Gianni Venier, un bombero a cargo de la policía
El ministro Venier es, como hace tiempo no sucedía, una suerte de civil puesto a jefe militar (o policial, para ser más exacto). Allí está su piso y su techo: lidia con las fuerzas policiales como si supiera que el espacio dejado por el gobernador, en ese rol, está más que bien ocupado. Y se mueve poco.
En el mundo Cornejo no hay chances de sobrevivir si uno no es leal, pero, especialmente, si uno no es también obediente. Venier es leal y obediente. Y pese a la carga de un apellido con historial casi épico en el mundo judicial de Mendoza -que hasta a veces le juega más que en contra- se las ingenia para no ser visto como el "responsable" de lo que hasta el mismo llama el "pico de inseguridad" que vivimos día a día.
¿Queremos un ministro en esa área que apenas juegue a ser el sheriff del pueblo, sin sobrepasar los objetivos del alguacil?
Es la pregunta del millón en esta área de gestión, tan-siempre-tan-caliente, tan siempre todo tan urgente, tan incorporada a nuestras pieles como la vida misma que nos propone riesgos, cuidados extremos, precauciones a toda hora. No es exagerado decir que solemos naturalizar el estado de paranoia al que hemos arribado.
Este estado de las cosas es, por su rutina diaria, por la cotidianeidad, un indicador más de la decadencia de Mendoza, hasta no hace muchas décadas una especie de paraíso al oeste del gran puerto, la cabeza de Goliath.
En mi opinión, la educación, los niveles que hemos conocido hace horas, debería preocuparnos aún más. Pero es la seguridad el Gran Tema. Es lo que toca a los que queremos, es la sangre en ebullición, la arbitrariedad hecha ley.
Discutimos un asunto sin el otro, como si no fuesen aspectos complementarios. Es decir: fases que se necesitan para que el engranaje funcione de un modo menos pavoroso. Es un largo camino, de aliento constante, no apto para frustrados ni impotentes.
Quizá el Estado no nos diga claramente que la inseguridad se resuelve con mayor educación. Y con una mejor economía
"No necesitamos más policías", afirma el ministro, como un bombero que va directo al fuego. Y desgrana un plan de integración más estratégica de todos los componentes de las fuerzas. Juro que mientras explicaba todo este andarivel administrativo, tuve envidia de Kafka, de sus visiones amilanadas frente al avance de lo real (y lo fantástico). Su orden bucrocrático es casi un chiste al lado de lo sucede con la policía en Mendoza.
La mayor novedad declarada por el ministro es que su modelo de policía estará desplegada antes de fin de este año, en todo el territorio. Y cita el caso testigo de lo sucedido en General Alvear.
Está del lado de los que opinan que todo delito es punible, que el desarrollo económico es crucial en la lucha contra el delito, en la unificación de todas las policías y en englobarlas dentro de un sistema de responsabilidades que las haga más eficientes, operativas y ágiles.
Nunca mejor dicho: es un camino, éste, que no arreglará ni por asomo en el corto plazo lo que padecemos más como pesadilla que como sueño. Pero por algo debe empezarse.
La política del área, lo confesó el propio Venier, la lleva adelante el gobernador, casi en marca personal. Su función es ordenar los recursos, casi hacerse con el managment de todos los uniformados en sus distintas variantes.
Para darle más lógica al esfuerzo no es un mal momento para naturalizar aquella otra idea: sin progreso nadie en el mundo pudo bajar la inseguridad. No somos tan originales. O no pequemos de hacernos los originales. Cada parte hace al todo, integrador y armónico. Y la educación de calidad, a esta altura, es más un grito profundo que un reclamo entre bombos y tamboriles de los que tienen tapados el futuro.