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Estado Narco vs Estado de Derecho

Las mafias del narco tienen millones de dólares en mano para comprarlo todo. Y lo hacen. Por ello la batalla que se está dando en la Argentina es confusa y sobre todo, desigual. No por nada se transforma al Estado en algo "grande y tonto". La inteligencia está, finalmente, en otro lado, con otros intereses muy diferentes a los colectivos.
Foto: Clarín
Foto: Clarín

 No es exagerado comparar el funcionamiento de las mafias del narcotráfico en el mundo, principalmente en Latinoamérica, su origen, con el de un Estado que se entromete, aplasta en unos casos, se infiltra en las instituciones fundamentales de muchos, en la prensa, la política, el comercio y por supuesto, hasta en el fútbol, el espectáculo y la vida social. Como el Estado Islámico lo hace con el petróleo en Asia, respondiendo a una lógica reactiva a la persecución de las grandes potencias, la ansiedad rotunda y sin freno por conseguir drogas de esas naciones poderosas han generado, por acción, omisión o reacción, estas redes imparables del crimen.

Por eso ganar o perder una elección política, cuando controlan el alma capaz de hacer mover a partidos y movimientos, organizaciones y corporaciones en uno u otro sentido, no es suficiente fuerza para combatirlas. Apenas, la libertad de votar funciona como un crucifico que espanta al gran vampiro, pero no logra que se esfume. Es más: si dejamos la imaginería de lado y ponemos los pies sobre la tierra, la comparación resultará más aterradora: ¿cómo exorcizar algo tan real? Cuando la mafia (o las mafias) consigue respaldos encadenados y les da sustento económico a los motores humanos de esa maquinaria, resulta muy difícil controlar su expansión.

Hasta lo que se denomina formalmente como la “lucha contra el narcotráfico y la drogadicción”, en muchos casos, se vuelve una herramienta de los grupos criminales. La sociedad asisten impávida e indefensa a una situación que le impide reconocer quién es quién. Lo peligroso es que todo se vuelve una cuestión de fe: creer o reventar y entonces, una vez más, la plata contante y sonante mueve montañas.

Hace cinco años un experto que pasó por la OEA y el Wilson Center, el colombiano Juan Carlos Garzón, en su libro Garzón, ya en su libro “Mafias & Co.” advertía sobre el crecimiento del fenómeno narco y sus métodos mafiosos de soporte y expansión, “al ritmo de la economía globalizada”. Advirtió que el buen camino económico que entonces tenía la economía de países como Argentina y Chile los haría desembarcar en estos países desde México y Colombia, como ya –señalaba entonces- lo habían hecho en Brasil y Perú. Y finalmente sus cálculos científicos fueron comprobables con hechos, aunque esta configuración fantasmagórica de un Estado Narco paralelo sin fronteras de naciones resulta cada vez más difícil de dejar en evidencia en sus dimensiones reales, su conducción, sus límites y recursos concretos, aliados y fuerzas.

Que no haya radares para detectar a sus naves es un triunfo: no es comparable con el terror que generan sus “primos” del Estado Islámico, pero es que sus objetivos son otros; los que nos afectan no son iluminados que creen ser portadores de un mensaje divino, sino algo bastante más terreno, son comerciantes que manejan una industria poderosa, que compra conciencias, que secuestra ideologías y las transforma en propias y que, por otro lado, va dejando muerte y destrucción a su alrededor no para imponer terror, sino porque simplemente son los costos humanos de su operatividad.

Que no haya planes para frenar y curar las adicciones o que sean torpes, pocos, malos. Que policías reciban estímulos externos a quienes deberían gobernarlos para frenar que los contingentes de droga salgan del país es un éxito del Estado Narco, en definitiva, porque al final no va a Estados Unidos, pero se distribuye a nivel local generando una actividad económica marginal de grandes proporciones.

Si hay algo que sobra en estas mafias es “plata en mano” y si hay algo que se necesita en países como el nuestro (y aunque no se necesite en el estricto sentido del término, pero se codicie) es el dinero. Por eso es comprensible que la confusión reine y que la lucha se de en forma poco clara: ¿quién es quién en la política?, ¿quién está de qué lado del mostrador en las fuerzas de seguridad?, ¿a quién le creemos? El que crea que tiene respuestas a flor de piel probablemente se pase de canchero. Ya sería un avance que nos podamos hacer preguntas al respecto, que nos permitamos dudar, que no nos cuadremos ante ejércitos de opinión que no nos permiten cuestionar sus formas y recursos.

Gabriel Conte