe del interbloque de JxC y siendo uno de los engranajes clave de la alianza opositora que está trabajando en la formulación de un proyecto de gobierno. Pero los próximos meses serán claves para su futuro: si no consigue figurar en las encuestas con cierto nivel de competitividad, su destino político podría estar atado otra vez a Mendoza.

Rodolfo Suarez, en buena medida, sueña con esta alternativa. Si Cornejo vuelve, le quitaría mucha, muchísima presión a la interna que ya está desatada entre los intendentes del oficialismo con pretensiones. Y si además gana en 2023, le dejará libre al gobernador la banca en el Senado por cuatro años. Pero para eso habrá que esperar a que, efectivamente, Cornejo decida qué hacer con su futuro político si no llega a la línea de meta.