Por qué el de Alberto Fernández no fue un mal discurso

Por qué el de Alberto Fernández no fue un mal discurso

Es un acierto que haya hablado a todos como el presidente y no cómo el líder del espacio político que acaba de perder el quórum en el Senado y quedar casi diez puntos por detrás de la fuerza más votada.

Damián Fernández Pedemonte

No fue un mal discurso. Evidentemente, en un discurso grabado y leído no comete el presidente los deslices discursivos a los que nos tiene acostumbrados. Un discurso que señala a la elección como la finalización de una etapa muy dura y que busca mirar al futuro: "Un futuro cuya construcción tenga como ejes centrales la recuperación económica, el fortalecimiento de los ingresos, la reducción de la inflación y la creación de empleo. Todo ello, en el marco de un diálogo constructivo que le dé potencia y mejor calidad a nuestra vida en democracia". Nadie puede estar en desacuerdo con eso: justamente es el elenco de algunas de las deudas por las cuales el pueblo acaba de votar en contra del Gobierno.

Es un acierto que haya hablado a todos como el presidente y no cómo el líder del espacio político que acaba de perder el quórum en el Senado y quedar casi diez puntos por detrás de la fuerza más votada. Es un acierto comprometerse a convocar a las fuerzas de la oposición "para acordar una agenda tan compartida como sea posible" y a enviar el Congreso un proyecto de ley "que explicite el 'Programa económico plurianual para el desarrollo sustentable'", acordado con el FMI.

También reconocer la importancia que tiene llegar a ese acuerdo, aunque sea morigerando el ajuste, como siempre ha recalcado, y en eso ha demostrado coherencia. La promoción de la ciencia, de la salud y de la educación; la mejora del capital público, el fortalecimiento de la moneda y la sostenibilidad de la deuda, deben ser, de una vez y para siempre, políticas de Estado: tan enfático como idealista, el discurso, de todas maneras, acierta el mencionar esas prioridades.

Creo que fue desacertado no haber empezado por la autocrítica, más allá de una ligera mención de compromiso al final del discurso. La primera etapa de su Gobierno estuvo marcada por dos crisis: la económica y la pandemia, dijo. Pero en la percepción social ambas estuvieron mal gestionadas, así los recogen los resultados, conocidos por Alberto Fernández, del plebiscito de su gestión que constituyeron estas elecciones de medio término. No explicó tampoco por qué recién después de dos años de Gobierno llegaría un plan económico. En cambio, les asignó demasiado espacio a algunos datos de recuperación económica (algunos de los cuales, incluso recién se verificarían al inicio del año que viene). Los resultados totales resultan similares a los de las PASO: aparentemente no hubo tiempo para que la mayoría de la población advirtiera ningún alivio en materia económica.

La convocatoria a la oposición estuvo dañada desde el principio por seguir responsabilizando de la crisis y de la deuda (puntualizando su destino) al Gobierno de Macri, justamente del partido que tuvo más votos y al primero que estaría llamando al diálogo. Es un mal presagio apelar a la polarización propia de la campaña en el discurso que pretende señalar una nueva forma de relacionarse con la principal fuerza política opositora. El discurso da por despejada la duda más acuciante, cómo será la negociación del poder en la coalición gobernante a partir de mañana. En este sentido el discurso tiene el mérito de haberse anticipado a los movimientos del kirchnerismo.

De manera que el discurso logra mostrar por un momento a Alberto Fernández como el presidente de una segunda parte de su gobierno y no como el presidente de una transición, como lo presentó Macri horas antes, en desafortunada declaración periodística.

 

*Damián Fernández Pedemonte, Director de la Escuela de Posgrados en Comunicación, Universidad Austral.

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