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La política de los barrabravas y de los privilegios

Alfredo Cornejo y Anabel Fernández Sagasti, candidatos a senadores y principales referentes del radicalismo y el peronismo en Mendoza, brindaron un espectáculo lamentable en el debate del cual participaron.

Por televisión abierta y en horario prime time, los candidatos a senadores de las dos principales fuerzas políticas de Mendoza decidieron ofrecer uno de los espectáculos más lamentables y violentos de los últimos tiempos dedicándose toda clase de epítetos y mostrando una agresión poca veces antes vista.

Difícil fue observar a Anabel Fernández Sagasti y Alfredo Cornejo sin sentirse alterado ante lo que se veía y se escuchaba. Sobre todo en un contexto donde la sociedad requiere más que nunca de conciliación, certidumbre y calma. No se trata de pacificar un debate o de esconder las emociones, sino de demostrar que quienes nos representan en el Congreso tendrán la templanza para acompañar el crecimiento del país.

En el último año la humanidad entera vivió como nunca antes en la sociedad globalizada una crisis, que inició siendo sanitaria y culminó extendiendo sus consecuencias en cada una de las actividades económicas y sociales. La pandemia nos afectó a todos desde lo emocional, social y económico. Más que necesario resulta un proceso de recuperación.

Sin embargo, ante lo visto cabe preguntarse: ¿cómo será posible con esta clase de dirigentes? No se pudo observar casi ningún punto de encuentro, consenso o acuerdo. Sí sobraron las faltas de respeto, la cultura del barrabrava, la interrupción y la idea del quién grita más fuerte. 

Otra cosa que dejó en manifiesto fue la miopía de los candidatos y su imposibilidad de autopercibirse como privilegiados dentro de una sociedad desgastada, cansada y con pocas posibilidades de llegar a fin de mes. 

Alfredo Cornejo, quien se encuentra hace varios años en la función pública, ratificó que el rol de legislador no le sienta bien. Calificó esta actividad como un "parloteo". Cabe rescatar que cada mes se le deposita en su cuenta bancaria al menos $200 mil por desempeñar esta "honorable" tarea. 

¿Qué le queda pensar a un ciudadano común que pone su despertador a las 5 de la mañana para ir a trabajar por un módico sueldo? 

Otro tema fueron las ausencias. Ambos se reprocharon no estar presentes en el Congreso durante debates y votaciones. Claro que, de cada lado de la grieta, mostraron excusas suficientes para justificar las ausencias. Pero, ninguno remitió a una enfermedad o trámite impostergable, únicas razones -y no siempre suficientes- por las que un trabajador de a pie puede llegar a justificar una falta en su trabajo.

En resumen, el triste espectáculo visto no hace más que desgastar aún más la idea de que la política es una herramienta de cambio. Si quienes cumplen funcionen no muestran un respeto hacia ella. Si son incapaces de ver sus privilegios. Si extienden la cultura barrabrava, la violencia y la agresión pocas son las esperanzas que quedan.