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La endogamia judicial engendra esta prole

El Jury, que debiera depurar al Poder Judicial, se ha encerrado en la protección a capa y espada de la corporación.

No hay peor sordo que quien no quiere oír. Eso le pasó a la política en 2001, cuando la sociedad estalló, en muchos casos injustamente, generalizando un rechazo acumulado durante años, y pidió "que se vayan todos". Y la Justicia, aunque no es otra cosa que una instancia de la política que posee mayor estabilidad y garantías de continuidad en sus cargos que el resto de los poderes públicos. Es así para que puedan trabajar con independencia en su misión crucial y no al revés, como lo interpretan muchos de sus miembros que se refugian en sus inmunidades y beneficios, transformándolos en privilegios.

A la Justicia le está pasando lo que el devenir de los tiempos que se catalizaron en 2001 indicaban que debía pasar. Como corresponde a ese ámbito, llegó con "delay": no bien se corre un velo, apenas se raspa un poco o se le acerca una lumbre, queda a la vista un entramado que solo podía salir a la superficie gracias a la sublimación de los propios odios y amores entre pasillos y estrados.

Son pocos los casos que logran llegar a la prensa de sus propios tropiezos, incorrecciones, abusos y hasta delitos. No es sencillo que esa información sortee los muros de un palacio en el que, aunque todos se miren de reojo y muchos porten un cuchillo debajo del poncho, todos saben que su supervivencia en el sistema depende de cierto grado de omertá, por usar un término exageradamente gráfico.

Hay una endogamia judicial. Son muchos años de luchar para que la basura que sí quedó a la vista pueda volver bajo la alfombra. Al emparentamiento real y literal de las estructuras debe sumarse una especie de familiaridad consuetudinaria, que los vuelve a todos una especie de primos con tíos de carácter fuerte. Y así funciona la cosa, al final. El solo riesgo de tener que abrir sus pórticos los paraliza. Pero dentro y fuera de esos muros actúan seres que son portadores de miles de secretos propios, cercanos y ajenos.

Allí se administra Justicia, en muchos casos de una manera honrosa. Pero empalagados de su propia elevada autoestima hoy no nos ocupa ver el vaso medio lleno -cosa que podríamos hacer- sino verlo en su peor forma. Esto pasa porque el Poder sigue dando señales de resistencia al cambio, de autoprotección, de corporativismo. Sigue abrazando a la parentela, como si sus errores fuesen tropelías de familia de las que el barrio no debiera enterarse.

Finalmente, lo que consiguen es alimentar su propio desprestigio, porque quienes pensaron el diseño del sistema republicano fueron sabios a la hora de estipular las condiciones de su trabajo, atentos a la importancia que la Justicia tiene en una sociedad, pero también alertaron sobre los peligros de que quienes resultaran sorteados de entre los políticos para ocupar esos cargos se montaran sobre los privilegios, ensoberbecidos, y terminaran por agraviar la institución.

De allí que cuando se establece el remedio del Jury de Enjuiciamiento, no deberían quitarle a este sus dotes y poderes para tornarlo un placebo. Es la forma de curarse de los males de una endogamia que costará años reencauzar, una vez que se decida empezar el tratamiento.