El elocuente silencio de Cristina
El silencio y alejamiento de Cristina Kirchner a El Calafate en medio de una de las peores crisis de los últimos años, es todo un síntoma. No se puede precisar con certeza a qué síntoma refiere puntualmente, pero está claro que se trata de la exteriorización de algo concreto.
Tantas cadenas nacionales para anuncios inconducentes, tantas conferencias ídem, tantos comunicados innecesarios. ¿No ameritaba esta cuestión una medida mínimamente similar?
Quienes conocen a Cristina aseguran que suele paralizarse ante incontrolables movilizaciones populares o desbordantes tragedias. Dos ejemplos dan cuenta de ello: el incendio del boliche República Cromagnon a fines de 2004 —Néstor Kirchner también se mostró falto de reflejos— y el accidente de Once del 22 de febrero de 2012, del cual hoy casualmente se cumplen 10 meses de ocurrido.
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En el caso de Cristina, su cuerpo somatiza las malas nuevas con cuadros de hipotensión y/o lipotimia, como le ha ocurrido en cuestiones como las referidas más arriba. "A diferencia de Néstor, Cristina se escapa antes de que se profundicen sus descompensaciones orgánicas. Generalmente viene a Río Gallegos o va a El Calafate para lograrlo", admitió oportunamente el propio Gatti a MDZ.
Ello lleva a preguntarse: ¿Cómo se puede entender que una persona que ostenta semejante aplomo público ante situaciones de adversidad extrema pueda amedrentarse ante la realidad, por más cruda que esta sea?
La respuesta seguramente no será periodística, más bien habrá que buscarla en el psicoanálisis o la sociología.
No obstante ello, no deja de ser un tópico interesante sobre el cual meditar, especialmente en un fin de semana largo como el que se vive en esta interminable víspera de las fiestas de fin de año.