El espía que quiere ser Perón o Chávez: un "déjà vu" con Milani
"Mis procesados son víctimas del sistema. Tus sospechosos, genocidas que merecen ser encarcelados". El apotegma que rige la lógica de uno de los más poderosos partidos argentinos es exagerado, pero vigente; parece una provocación absurda, una afirmación brutalmente burda, pero no es otra cosa que la interpretación lineal del discurso de quienes creen que el poder les pertenece y que si lo pierden, tienen un derecho (superior al que otorgan las leyes) a recuperarlo, como fuere. "El sistema" es la calificación que le otorgan no al conjunto de leyes surgidas de reglamentar la Constitución, sino lo que no pueden controlar al cien por ciento. Y tiene, por supuesto, rango de enemigo en una cruzada permanente que busca alinear a los propios rígidamente y descalificar -hasta la lapidación pública, si fuese "necesario"- al que no se entrega a la adhesión absoluta. Es una construcción mística de la política y no es de extrañar que así sea en un país como el nuestro, en el que ha habido intentonas de hacer lo mismo en sentido inverso: que la religión se vuelva un movimiento político. Se quiere imponer la idea de que "la nuestra es la identidad nacional" y, por lo tanto, el que no la sustenta pasa a ser "lo antinacional". No es un sistema de libertades con un juego de posiciones e ideas que compiten por conseguir la adhesión de la sociedad. En esa lógica propia sí tiene sentido que se piense, por ejemplo, que esta simplificación de "buenos y malos" se acomode a la pertenencia de cada uno y no a la calificación clásica de maldad o bonanza. La justicia, si la controlan, será venganza y persecución. O premio, en caso de que se descubra que el señalado socialmente por "malo" resulte ser uno de los "buenos" que "hay que proteger del sistema".
Todo esto ha sido dicho para contar que un personaje aparentemente "nuevo" en la política, llega para levantar esas banderas de "lo nacional" con palabras y acciones que nos retrotraen al siglo pasado, cuando en la Argentina cundieron más por la fuerza que por la espontaneidad del "pueblo"; más como reacción a una opresión (para luego someterse a otra, "amiga") que como proceso político y social. Se trata de César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani, aquel que busca que en él reencarne un Perón, un Chávez y así "renovar" la fuerza del peronismo, aunque retrasar sus ideas.
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Milani es un militar que fue ascendido por Cristina Fernández de Kirchner tantas veces como fuera necesario para ponerlo al frente del Ejército. Antes y después, siempre, sostuvo la inédita tarea conjunta y la suma del poder estatal para espiar. Mucho antes aun, en su entrada en la madurez, fue militar de la dictadura y se le achaca haber sido parte del aparato represivo. El propio periodista y titular del Centro de Estudios Legales y Sociales, Horacio Verbitsky, llegó a calificar su ascenso al cargo de Comandante en Jefe del Ejército como "un error político" de su asesorada Cristina Kirchner. Al principio, todas las entidades que respondían en forma de acólitos a "La Jefa" -tal como se le llama en la intimidad a la expresidenta- trataron de maquillar y disimular que entronizaban en el manejo de las armas físicas y virtuales de control a un hombre de la dictadura, porque era uno de los "malos propios y, por lo tanto, bueno". Pero el CELS no pudo soportar la presión internacional para continuar con el mandato de sus aportantes: puso en juego su continuidad y se enfrentó a Milani. Éste, hizo gala de dominar el deporte que más han practicado militares y civiles metidos a la política cuando no tienen sustento propio suficiente: empezó a "carpetear", verbo argentino que denota acción de contar cosas secretas del otro obtenidas desde organismos financiados por el Estado. Milani, por si quedaban dudas, tuvo cifras extraordinarias para espiar durante el kirchnerismo y no para prepararse ante un eventual ataque externo precisamente, como correspondería al Ejército.
La sinrazón de esta forma de erigirse en el poder sin tener en cuenta principios o proyectos, más que el de ganar, imponerse y dominar, nos ha llevado, inclusive, a verlo abrazado con Hebe de Bonafini, entrevistado y ensalzado con ella, la misma que ante cualquier atisbo de disidencia con su dogma, acusa de "genocida" alegremente, desea hasta el peor de los futuros a quien tacha de "enemigo" o insulta haciendo alarde de una envidiable capacidad difamatoria, cuando no escupe fotos en las plazas de los que enjuicia en forma sumarísima y claro, sin que nadie la haya nombrado jueza de nada.
Milani está abriendo unidades básicas y pide que éstas vuelvan a ser la esencia de la Nación, que "los chicos" abreven en ellas y, en definitiva, que nada les nuble la mente, como suelen pedir los que más que incentivar el libre pensamiento, la búsqueda de nuevas ideas y proyectos, pretenden imponer a fuego las propias, sin más, cosa que se hace con los más pequeños. Este modelo parroquial de adoctrinamiento, como lo sugiere en cada discurso que da, formará el peronismo que viene, cree. Será uno más parecido al primero, sin evolucionar. Uno en "estado puro" como aquel que muchos repensadores intentaron adaptar a los nuevos tiempos tantas veces.
Todo esto ocurre cuando es procesado por la Justicia por enriquecimiento ilícito durante el último gobierno, del que fue parte fundamental y por el que todavía no se han posado suficientemente sobre su figura y acción los ojos que deben indagar su rol real de espía hacia adentro, cuando el uniforme lo obligaba a defender hacia afuera.
Así de enroscada es la política argentina, pero el mundo también lo es, por cierto, y vive momentos más propios del pasado que lo se auguraba "para después del año 2000", como el resurgimiento del racismo, los nacionalismos y el fundamentalismo religioso en las naciones centrales.
No vaya a ser cosa que, al final del camino, este deja vu al que nos convoca gente como Milani termine siendo el futuro que, desaprensivamente, encontremos como única salida.