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Entre la mentira y la impunidad

Víctor Ego Ducrot, destacado periodista apunta al que llama “el último mohicano de la política como bandolerismo, Eduardo Duhalde” y al jefe de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, quienes “compartieron cartel en la presentación de un circo con payasos desarrapados y leones sin dientes”.

Si Discépolo viviera, qué festín podría darse. Porque a cierta Argentina minoritaria pero concentrada lo de “la Biblia junto al calefón” o el “dale que va, que allá en el horno se vamo’ a encontrar”, y muchos otros versos, todos, le quedarían chicos. Fíjense si no el país que vienen dibujando los medios hegemónicos, con el Grupo Clarín como mascarón de proa, y tal cual lo que son, los verdaderos jefes de una oposición que tras tantos desastres se ha tornado tan disparatada como peligrosa.

El último mohicano (mis disculpas a James Fenimore Cooper) de la política como bandolerismo, Eduardo Duhalde, y el jefe de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, compartieron cartel en la presentación de un circo con payasos desarrapados y leones sin dientes: sólo a ellos se les podía ocurrir el triste espectáculo de una pseudointerna, con 15 mesas sin legalidad alguna, con votantes enviados por Mauricio Macri. Este último, quien sin ruborizarse caracteriza al actual como el peor momento de la democracia argentina, aspira a contratar policías expulsados de la Federal bajo sospechas de corrupción, y se proclama conductor de una especie de Unión Democrática que nunca llegará a nacer. Joaquín Morales Solá utiliza sus columnas de La Nación para reprender a los opositores y oxigenar cualquier extraño contubernio que pueda derivar en un frente contra el gobierno. Clarín apela a la SIP –cobertura patronal de cuanta dictadura sufrió este continente– para convertir a uno de los tantos conflictos gremiales que provocó en su vida en un supuesto arrebato de la libertad de expresión. De los seguidores de Das Neves para qué hablar, y de los radicales que se jugaron con Brizuela del Moral otro tanto. La señora Lilita con sus dislates apocalípticos; y los dizque progresistas pero orgánicamente disciplinados por don Magnetto siguen la comparsa por cuanta pantalla del monopolio puedan, y todo debido a una obsesión enfermiza: criticar al gobierno porque este hace lo que ellos dicen que quieren hacer.

¡Pero, qué le pasa a la derecha en sus distintos pelajes y a sus compañeros de ruta, decidores de las mejores causas pero operadores objetivos de las peores! ¿Se volvieron locos? ¿Se trata de ignorancia; adolecen acaso de capacidad de respuesta racional ante tanto infortunio? ¿Qué les sucede?

Ni locura ni ignorancia; sí tal vez falta de reacción. Sin embargo, agotar una posible respuesta a semejante interrogante en el marco de esas dos afirmaciones sería insuficiente y, lo que es peor, desconocimiento de nuestra parte, al menos de la mía, con consecuencias malsanas a la hora de este texto, que no pretende otra cosa que cierto ensayo de interpretación.

Se trata del maldito rastro que dejó la dictadura como paradigma de construcción política y comunicacional; y ese rastro se caracteriza por una suerte de articulación dialéctica entre la realidad tangible, la realidad construida por actores autocráticos y el espacio alucinatorio que la propia autocracia alumbra y consagra, con naturaleza de impunidad eterna.

Los dictadores como los que tomaron por asalto el poder económico, político-militar y cultural en 1976 pudieron aplicar la figura de la desaparición forzada de personas (la anulación fáctica aunque encubierta del otro) en parte porque se consideraron eternos; en ese sentido no es casual que en el momento de auge del modelo neoliberal, sus teóricos hayan hablado del “fin de la historia”, como un supuesto punto en el espacio y en el tiempo en el cual el todo social se detendría, y por consiguiente sin necesidad alguna de eventuales explicaciones futuras. Y fueron esos dictadores los que crearon el marco general que hizo posible el más feroz proceso de concentración mediática que registra nuestra historia: el caso Papel Prensa es sólo un ejemplo emergente de cómo Clarín se transformó en el Grupo Clarín, y de cómo actores preexistentes, como La Nación, y otros aparecidos al amparo de ese mismo proceso, desembocaron en la estructura oligopólica que hoy comanda a la oposición.

Los dictadores, entonces, creyeron que jamás deberían explicar sus crímenes aberrantes ante la justicia y la sociedad en su conjunto. Sus grupos mediáticos concentrados creyeron y creen –y eso es lo peor– que jamás se vería cuestionado ni interpelado el dispositivo cultural que construyeron, y mediante el cual disciplinaron a los argentinos en orden a sus sistemas de valores-intereses encubiertos como valores e intereses del conjunto.

Las psicóticas aspiraciones de trascendencia impune de los dictadores comenzaron a resquebrajarse con el inicio mismo de la democracia recuperada, en 1983, y fueron definitivamente sepultadas –tras las vacilaciones y renunciamientos registrados durante los ’80 y ’90– con la política de Derechos Humanos instaurada por el ex presidente Néstor Kirchner. La otra impunidad, la de la palabra y el sistema de sentidos, sobrevivió un tiempo más; debió esperar que la correlación de fuerzas y las contingencias políticas le permitiesen a Néstor Kirchner y a la presidenta Cristina Fernández poner en acto concreto su proyecto democratizador, convocando al actual titular de la Autoridad Federal de Servicios Audiovisuales (AFSCA), Gabriel Mariotto, para llevar adelante la tarea de convertir en ley al cuerpo de ideas sobre regulación de medios audiovisuales más democrático de todos los ensayados hasta ahora, en el mundo entero.

Fue entonces que la Argentina comenzó a cambiar; los argentinos escapan del cerco comunicacional y tejen el país real: por eso el resultado de la encuesta de Ibarómetro divulgada ayer por este diario, la que da cuenta de la rodada cuesta abajo de Clarín y su credibilidad ante la comunidad de lectores.

Los barones de la corporación mediática y sus socios del empresariado más concentrado son actores del pasado, tan apegados a la nostalgia por sus privilegios en jaque que no pueden leer el país real; por eso mienten en forma sistemática y construyen sus propias realidades, sin percibir los nuevos hábitos de lectura que los argentinos tenemos para desentrañar las diferencias concretas entre ambas “realidades”. Y los políticos de la oposición actúan como mandatarios porque en última instancia son espadachines simbólicos de aquellos privilegios; tampoco pueden percibir el nuevo escenario y siguen creyendo en que una buena prensa frente a las cámaras del la TV oligopólica les es suficiente.

Ambas corporaciones son peligrosas, porque sus respectivas enajenaciones las ponen siempre fuera del tablero democrático y demasiado cerca de las conspiraciones. No quieren aceptar un principio irrebatible de la lógica que impera entre la política y la comunicación: la capacidad de manipulación de los medios hegemónicos se hace añicos cuando los sujetos tangibles de la Historia toman la palabra y anteponen sus cuerpos al poder del símbolo.


Fuente: Tiempo Argentino