Una justicia sensacional: confort, protocolos y un Frankestein suelto
Cuando el funcionamiento de una dependencia pública depende solamente del ánimo, la voluntad o predisposición de quién está al frente y del de cada individuo que trabaja allí, eso indica que está regido por el azar. La obtención de buenos resultados resulta algo tan arbitrario de analizar que queda a criterio de cada quien valorar su trabajo en forma positiva o negativa.
Pero cuando esa área del Estado es el Poder Judicial y, específicamente, la que toma el primer contacto con la posibilidad de que se haya cometido un delito, tal displicencia se vuelve grave: la vida, los bienes y la libertad de las personas quedan a criterio de una o más personas, es decir, de su ánimo, voluntad o vocación.
Se suele alegar desde ese tipo de instancias judiciales dos cuestiones fundamentales cuando se critica su actuación: que están "sobrepasados" y que "no tenemos recursos".
Cómo se miden sus capacidades, su ritmo y el presupuesto necesario, son atribuciones que tienen que definir estamentos superiores a ellos. Pero cuando se trata del tipo de servicio que brindan, con la sensibilidad que implica, merece un fuerte llamado de atención una ausencia evidente de reglas y protocolos, tan grave como la entronización de rituales y criterios particulares de cada magistrado, algo que los coloca innecesariamente cerca de Dios
Frente a muchos de los casos de violencia de género, los fiscales, ayudantes de fiscales, defensores y abogados consultados por MDZ observaron dos tipos de actitud, una espontánea y otra razonada cuando se sintieron "rodeados" por la realidad.
Al principio, reaccionaron corporativamente, aunque rápidamente quedaron en evidencia las falencias que no se pueden ocultar ante la muerte de personas que podrían haberse evitado si ellos hubiesen actuado de otra manera y con otros métodos y recursos. Así, sus frases como "hicimos lo que se hace siempre en estos casos", "tenemos más expedientes que los que podemos atender" o "no tenemos recursos para abordar integralmente a cada persona" permitieron abrirle una ventana a la autocrítica: si les pasa todo eso, entonces -más allá de las razones- están haciendo las cosas mal y lo saben.
Luego, como segunda reacción, llegó el reconocimiento de que "algo hay que hacer". Y entonces queda en evidencia que no hay protocolos frente a casos y que la generación de múltiples oficinas para atender la violencia de género en demasiados ámbitos del Estado, sin centralidad, presupuesto ni objetivos claros han servido no más para cubrir que la demanda mediática y no para atender eficazmente la casuística real. Un simulacro de justicia, no justicia plena de principio a fin.
Justificadores seriales de su parsimonia en fundamentos que en estos tiempos y ante estos resultados críticos ya no sirven, lo que bah hecho la Justicia desde sus más alto rango posiblemente haya sido emparchar leyes y procedimientos con ocurrencias o trozos de legislaciones que consideraron más adecuadas, copiadas de otros ámbitos (nacional o internacional) e injertados de prepo aquí. El Frankestein al que se le dio vida anda matando gente por torpeza, no porque quiera.
Entonces una buena discusión que se están dando los fiscales que se sienten vulnerables ante una sociedad harta de la injusticia, es la necesidad de protocolos integrales, nuestros, realistas y no importados de realidades diferentes a la nuestra.
Es una gran tarea a la que debe avocarse el Estado en toda su dimensión, pero con especial énfasis el propio Poder Judicial, que tiene una oportunidad histórica de aceptar sus falencias en lugar de abroquelarse para defenderse o abrir cada tanto alguna válvula de escape para zafar de una presión que, como vemos, sigue haciéndonos daño al resto de la sociedad.
Es verdad que eso lleva dedicación, y también es cierto que muchos de los que han encontrado en sus salarios y privilegios de magistrados su espacio de confort en el mundo, prefieren hablar de otra cosa.
Pero también es cierto que su gozo no es el nuestro. Y que ya pierden demasiado tiempo en la "mancha venenosa" interna de acusaciones cruzadas. Todo, probablemente -y entre otras cosas- porque no se han protocolizado los procedimientos y denostar o aplaudir depende solamente de sensaciones y no de instrumentos serios.

