Necrocracia: la manipulación del cuerpo de Maradona como hecho político

Necrocracia: la manipulación del cuerpo de Maradona como hecho político

La política intentó usar a Maradona en vida; ahora tras su muerte volvió la necrocracia, aunque con un fracaso rotundo.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

La elección del escenario para el velorio de Diego Maradona es parte de los tironeos con los que también convivió. No se hizo en lo que fue su ámbito natural, su  lugar en el mundo. No fue en una cancha de fútbol. Fue en Casa Rosada, el lugar desde donde se ejerce el poder presidencial; allí donde la política intenta captar símbolos, aprovechar momentos y capitalizar para sí las energías populares como las que irradiaba el propio Diego.

El dictador Videla en 1979; Alfonsín en 1986, Menem varias veces.. Todos usaron la figura de Maradona. Lo de Alberto trascendió porque fue el uso del féretro y un intento fallido de crear un ritual popular alrededor de la muerte de una de las personas más influyentes de la historia Argentina. Videla fue miserable y obligó a un Maradona adolescente a que se corte el pelo y se disfrace de militar para aprovechar su imagen.

Los presidentes democráticos soñaron con la transferencia mágica de su popularidad. Ayer se pasó el límite: la necrocracia volvió a la Argentina. Hubo un intento de manipulación política de la muerte de Maradona. Una apropiación del cuerpo. Pero, hay que decirlo, duró muy poco, terminó en escándalo y violencia. 

La política tiene problemas de interpretación. Por conveniencias circunstanciales suelen confundir conceptos como pueblo, Nación, Estado y Gobierno. Democracia, con demagogia. Maradona es una leyenda popular. Un genio indiscutido del deporte y una persona con matices que hicieron de su vida una historia increíble que aún se escribe. Esa construcción popular no tiene nada que ver con cuestiones de Estado. 

El intento de captar políticamente esa construcción popular es miserable. Aunque seguiría siendo errado, hubiera sido menos incorrecto que el velorio se realizara en el Congreso, que es más representativo como casa del pueblo que el edificio de Balcarce 50. Pero hay que insistir. Maradona era local en un solo lugar: una cancha de fútbol. Incluso era el mejor sitio  para preservar algo de dignidad intelectual por parte de las autoridades sanitarias; las mismas que por un día cortaron las medidas preventivas y también tomaron como real una figura retórica. Maradona era un Dios en la cultura popular. Ayer lo convirtieron en alguien distinto en la vida real.

Si de señales y ejemplos se construye la cultura, el estado de excepción se consolidó . Así como el Presidente come asados sin límites en épocas de restricciones, también se permiten velorios masivos a conveniencia. Hubo una queja recurrente ayer. Mientras miles de argentinos no pudieron despedir a sus muertos por la pandemia y respetaron los protocolos, el Gobierno convocó a un millón de personas a que acudieran a Plaza de Mayo. La ilusión de la Plaza llena nubló la vista. 

Suena miserable, pero hay quienes aseguran que soñaron con el efecto "octubre del 2010". La muerte de Néstor Kirchner se transformó en ese momento en un hecho político trascendente que revitalizó la mística del kirchnerismo. 

Las excepciones siguieron. Si los barras de Boca no pueden ingresar a la cancha porque son violentos, sí pueden hacerlo a Casa Rosada, donde hay certificado de impunidad, no derecho de admisión. 

Pero ni siquiera eso salió bien: el acto fue una falta de respeto y una parodia. No hubo respeto a la familia, al propio Presidente, al lugar y a la historia. Los bustos de los expresidentes tirados por el piso. Gases lacrimógenos. Balas de goma. Culpabilidades políticas cruzadas en un día de duelo popular. Decadencia total. 

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