El momento en el que Rodolfo Suarez decidió no apretar el "botón rojo"

El momento en el que Rodolfo Suarez decidió no apretar el "botón rojo"

El gobernador estuvo a punto de decretar a vuelta a la Fase1 de la cuarentena por el aumento de los casos de coronavirus y por la situación en los hospitales, pero está convencido de que la salida no pasa por cerrar la economía. Esa decisión lo puso en el blanco preferido del enojo de Alberto.

Marcelo Arce

Marcelo Arce

Nadie podrá decir que Rodolfo Suarez rompió algún puente con Alberto Fernández luego de que quedara definido que, en el momento más difícil de la crisis por el coronavirus, la estrategia de Mendoza continuará basada en la responsabilidad individual de la gente y no en el cierre de actividades. Y no se lo podrá acusar de tamaño sabotaje al gobernador porque ese puente, a decir, verdad nunca existió.

En el entorno gubernamental admiten una situación muy particular a esta altura de la gestión: luego de haber apostado durante meses a mantener un buen diálogo con la Casa Rosada y a sostener una vinculo que transcurriera por los carriles del sentido común entre dos gobiernos de distinto signo político, Suarez abandonó de ese camino.

No se notó y tampoco se notará en alguna señal de ruptura en público o en algún tweet con contenido explosivo. Eso, al menos por ahora, no ocurrirá. Pero puertas adentro de la Casa de Gobierno el fastidio se percibe y hacia afuera ya se mostró una señal contundente: luego de varios días en que la presión nacional por una vuelta a la Fase 1 de la cuarentena en la provincia fue notoria, la decisión fue continuar adelante con la menor cantidad de restricciones posibles más allá del aumento de casos sostenido y de la situación prácticamente al límite en la que se encuentra el sistema sanitario.

A esta altura de la pandemia en la provincia y en el país, está claro cuáles son las estrategias que se están aplicando y cuáles se sabe que no se podrán implementar para frenar los contagios, primero, y mitigar las consecuencias de la circulación del virus, después. Países asiáticos (con altísimos nivel de control estatal) y algunas regiones del Norte de Europa (con alto nivel de desarrollo tecnológico) testearon, rastrearon y luego aislaron por millones. Un plan que aquí nunca se diseñó y que además ya es tarde de aplicar en etapas como en las que estamos de expansión nacional del virus.

Para nosotros las alternativas no pasan, en definitiva, de estas dos: o se aplica un modelo a la “uruguaya”, con una fuerte apelación a la responsabilidad individual y sin cierre de la economía. O se adopta un sistema más “paternalista”, en el que el Estado resuelve el aislamiento y, en caso de aplicar la Fase 1, el cierre de todo tipo de actividades.

Los gobernadores de la gran mayoría de las provincias en las que virus está circulando de manera descontrolada (Santa Fe, Jujuy, San Luis, Catamarca, Salta) optaron por la segunda vía. Con más de 4.000 casos nuevos en una semana; con los hospitales más que exigidos y con el personal de salud al limite de sus capacidades, Suarez está convencido de que lo mejor es ir por el primero de esos caminos.

La decisión no fue sencilla. Entre lunes y martes pasado se estuvo a apunto de apretar el “botón rojo” y las dudas se generaron no solo por un nuevo récord de casos positivos sino también por la presión de Alberto quien entiende que, la vía para frenar los contagios, es que todo el mundo vuelva a sus casas. Suarez cometió un pecado político adicional en este contexto. No solo se jugó a otro modelo, sino que además contradijo al presidente en un escenario en el que estaban escuchando varios gobernadores más a través de un Zoom. Fue ese jueves de finales de agosto en dónde el gobernador mendocino lo dijo de manera cortés. Pero lo dijo.

- Con todo respeto presidente, creo que la cuarentena no es la única herramienta.

- Hace dos semanas que hablé de las preocupaciones por Mendoza y lo que lamento es que eso se está confirmando. Advertí cómo se estaba duplicando y esto fue lo que pasó. Quiero ser franco: yo detesto la cuarentena tanto como ustedes, pero es imposible ayudar con todo abierto. Si todo está abierto lo que la gente siente es que puede salir y vincularse y por más que se use barbijo hay un estado natural de relajamiento y acá estamos muy lejos de resolver el problema. Hay que hablarle con franqueza a la gente porque cuanto más abrimos más posibilidades de contagio existen”, fue la respuesta dura del presidente.

Desde ese día hasta hoy, de todas las provincias en las que se han registrado brotes, el gobernador mendocino es el blanco principal del enojo presidencial.

Hasta cuándo resistirá Suarez dependerá del éxito de su decisión. El panorama sanitario para las próximas semanas es duro porque se anticipa el verdadero pico de infectados y también se sabe de la conciencia de que este desierto se deberá atravesar sin agua. Enfrentar al gobierno nacional se traduce en menos asistencia financiera para afrontar la crisis y aquí parece haber existido una epifanía en cuanto a su relación con Fernández. Suarez no abandonará el reclamo por más fondos, pero cayó en la cuenta de que las predicciones de Alfredo Cornejo (entre otros) de que las viejas practicas del kirchnerismo del control de la caja a la hora de trabar la relación entre la Nación y las provincias volvieron. Y con más vigor que nunca.

La poda de un punto de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires fueron la muestra palpable de ello. Pero el propio mandatario mendocino viene sufriendo en carne propia el destrato a la hora del reparto de recursos. La historia alrededor de la renegociación de una deuda con el Banco Nación es un claro ejemplo de ello: desde enero la provincia está intentando reformular pagos por $3.500 millones y recién en mayo el presidente dio el aval político para que se ese arreglo se concretara.

El Nación impuso una condición en el camino y fue que Mendoza debía renovar el contrato para que la entidad continuara operando como agente financiero, cláusula que desde el ministerio de Hacienda se negaron a firmar. Se reabrió otra negociación en dónde el banco aceptó quitar ese condicionante, pero el directorio todavía no aprueba el acuerdo. Como resultado, un convenio que ya lleva ocho meses discutiéndose, a esta altura le significó a la provincia unos $2.000 millones en descuentos que podrían haberse refinanciado. El fuerte control de la caja, fue un mecanismo adoptado para mantener a raya a los gobernadores durante el gobierno de Néstor Kircher, se profundizó con Cristina y, sin dudas, volvió ahora con Alberto.

Algunos nubarrones se disiparon en el frente interno. Los ruidos que le generaba a Suarez la actividad política de Alfredo Cornejo a nivel nacional ya no deberían ser tomados en cuenta a la hora de explicar algunas reacciones del gobierno nacional. Da toda la impresión de que aún si el exgobernador moderada sus declaraciones públicas en contra del presidente, o diera de baja su cuenta de Twitter para dejar de pelearse con Cristina Kirchner, el estado de cosas no sería muy diferente. Suarez depende y mucho de que Juntos por el Cambio mantenga la unidad a nivel nacional entre sus dirigentes. Caso contrario tanto él como el resto de los gobernadores opositores estarán mucho más en riesgo.

En algo se equilibró el vínculo entre padre e hijo político que venía un tanto desbalanceado. Cornejo no abandonará su construcción política a nivel nacional (opacada aún más esta ultima semana con el protagonismo de Horacio Rodríguez Larreta) aunque el rol que más le está quedando cómodo en esta pandemia es el ser el gran sostén de un proyecto político para que el radicalismo se quede en el poder por lo menos cuatro años más después de Suarez. No interviene demasiado en los asuntos de gestión y los proyectos del Ejecutivo en los que no está de acuerdo o no le parecen trascendentes guarda silencio. Los intendentes oficialistas empujan para que sea el candidato a senador nacional en primer término en las legislativas de 2021 para enfrentar a Anabel Fernández Sagasti, quien seguramente encabezará las listas del Frente de Todos.

Para Cornejo es una alternativa que hoy tiene un pero: no lo entusiasma, cuando faltan varios meses, la obligación de tener que ponerse otra vez una campaña al hombro. Y vislumbra que, quizás, Alberto y Cristina podrían dar por perdido Mendoza como, a todas luces, ya dieron por perdida desde el punto de vista electoral a la ciudad de Buenos Aires. ¿Podría volver a presentarse como candidato a gobernador en 2023? Sabe que tiene el camino expedito para eso, aunque es meta aparece ahora como muy lejana. 

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