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¿Alguien sabe cómo combatir la violencia de género?

"La emergencia ya fue declara por la realidad: no hace falta ponerle firma y sello", sostiene el autor de la nota que pone en foco la situación.
Foto: gentileza
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Estalló ante nuestra sensibilidad una realidad que permanecía oculta, silenciada o no reconocida: el machismo está golpeando y matando. Ahora lo vemos, lo repudiamos y queremos cambiar de golpe una situación que nos atormenta. Nos entristece vivir en una sociedad así, aunque es la misma en la que hemos desarrollado la mayor porción de nuestras vidas. Es probable que se trate de una epidemia de violencia de género o bien, que estemos visibilizando con toda su brutalidad algo que no veíamos, porque no queríamos o porque no lo sabíamos comprender en su dimensión.

El clamor de las víctimas cobra una fuerza inusitada y frente a ello, urge definir un esquema de acciones concretas para las que, con un simple paneo sobre quienes lanzan propuestas y los que tienen que decidir, no se encuentra un manual de acción.

Hasta ahora, la reacción en torno al tema se produce en el plano de lo simbólico: "Hay que dejar de matar a las mujeres". ¿Pero cómo se logra algo tan difícil que sucede, en la mayoría de los casos, en el ámbito de la intimidad? ¿Puede una decisión legislativa, una resolución judicial o una determinación del Ejecutivo decidir y conseguir que no se mate más a nadie? En principio, suena ridículo pretender una solución "por ley o decreto". Pero ponerle coto a la violencia de género es lo que se reclama y lo que se necesita, en medio del pavor por hechos que nos conmueven hasta la fibra íntima y hacia donde hay que ir, indefectiblemente y sin contratiempos.

Es aquí cuando surge la imagen que nos devuelve el espejo al que se mira la sociedad: sufrimos un problema cultural que nos ha codificado como machistas desde la educación doméstica, la inculcación religiosa y en muchos casos (y depende de la edad) en los otros factores que nos forman la personalidad: la escuela, el consumo de medios, las relaciones. Todos tenemos que cambiar y es algo que si se logra producir rápidamente fruto de la conmoción, mejor para todos. Pero que tenemos que saber que no a todas las personas les llega con la misma forma e intensidad.

Es verdad: hay que trabajar en lo educativo que sea capaz cambiar esta cuestión cultural, pero también sobre las instituciones. Son ellas las que rigen el funcionamiento de las cosas y también, las que generalmente tienen respuestas machistas a los problemas que se presentan y, por lo tanto, en lugar de encontrar puntos de convivencia, reproducen la violencia.

Aguardar el fruto de un trabajo a largo plazo no es lo único posible. Hay que empezar de inmediato y un dato alentador es que más gente -aunque no toda, obviamente- parece haber tomado consciencia del problema. 

Mucho se creció en los últimos años en comprender la dimensión de la cuestión de género, aunque hay sectores con gran poder de convencimiento que se niegan a hacerlo y muchos otros que no lo terminan de entender, por formación (o deformación) de años de pensar y practicar otros términos culturalmente. Por ello, de poco sirve que sectores que se creen dueños de las consignas de género simplemente etiqueten a los que no están con ellos como "enemigos", porque generan otra instancia de violencia y no aportan en nada a la convivencia. Pretender sacar tajada política o de sector de la tragedia ajena es igual de repudiabe. Hacer creer que una sola decisión legislativa, como es declarar una "emergencia de género", solucionará todos los problemas tapándolos con recursos económicos, es ingenuo o simplista al extremo.

La emergencia ya está declarada en Mendoza por la realidad.

No es exclusivamente necesario sello, firma y un puñado de billetes, sino ponerse manos a la obra en cosas muy concretas que desde ya pueden hacer, en principio, los organismos públicos a donde las mujeres recurren y no son contenidas. Si hacen falta recursos, habrá que ponerlos, obviamente, en forma inteligente, pero también es cierto que durante años se hizo propaganda al crear supuestas áreas para el tema y no se les asignó más que cartelería, fotos para la prensa de algún político y palabras, muchas palabras livianas que fácilmente se llevó el viento. Los resultados están a la vista. Y por ello, muchos de los que claman no tienen estatura para hacerlo, subidos sobre los hombros de su propio fracaso.

Las comisarías deben comenzar hoy mismo a recibir correctamente a las mujeres y sus denuncias; las oficinas judiciales deben comprender que hay humanos detrás de sus expedientes y estadísticas. Esto está a tiro de decisión, formación y recursos redireccionados. Las áreas sociales de todas las instancias del Gobierno bien pueden encadenarse para brindar apoyo y aumentar -de esa manera- la escala de su capacidad de ayuda y rescate a las personas afectadas. 

Todos tenemos que cambiar en algo y como sociedad nos falta todavía mucho para que entendamos que la solución pasa por todos, no por algún líder mesiánico que traiga la solución instantánea. El proceso tiene el primer indicio de que está funcionando cuando empezamos a reconocer los casos de violencia de género a simple vista, cerca nuestro, cuando los señalamos y denunciamos, cuando la información de un nuevo hecho nos estremece.

Ahora, hay que actuar en consecuencia.