Cobos, en el tobogán radical, a la espera de que la sociedad lo reciba con los brazos abiertos
Fue una decisión personalísima, como casi todas las que toma: un par de indicios a su alrededor y, siempre, la puerta abierta a que el “operativo clamor” (con el que todo político sueña hasta despierto) le haga torcer el rumbo.
El momento elegido tampoco lo discutió con sus asesores y colaboradores. Lo anunció en un seminario sobre política de viviendas organizado por el Grupo Montserrat, el equipo de militancia porteña motorizado desde su entorno más íntimo, y sorprendió a todos.
Se cansó no sólo de los problemas internos de su partido: Cobos fue más Cobos que nunca y demostró su hastío con la política. En sus intervenciones públicas posteriores, a las que solo tuvo acceso la prensa porteña, el vicepresidente renegó de la política, se arrepintió de haber sido vicepresidente de Cristina y le habló a la gente del llano, buscando reconocimiento.
Rescató un sólo hecho de su vida pública de proyección nacional: el voto “no positivo”, y advirtió que quiere que el país lo recuerde como el hombre que hizo algo para pacificarlo, en aquellos días en que frenó el proyecto de Néstor y Cristina Kirchner de imponerle retenciones a la renta agrícola.
Habló en pasado de sí mismo como político, aunque recordó –por centésima vez- que no renunciará al cargo de vicepresidente.
Cobos se siente un civil más en una Argentina a la que ve convulsionada por la política, esa actividad que intentó comprender, pero que, en definitiva, le resulta tan ajena como él a ella.
Es probable, ahora, que el vicepresidente desande el camino si se produce un fenómeno similar a aquella “vuelta olímpica” que dio por el centro de la República tras el voto “no positivo”, de regreso a Mendoza en automóvil.
Pero para ello tienen que darse condiciones políticas… justamente, políticas. Qué difícil le resultará reinventarse, entonces, a un vicepresidente al que se le asoció su popularidad, alguna vez, con la de un rock star: sencillamente porque no lo es.
Sin ser político ni estrella, al final, Cobos queda boyando en la marejada política. Quedará definir si su paso resultó una anécdota de la historia o si este tipo de manera de entender la vida pública, como él cree, son las que deben regir a la política posmoderna.

