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Enrique Vaquié, entre el boxeo y el ajedrez

El superministro de Cornejo aceptó un desafío, que incluye batallar hasta con el propio gobernador. El técnico que devino político.
Foto: Alf Ponce / MDZ
Foto: Alf Ponce / MDZ

Enrique Vaquié muestra una memoria más que rigurosa a la hora de dar cifras, enumerar la evolución de desarrollo de un sector (o su proceso inverso), o, simplemente, ofrecer la radiografía de la economía de Mendoza. A sus estudios y especializaciones, el ministro -también con sillón en el directorio de la mayor empresa del país, YPF-, sin embargo, le ha agregado cintura política.

No es un político afecto a los discursos clásicos, a las reuniones parroquiales de comité, al expectante de las intrigas palaciegas. Ni siquiera es un merodeador del poder con caña de pescar. Es un político, en este sentido, fuera del rango típico. O mejor dicho: está abriéndose camino en la política apelando a nuevas estrategias, con otras herramientas a las que se le conocen. Quizá entendió en su intimidad que con sus destrezas naturales, esto es, estudiar, no alcanza para modificar la realidad.

El ministerio que hoy ocupa en la administración de Alfredo Cornejo es una superestructura que podría ser vista como decisiva, pero también como accesoria o intrascendente 


Todo dependerá de su cintura y su muñeca política. Y es esta suerte a la que parece haberlo confinado el gobernador Cornejo, quien reconoce en la figura de su superministro a un viejo compañero de lucha (desde Franja Morada en adelante), pero que no integra su círculo más íntimo.

Cornejo no está enfrentado con Vaquié ni viceversa, pero ambos saben que en estos meses suceden rounds de estudio. Algún amague, pero poco más. Son pugilistas moderados, discretos, y que además se conocen de memoria. 

Ninguno largará una piña sin estar seguro del impacto. Y esto ya los convierte más en ajedrecistas que en boxeadores


Vaquié, en lo institucional y formal, además de ocupar el directorio de YPF, ocupa la cartera con más áreas del actual gabinete provincial: el ministerio de Economía, Infraestructura y Energía. Cualquiera diría que por allí debe pasar, no sólo el futuro de Mendoza, sino el actual potencial de la provincia. Hasta podría equiparárselo, según el organigrama, como una especie de Julio De Vido del radicalismo local.


Pero la realidad indica que este camino por el que transita uno de los técnicos más interesantes de la dirigencia política, no es, justamente, un sendero de rosas o jazmines, perfumado ni hermoseado para su lucimiento agreste. Cornejo lo escogió para que bailara con la más fea en esta danza decadente de la Mendoza que vivimos y que nos recuerdan las malísimas administraciones (acaso el último gobernador con proyecto fue Bordón).

Si a Vaquié le va mal en su gestión, Cornejo podrá evitarse un hipotético enfrentamiento interno. De allí que las nociones políticas del superministro sean, tal vez, más importantes que cualquiera de sus capacidades no políticas.

Si a Vaquié le va bien, a Cornejo también le irá bien. Y a Mendoza también, que es, en verdad, lo que más cuenta en estas ecuaciones políticas, que no pocas veces eluden la responsabilidad de situar nuevamente a esta provincia como un lugar importante en la discusión de proyecto de país, de aporte estratégico, y hasta de integración, más allá de lo abstracto que suele ser lo geográfico.

En ambos casos, por ahora, el único que tiene garantizado el triunfo es el propio gobernador. Mantendría intacto su liderazgo y en los dos escenarios saldría del laberinto como suelen enseñar los manuales: por arriba.

Cornejo le corta el chorro o se lo abre a Vaquié, como en general es su estilo de hacer política

Hasta hoy, a 10 meses de gestión, el superministro ha escogido aquella idea de "la quietud en movimiento".

Vaquié lo sabe, incluso hasta podría reconocerlo (aunque no lo haga público), y sabe que en su batalla por el futuro de Mendoza, pero también por el de su presente, Cornejo es un extraño aliado, casi camaleónico, quizá esquizofrénico.

Resta saber si a Mendoza y a los mendocinos les conviene más la política que los técnicos, o al revés. O un equilibrio inteligente entre ambos perfiles de gestores públicos.

Es también la encrucijada del superministro en un tablero que no escogió, pero que sí aceptó, y del cual se siente más parte de lo que a veces le hacen sentir sus pares. Extraños códigos del poder y la política, más aún en tiempos de crisis. O peor aún: veleidades, pese a la crisis.