¿Golpe de Estado? La democracia es mía, mía, mía
No sería la primera vez en que un gobierno argentino revienta el sistema democrático con tal de echarle sus culpas a los otros y transformarse, de ese modo, en víctima.
Pero el juego es antiguo y los argentinos hemos madurado bastante como para creernos el cuento y justamente en la semana previa del 7D, una fecha marcada como clave y decisiva por el Gobierno y rechazada desde un importante grupo empresario, Clarín.
Hoy, el vocero “sin editar” del kirchnerismo, Carlos Kunkel, frente a la posibilidad de decisiones adversas de parte de la justicia, salió a denunciar públicamente y por primera vez en muchísimos años que se intenta dar un golpe institucional desde la Justicia.
Kunkel prefiere llamarle “corporación judicial” al Poder Judicial, uno de los tres que consagra la Constitución Nacional como partes indivisibles de la República y, al disminuirlo de esa manera, se permite colocarlo en un rango inferior al del Poder Ejecutivo. Por lo tanto, en su lógica, sus determinaciones no son parte del juego republicano de equilibrio de poderes, sino una avanzada golpista.
Es verdad que el Congreso sancionó una ley, como la de Medios y que el Ejecutivo insiste en su aplicación a partir del 7D, luego de 3 años en los que poco se hizo para avanzar en su efectivo cumplimiento. Pero también es cierto que así como el Congreso sanciona una ley, el proceso indica que la Justicia puede actuar y el Ejecutivo puede reclamar y así sucesivamente, sin que ninguno crea ni pretenda con algún sesgo de seriedad que el otro está intentado hacer un golpe de Estado.
Los argentinos hemos sufrido golpes de Estado e institucionales y sociales de envergadura. Todos dolorosos. Todos trágicos. También hemos sufrido a lo largo de nuestra historia intentonas de golpe a cargo de grupos mesiánicos, pretendidamente iluminados, que creyeron que detrás de ellos iría una multitud confiada en sus buenas intenciones, a apoyarlos. Nunca fue así.
Con la experiencia vivida bien podríamos dejarnos de hablar en términos tan dolorosos y osados: seguir revolviendo el cuchillo en la herida, a estas alturas, ya no es parte de la necesaria memoria, sino que resulta ofensivo y perverso. En este caso, hasta puede ser una excusa para encubrir errores propios, de cálculo o de apreciación, pero errores al fin.
En estos tiempos, desde el partido del Gobierno -que no es por nada del mundo el estado en sí mismo- se ha impulsado una revisión de los principios republicanos. Pero no se ha llegado a nada más que a la apertura de un debate en torno a la vigencia o no de la democracia liberal, por lo que mal podría avanzarse sobre esta Constitución si no se ha logrado reformarla.
Por otra parte, los acusados de querer dar un golpe institucional, por otro lado, son los mismos que el Gobierno -y el partido que lo integra- han elogiado sobremanera como "la mejor Corte de la democracia". ¿Pueden ser golpistas de un dìa para el otro?
¿Es verdad que hay un intento de golpe de Estado, como lo denuncia el diputado Kunkel? ¿Y si no lo fuera? ¿Se comprende la gravedad de su denuncia? Y si así fuera, ¿por qué no lo anuncia la Presidenta en una de sus cadenas nacionales en lugar de enviar a decirlo a uno de sus voceros.
El peligro de quedar entrampados, esta mismísima semana en los humores y exageraciones de los dos sectores en pugna no puede impedirnos hacer otros análisis, por fuera del maniqueísmo que se pretende ni instalar.
La República no puede tomar partido por Clarín o por el partido del Gobierno: debería poder funcionar con toda la fuerza y equilibrio de sus tres poderes.
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