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Dinero K: "La Kaja", el libro que se anticipó a los hechos

El entramado de relaciones familiares y público-privadas del kirchnerismo en un capítulo de "La Kaja", de José Antonio Díaz, gentileza de RHM Argentina.

El hambre sagrada

El autor, José Antonio Díaz.
El afán por diversifi car los negocios inquieta a socios del kirchnerismo. Cristóbal López, por ejemplo, no quiere quedar incriminado por el decreto que le fi rmó Kirchner el 5 de diciembre de 2007, cinco días antes de dejar la presidencia, autorizándolo a instalar en el hipódromo de Palermo hasta 4.500 máquinas tragamonedas. No quiere que lo llamen el Rey del Juego, pese a que regentea once casinos —además del barco casino de Puerto Madero— y catorce salas de tragamonedas en el interior del país —que no incluyen el complejo de esas máquinas del hipódromo de Palermo, cuya concesión vencía en 2013 y Kirchner prorrogó hasta 2032, ni el recientemente inaugurado casino cinco estrellas de Rosario—, con una facturación difícil de calcular pero que, para fuentes del mercado, rondaría los 3.000 millones de pesos sobre un negocio global de las apuestas en el país que superaría los 50.000 millones de pesos anuales. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires, de los 2.284 millones apostados en 2008, López se queda con una facturación por arriba de los 1.500 millones. La recaudación que obtendría el Estado nacional —un porcentaje también retaceado por Lotería Nacional y los organismos ofi ciales— representaría apenas el 15% del total facturado. Otra vez el desmanejo: el estado kirchnerista se queda con más del 70% de la recaudación nacional y maneja a su antojo las cajas del sector público estatal, pero no mueve un dedo para poner bajo control las superganancias de sus amigos. Claro, López va por más: el hipódromo de San Isidro, la transmisión de datos online para la quiniela de la provincia de Buenos Aires y el Prode online.

Casino Club, la empresa de López, sin embargo, no se olvida de Santa Cruz: logró que el intendente de El Calafate, Javier Belloni, le fi rmara un convenio por el cual le cedió un salón de fi estas contiguo a la sala de juegos por diez años a 10.000 pesos por mes sin indexación de ningún tipo, un contrato único en una tierra sin duda promisoria.

Lázaro Báez, según la ANSES, fue empleado de la Secretaría General de la Gobernación y cobró entre 3.300 y 3.600 pesos hasta 2007. Pero siempre disfrutó de sus privilegios.

Administra y participa de la sociedad que controla el hotel Alto Calafate —levantado en la majestuosa entrada del glaciar Perito Moreno—, propiedad de Néstor Kirchner, Osvaldo Sanfelice —socio de su hijo Máximo—, Romina Mercado —hija de Alicia Kirchner— y Natalia Mercado —la otra sobrina de Kirchner, actual fi scal de El Calafate—. Y pudo comprar en 2008 la casa que el matrimonio Kirchner decidió abandonar en Río Gallegos por el inédito precio de 3.170.000 pesos, seis veces más que el valor pagado en 2003, según consta en una declaración jurada presidencial. Aunque, en realidad, Báez habría pagado por la escritura sólo 1.585.000 pesos —según una investigación del diario Perfil—, si se toma en cuenta el arancel de sellado depositado en Rentas de la provincia. Aún así, Báez dice que Kirchner le debe dinero, sin contar una deuda de más de más de 300 millones de pesos que el empresario le reclama al Estado y que, según él, le envían desde la Nación y se queda el gobernador santacruceño Daniel Peralta para pagar los sueldos de los empleados públicos. Mientras tanto, adquirió por 22 millones de dólares 180.000 hectáreas, unas 35.000 ovejas y un equipo de expertos para plantar soja en la Patagonia.

Pese a todo, su chacra de dos hectáreas en las afueras de Río Gallegos contabiliza gastos extremos. Detrás del alambrado de unos dos metros de alto, emerge, en medio de la superficie casi desértica, una casa de dos plantas con cuatro dormitorios, un baño principal en suite de 35 metros cuadrados y un jacuzzi para cuatro personas. Está rodeada por una red de custodios entrenados como “comandos” de las fuerzas armadas y muy bien pagos, según describe Jorge Lanata en Perfi l (julio de 2008): el “jefe de Seguridad e Higiene”, el ex policía Roger Marino Jugo, también tiene doble ingreso, cobra un salario en Defensa Civil y otro como jefe de Serenos y Cámaras de Austral Construcciones. El grupo se completa con el ex policía Claudio Martínez, quien fue miembro del Grupo de Operaciones Especiales (GOE), y sus colegas Videla, Puentieri, Barrientos y Ceballos. A pedido del gobierno local, los hombres de Lázaro han acumulado horas extras: custodiaron los jardines de la Casa de Gobierno durante el comienzo de la crisis docente de 2007 y formaron parte de una agresiva contramarcha. Dos custodios están dedicados exclusivamente al hijo adolescente de Báez y otros se dedican al seguimiento a distancia del automóvil de sus hijas. Como se puede suponer, la expansión económica que les tocó protagonizar a los hombres más emblemáticos de Kirchner tendrá algo que ver con la política entendida como una fuente de recursos.

Para el escritor Benito Pérez Galdós, que escribió la novela Lo prohibido entre 1884 y 1885 —sobre el ascenso de la burguesía y el despegue capitalista de la España moderna—, en momentos de expansión y movilidad social un usurero como Torquemada puede llegar a ser un gran magnate de la banca y hasta senador y, un comerciante local de paños, el más rico y respetado comerciante de Madrid. “El dinero parece ser tanto la fi nalidad como el origen de la pasión de enriquecerse”, se escandalizaba Galdós. Y citaba el verso de Virgilio en la Eneida: “Auri sacra fames”, el hambre sagrada de oro, la maldita codicia que aún hoy cuesta explicar.

La red de familiares, prestanombres, testaferros, socios, inversores y apoderados creada alrededor de la fortuna de los Kirchner ha requerido de altos niveles de adrenalina como para atribuirla exclusivamente a la obsesión por maximizar los benefi cios en el sentido mercantilista del término. La conexión con la política parece ser el corazón del negocio.

Desde que en 1987 ganó la intendencia de Río Gallegos al radicalismo por sólo 111 votos, Kirchner organizó puntillosamente la carrera electoral del matrimonio, que vivió desde entonces en campaña permanente. En 1989, Cristina Fernández fue electa como diputada provincial. En 1991, él fue por primera vez candidato a gobernador y ganó. En 1993, ella se presentó en elecciones desdobladas: como diputada provincial y como diputada nacional. Resignó la banca nacional.

En 1994, los dos fueron juntos a la elección de convencionales constituyentes: Cristina se instaló en Santa Fe y Néstor sólo aparecía esporádicamente. En 1995, Kirchner conseguía su primera reelección como gobernador. En 1997, su esposa, ya senadora nacional —elegida por la Legislatura provincial—, se presentaba como diputada nacional. En 1998, es electa como convencional constituyente para reformar la Constitución de Santa Cruz y permitir la reelección indefi nida del gobernador. En 1999, Kirchner ganó la rereelección como gobernador. En 2001, Cristina renovaba en las urnas su banca de senadora nacional. En 2003, Kirchner llegó a la Presidencia de la Nación. En 2005, Cristina se convertía en senadora nacional por la provincia de Buenos Aires.

En 2007, asume como Presidenta de la Nación. En 2009, Kirchner fue electo diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Nunca dejaron de ser candidatos a cargos ejecutivos o legislativos desde hace veintidós años. El negocio
es aferrarse al poder. Exprimirlo. Concentrarlo. A lo sumo, repartirlo a cuentagotas. Sólo a partir de allí, desde una posición dominante, se pueden extender las redes y diversificar los intereses. Y soñar con la perpetuidad.
A diferencia de los otros liderazgos surgidos desde la restauración democrática de 1983, el método Kirchner no asienta sus raíces en antecedentes probados de militancia ni en una formación ideológica reconocible. Tampoco su historia guarda relación estratégica alguna con los movimientos sociales que signaron a la Argentina de las últimas tres décadas, como el de las organizaciones por los derechos humanos o el de las multipartidarias y multisectoriales que tendieron a defender, en diferentes circunstancias, el orden constitucional o las  reivindicaciones populares. Más bien, su fi gura emerge como un subproducto del feudalismo patagónico, aislacionista, conservador y populista, asentado en una red de negocios local y un sistema satelital de socios y de prestanombres privados. Su método de construcción económica nació en el aparato provincial del Estado santacruceño y se fue proyectando rápidamente a la esfera privada nacional a favor del vacío de poder y la devastación económica que dejaron como herencia el noventismo menemista y el ensayo supuestamente “progre” de la Alianza.

Sobre esa plataforma —y en un contexto económico global inusualmente propicio para los commodities que vende la Argentina al exterior—, logró montarse el dispositivo político-ideológico de su presidencia y de su sucesión: la presunta pertenencia al setentismo combativo, la adscripción a la teoría de la contradicción fundamental para enfrentar a los factores de poder, su pretendido keynesianismo, la supuesta construcción del Estado “redistribucionista” —cuyo control absoluto es ejercido en los hechos por la sociedad conyugal— y la aparente batalla por la “renovación” pejotista y el “modelo” de país. La Kaja representa, en ese esquema, el sistema de fi nanciamiento de una gobernabilidad regida por el disciplinamiento o el sometimiento de los demás actores sociales, excluyente de los otros poderes del Estado. La obra pública. La cartelización.

La recaudación. El capitalismo de amigos. El entramado de relaciones familiares y público-privadas. El resurgimiento de la patria contratista como nuevo bloque de poder. Son todas fases de una misma alianza que nació con pretensión hegemónica.

Por José Antonio Díaz