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El gobernador no es un "cuatro de copas"

La Nación debe respetar la institucionalidad de Mendoza y el gobernador tiene la responsabilidad de solucionar los problemas. Por la provincia.
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El gobernador de la provincia, Francisco Pérez, tiene todavía un largo tranco por recorrer desde ahora hasta el 10 de diciembre en que termina su mandato. Nada indica que sus obligaciones al frente del Poder Ejecutivo puedan ser mermadas por un resultado electoral, salvo que lo decida por sí mismo. Tiene que gobernar hasta el último día, lo que implica no sólo avanzar, sino volver sobre sus pasos para reparar errores y daños de su propia gestión cuando sea necesario. La gravedad de la situación financiera de su gobierno es un condicionante muy fuerte y la de la economía de Mendoza, una cuestión crucial que merecerá atención, diálogo, decisiones y firmeza no bien se produzca el traspaso de mando: se venció el tiempo que tuvo esta gestión gubernativa para plantear alternativas y no lo consiguió.

Por ello hay que defender la institucionalidad a toda costa. ¿De quiénes? De los que sugieren desde adentro de la Casa de Gobierno que tras las PASO del domingo próximo y más aun, después de las elecciones generales de junio, lo que pase con la administración del Estado en Mendoza “ya no es problema nuestro, sino nacional”. Y también de los que, enculados en la Casa Rosada por la insubordinación del mandatario local y, envalentonados por una interna partidaria a la que la mayoría de los mendocinos somos ajenos, pretenden hacer del gobernador Paco Pérez un “cuatro de copas”. El cargo de gobernador merece respeto y quien lo ostenta tiene que hacerse respetar: no hay otra opción y ejerce un rango y una legitimidad popular suficientemente grande como para hacerlo, aun después de haber aceptado durante años las instrucciones que Buenos Aires le dictó.

Mientras esto ocurre, en las tripas del gobierno hay ruidos. Están los que quieren “meter violín en bolsa” y partir antes de que “todo estalle” y los sofistas de siempre, que abundan, que han hecho un posgrado en análisis de “lo que nos dejaron antes de asumir” y de lo que “deberán hacer los que vengan”, aunque reprobaron el capítulo completo que indicaba su responsabilidad de hacer frente a los desafíos de la gestión en tiempo y forma, según les tocó en suerte. A estos últimos, que siempre vivieron en “las nubes de Valencia”, les importa un rábano lo que ocurre; cobrarán el sueldo mientras la plata alcance y poco más pueden hacer por el resto de la humanidad.

Es un peronismo raro el que gobierna Mendoza. Indefinido durante los últimos ocho años, no sabe qué es ni tiene proyecto. Se partió en al menos tres partes visibles cuando debía juntar fuerzas para proponer la continuidad, y en muchos pequeños grupos o “bandas”, como les llaman en su jerga, puertas adentro de los municipios. Se nutrió para hacer frente a la empresa de gobernar de “los ocurrentes y allegados”, no de “los experimentados y de cuero duro”. El peronismo “de siempre” lo sabe y lo sufre; lo llora. Hoy, el equipo que está frente del Poder Ejecutivo se exhibe más preocupado por sus propias circunstancias que por las de la provincia que gobiernan y, solo con eso, se diferencian de la tradicional vocación de poder y de transformación con la que se lo vinculó en otras épocas y por lo que, seguramente, mucha gente los eligió para conducir los destinos provinciales.

Así dadas las cosas, la adversidad que enfrentan en materia de recursos para terminar el período constitucional de cuatro años, los mantiene arrinconados y dudosos. Un solo ejemplo fue la reunión a la que el gobernador citó a los directores de Administración de todos los ministerios. En su habitual estilo en el que quiere imponer su impronta en forma directa, dejando en off side a sus “secretarios”, los ministros, en quienes constitucionalmente debe delegar esas tareas, los empujó a resistir el embate de la sequía financiera. No era la primera reunión, hace algunos días, de este tipo. Ya antes se había reservado el derecho de mirar todos los expedientes que pasaran por sus manos y que tuvieran como finalidad efectuar erogaciones. Pero esta vez la puesta en escena no sirvió. Muchos de quienes están al frente de esas áreas y de otras direcciones, las concretas, las que tienen que gobernar el día a día (y no las simbólicas que alimentan el blablá cotidiano de las cosas que no se solucionan) plantearon la posibilidad de correrse.

Por lo bajo se divulga la incómoda consigna de “hay que irse ya” cuando no hay con qué contener a los proveedores por un lado, ni a quienes desde adentro del gobierno piden ser habilitados para resolver cuestiones básicas. Tampoco se animan a ser la “carne de cañón” cuando, tras las PASO y las elecciones generales, se haga implícita aquella idea loca de que “cualquier problema que tenga Mendoza ya será asunto de la Nación”, frase que se escuchó decir en las esferas superiores de la estructura provincial y que suena, en cierta forma, muy parecido a las hélices de aquel helicóptero de De la Rúa (aunque en condiciones de contexto absolutamente diferentes).

No pudieron transformar el Estado ni hacerlo funcionar. Rendidos, lo llenaron de agentes propios, “la tropa”, los incondicionales que serán los que cubran la retaguardia en caso de que resulte necesario que así sea. Pero quienes dirigen este gobierno mendocino no encabezaron ninguna revolución ni están en medio de ninguna guerra: están atrapados en su propio laberinto y tendrán que saber salir (y sacarnos a todos) del lugar en donde se metieron (y lo hicieron con el resto de los mendocinos también).

Ya hay hospitales que no pueden funcionar del todo y hasta es probable que un paro de la salud termine salvando las papas, evitando que la gente recurra a ellos y retrasando el agotamiento de los insumos elementales. Y ya hay directores de áreas como ésa que creen que no tienen más nada que hacer, atados de pies y manos. El uso exagerado de las lenguas con el “deber ser” y las críticas al pasado, ya no sirven.

Pérez tiene chances, siempre, hasta el último día, de reparar, deponer batallas mínimas y absurdas y liderar la transición hacia el nuevo gobierno con hidalguía. Pero no es una tarea simbólica la que le toca. Le toca la responsabilidad de hacerlo bien, efectiva y eficazmente y no para darle un buen nacimiento al gobierno de cuyo signo sabremos en junio, pero que asumirá en diciembre, sino por el bien de Mendoza, a la que ya se le ha hecho demasiado daño.