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Fútbol argentino: amanecen candidatos

El lúcido Víctor Hugo Morales despunta su vicio de hablar de fútbol en las páginas de Tiempo Argentino.
Marcelo Bielsa dijo una vez que todo habia empezado a ser distinto desde que “se rompió el partido”. En una línea, con su hondura para la reflexión, Marcelo Bielsa dio la llave maestra para comentar un partido quitándole su hipocresía a la injusticia. Nada es como tenía que ser a partir de un hecho fortuito, accidental.

El magnífico encuentro del sábado entre Racing y River, se quebró a los 46 minutos del primer tiempo cuando fue expulsado Juan Manuel Díaz por doble amarilla. Lo que sucedió después no tuvo la mínima correspondencia con ese primer tiempo dinámico y ofensivo de los dos equipos, pleno de jugadas artísticas y profundas que Teófilo Gutiérrez y Erik Lamela ofrecieron a tribunas igualmente ilusionadas con el trámite.

Antes de fragmentarse el duelo, Juan José López le había salido al cruce a los imberbes cuestionamientos a la actitud de River en ataque y, como Russo no se queda atrás con este Racing, el primer tiempo prosperó con emoción y refinamiento porque los mencionados Lamela y Teófilo hicieron gala de destrezas que devuelven el precio de la entrada a los que no están en las tribunas por una cuestión de pertenencia. Hasta cuando la jugada no les salía como querían, la mera insinuación de sus propósitos excitaba al aplauso de los propios o a una admiración silencioso de los hinchas rivales. “Es bueno en serio ese pibe”, decían por Eric, los académicos. “Con razón pedian por el colombiano”, acordaban los millonarios.

Pero, además, el tridente de Russo jugaba bien y la doble punta de Jota Jota con Pavone y Funes Mori no se quedaba atrás. Todo era rápido y se transitaba la cancha sin estacionarse en toques laterales y retrocesos. Sacó ventaja River, pero pudo ser al revés. El gol de Pavone, de penal no era de ninguna manera la última palabra ni el único grito de la tarde. Pero el partido se rompió con la expulsión del montevideano Díaz y cuando volvieron al segundo tiempo ya todo era diferente. Ni en eso se lució River porque salió tenso y tarde y al Negro lo mandaron a la tribuna con un celular para dar las instrucciones. Las previsibles. Atrás y buscando la contra que, si mal no recuerda el cronista, no se produjo nunca. Ganar con diez hombres atrae palabras que hablan de una gran fortaleza moral. Pero defender un resultado con diez es casi sencillo si se resigna la mitad de la cancha. Nada nuevo podría decirse aquí sobre cómo terminó la historia con Racing explicando que “se tiraron atrás y así se hace muy dificil”, ese íntimo reproche de los que pierden porque los otros no se la hicieron fácil. Y River concediendo que “así fueron las cosas pero no teníamos más remedio”. Iba a ser uno de los mejores partidos del año y penosamente pasó a la historia como uno de tantos que elogia la mediocridad.
 

Los unos y los otros


A River le sirvió para mecerse en el subibaja de la tabla y ser el más parejo en rendimiento de los candidatos al título. Godoy Cruz y Estudiantes se bajaron descompuestos en la última estación de abril y es difícil que vuelvan a subirse al tren. Vélez, otra vez brillante lleva en el vientre de sus alegrías, condicionamientos a los que lo somete la Libertadores y juega contra Vélez. Cuando Vélez pierde consigo mismo sale un desastre como el de la semana anterior frente a Quilmes. Si su rostro es el que se le conoce desde hace tiempo, se lleva el mundo por delante, así se trate del linajudo Estudiantes.

En la mejor actuación colectiva del campeonato los muchachos de Gareca ofrecieron una cátedra que merecía una sala en la Feria del Libro y que se firmaran ejemplares del manual del fútbol. La calidad del adversario, vigente hasta que llegaron los primeros goles, las penurias iniciales solventadas con esfuerzo bien repartido, los lujos que empezaron a llegar como bandejas a una fiesta de gran nivel, le devuelven al Tigre la fiereza que parecía menguar.

La tabla indica que son muchos los que se aferran a los sueños. Como en una competencia de aguas abiertas son varias las cabezas que se hunden y salen a la superficie. Gorros de colores diversos parecen pelotas que pican en la espuma del braceo. Algunos ya padecen calambres que no disimulan aunque se aferran a la ilusión de que a los otros les suceda lo mismo.

El de azul y el de rojo, bien mirados, así, a lo lejos aún, parecen más sólidos en la brazada.



Fuente: Tiempo Argentino