Terremoto político en Argentina
Por Mary Anastasia O´Grady / The Wall Street Journal
Economía estancada e inflación de dos dígitos. Los argentinos eligieron en segunda vuelta al jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri como presidente de Argentina.
Daniel Scioli, el gobernador peronista de Buenos Aires, debería haber ganado con facilidad. Pero su asociación con Fernández de Kirchner fue un lastre que no pudo superar. Después de 12 años de economía socialista de los Kirchner, 8 bajo la mandataria y 4 bajo la presidencia de su extinto esposo Néstor, los argentinos quieren un cambio.
Las diatribas poco civiles de Fernández de Kirchner contra sus opositores políticos y una pérdida sustancial de la independencia judicial y de la libertad de prensa bajo el kirchnerismo también contribuyeron a la derrota de Scioli.
El gran ganador de estas elecciones fue el pluralismo político. Los Kirchner ingresaron a la política nacional en 2003, durante un periodo de grandes dificultades económicas. Con el tiempo, trataron de reproducir la estrategia usada por el hombre fuerte de Venezuela Hugo Chávez para destruir los controles institucionales sobre el poder presidencial y para instalar un Estado de unipartidario de forma indefinida. La elección significa que la nación ha logrado rechazar este acaparamiento del poder autoritario.
Pero Fernández de Kirchner también le deja a Macri un desorden fiscal y monetario durante un periodo de debilidad económica global y durante una recesión en Brasil, el principal socio comercial de Argentina.
El presidente electo tendrá la oportunidad de crear un conjunto coherente de políticas que inspiren confianza, y entre más pronto lo haga, mejor.
La recuperación tiene que empezar con la estabilización del peso, que actualmente tiene una tasa de 9,4 por dólar, pero que se negocia en el mercado negro a 15:1.
Macri ha prometido que como presidente levantará todos los controles de capital y dejará que el precio de la divisa se ubique en línea con el valor del mercado. Pero para lograr estabilidad también tendrá que restaurar las reglas de la economía de mercado y eso significa poner fin a la práctica de imprimir dinero para financiar al gobierno. Los grandes déficits fiscales —de 6% a 7% del Producto Interno Bruto este año— no son sostenibles.
Durante su campaña, Scioli trató de asustar a los argentinos al decirles que el “ajuste” del peso reduciría el poder de compra de sus ingresos. Esta táctica no funcionó, tal vez porque el país sabe muy bien que el país no tiene los dólares que necesitaría para apuntalar el peso. El próximo gobierno enfrentará esa realidad.
La buena noticia para Macri es que gran parte de la economía ya está operando a la tasa del mercado negro, y muchos precios de bienes de consumo ya han sido ajustados. Esto explicaría por qué las estimaciones no oficiales colocan la inflación anual en alrededor de 25%, muy por encima de la cifra oficial de 10%. En otras palabras, los trabajadores argentinos ya han perdido poder adquisitivo.
Cerrar el déficit fiscal no será fácil, porque los Kirchner hicieron mucho para destruir la confianza de los inversionistas y aumentar la dependencia del público del sector público. La estrangulación regulatoria y la expropiación provocó una salida de capital de mercados clave como el energético, el transporte y los servicios.


