La ola marrón: inundaciones, desidia y política
La situación de la provincia de Buenos Aires sigue siendo difícil aun cuando no llueve desde hace dos días. La naturaleza se confabuló contra la sociedad o, probablemente, se aprovechó de la falta de organización, de la desidia o la falsa promoción de acciones que no sirven más que para la foto.
¿Por qué ocuparnos de ese estado argentino desde Mendoza, cuando podríamos estar hablando de nuestras propias falencias? Básicamente porque los habitantes de esa provincia aportarán el 40 por ciento de los votos que determinarán quién será el Presidente de la Nación. Y en ese contexto, esa provincia ofrece dos de los candidatos que lideran las encuestas y que están involucrados en la situación dramática actual en numerosos municipios: Daniel Scioli, el gobernador y Sergio Massa, ex intendente de Tigre y actual diputado nacional.
Ambos se han echado las culpas por lo que está sufriendo gente que camina con el agua hasta las rodillas, que deja de trabajar o estudiar o que no duerme porque tiene la casa llena de agua; que no tiene transporte porque vecinos carentes de atención están cortando calles en toda la provincia para hacerse visibles y pelear en la televisión por lo que les falta.
En la TV es donde ubican a los dirigentes, no cerca suyo. Por eso se organizan para llamar la atención de los medios.
Scioli y Massa son responsables de lo que pasa, claramente. Falta definir la gradualidad de esa carga que les toca como hombres de Estado que son y como aspirantes a un cargo –la Presidencia- desde el cual tendrán que solucionar los problemas del 60 por ciento del resto de los argentinos también.
Lo que sucede cuando el Estado no está presente en la previsión y planificación es tan sencillo como esto: Nadie ocupa su lugar. Y si el sector privado lo hace, sin plan ni control de los cuales sostenerse o cuidarse, avanza en defensa de intereses propios, como lo denunció Scioli con respecto al "avance descontrolado" de los barrios privados en Tigre en uno de los cuales vive gran parte de su funcionariato.
Un dato que vale traer a la memoria fue el señalado con todas las letras por un funcionario de primer nivel del gobierno nacional a MDZ. Florencio Randazzo, ministro del Interior y Transporte atribuyó las demoras en la entrega de DNI en territorio bonaerense a "la falta de gestión que tiene Scioli" y cuestionó que "no le pasa solamente con los documentos de identidad, sino que la tienen en educación, en seguridad, en salud. En todos los ámbitos".
Luego de las desgracias, se ocupan los presupuestos estatales para amortiguar el impacto social de lo sucedido y no para solucionar los problemas que causaron los desastres, con lo cual se nos condena a vivir en un círculo vicioso.
En conclusión, se pone el acento en cuán rápido hubo fondos para subsidiar a las víctimas de la ausencia del Estado, pero el Estado sigue actuando sólo como "bombero" cuando el incendio ya pasó.
Si la gestión pública no sirve para solucionarle los problemas a la gente, no tiene sentido de ser. Como es imposible eliminar el Estado, la gran misión de la política es, además de hacer las tareas que lo lleven a triunfar en una elección, prepararse para saber cómo solucionar esos problemas.
Pasados 30 años tras la recuperación de la democracia, es posible que lo que esté en juego en las próximas elecciones sea, precisamente, un cambio generacional que le permita al sistema mostrarse como un adulto.
Si tomamos esta comparación con lo humano como metáfora posible, podremos aceptar que todos estos años pasados lo hemos estado viviendo es un desarrollo paulatino con aprendizaje a ponernos de pie, a caminar, a levantar la voz para reclamar, a alborotarnos con la “edad del pavo” y hasta a sufrir los dolores propios del crecimiento.
De ser así, lo que debería venir son partidos que someten a votación sus programas y su currículum de gestión de los asuntos públicos. Los más nuevos, mostrarían sus convicciones, pero también tendrían que exhibir sus herramientas de trabajo, sus recursos humanos, métodos, plazos y objetivos.
No sabemos si ese momento ha llegado. En la vida cotidiana, por cierto, la adolescencia se ha extendido más de lo previsto. Es posible, entonces, que nuestra “edad del pavo” como argentinos esté demorando más de la cuenta.
Ante la cercanía del recambio político, todos buscan ser la opción. Pero la cuestión es que se han anticipado las apetencias a los programas: conocemos los eslóganes, las broncas, las diferencias y sacamos cuentas en torno a las posibilidades de unos y otros. Pero no hablamos de lo que son capaces de hacer y de lo que no, a la hora de estar al frente de la gestión pública.
La única “ola” que se espera es la de la innovación, la solución de problemas, la apertura de oportunidades.
Entusiasmados con “hacer olas” políticas mientras están ejerciendo el cargo público, a muchos se les vino encima una ola marrón de barro, agua y miseria: se rompió el dique de contención que representa la propaganda y la realidad los desbordó.
Sería lógico poner en valor y en perspectiva qué hicieron y cómo lo hicieron, qué corregirían y cómo seguirán un plan de acción para que –en definitiva, lo único que interesa- la gente pueda vivir bien, tranquila, sin sustos ni tropiezos: previsiblemente y de acuerdo a lo que el esfuerzo propio aporte al motor del país. No se pide más que eso.

