En el nombre del padre: todos somos peronistas
Los tres primeros partidos en el resultado electoral salteño son versiones diferentes del peronismo. Mientras reina el "que se bajen todos" en una oposición fragmentada, que no encuentra su eje y cuyos aspirantes a competir por el poder "arrugan", el peronismo se diversifica como oferta. Si vivís en la Argentina, leé y votá en esta nota.
Una parte de “la marchita” ha quedado en desuso: es aquella en la que se indica que “todos unidos triunfaremos”. En un país que vuelve a someterse a los deseos del peronismo, transformado en una nave madre pragmática, portadora de diez mil ideologías, no hace falta que los peronistas se mantengan unidos. Ganan igual sin estarlo y, además, se multiplican como opción a sí mismos.
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Por su parte, en “Los tres peronismos. Estado y poder económico 1946-55 / 1973-76 / 1989-99”, el sociólogo Ricardo Sidicaro indagó sobre las relaciones que mantuvieron los gobiernos peronistas y los actores socioeconómicos predominantes de cada período de gobierno. Concluye en que en sus tres experiencias de gestión (excluye al gobierno de Kirchner porque el libro fue publicado en 2002) “son tres experiencias de Estado” en sí mismas.
Pero hasta aquí, los análisis sobre el peronismo en el gobierno, su matriz pragmática y su tono cambiante de acuerdo a las circunstancias, con una mirada posible desde la distancia que da el tiempo.
Lo que hoy está en laboratorio es un peronismo multiplicado, pero conviviente al mismo tiempo. En el nombre del padre, el propio peronismo kirchnerista se presenta concretamente como una especie de confederación de ideas, partidos, movimientos sociales y gremiales no necesariamente peronistas, pero que han decidido jugar –como lo determinó Néstor Kirchner al abandonar su intento de crear un movimiento diferente por fuera de la estructura del PJ- y tensionado por la mayor o menor adhesión al “pejotismo” que manifiestan sus integrantes.
Por fuera, satelitalmente queda un resto de “radicalismo K” que juega su juego y que no puede desprenderse debido a la fuerza centrípeta del esquema de poder. El que se descuelga, se cae, como pasó, por ejemplo, en Catamarca con radicales que supieron ser K o en Chubut con peronistas que le negaron existencia a los K.
Como competencia, se erige un grupo de peronistas que se dicen ortodoxos, rebeldes y federales, subdivididos a su vez en tantas caras como oportunidades electorales se les presenten.
Así, el resultado de Salta da algunos indicios de un país que, desde el kirchnerismo, se fundamenta como “enamorado de un modelo económico”; desde la dispersa oposición como “el proyecto hegemónico” y desde el peronismo antikirchnerista como el producto de los “usurpadores del pensamiento peronista”.
Allá ganó un Frente raro, que incluye al kirchnerismo asociado al partido que gobernó Salta durante la dictadura. Y ganó con fuerza, casi anotándose un récord de votos. Segundo salió un candidato del PRO, al final, panperonista, con más del 25 por ciento de los votos. Y tercero el candidato “K puramente K”, respaldado por lo que el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández denominó anoche como “el kirchnerismo bobo”, o aquel que no le permite a sus acólitos dudar sobre ninguna acción del Gobierno. El radicalismo pelea por no quedar en sexto lugar, detrás del Partido Obrero y de Proyecto Sur.
Desde la oposición no peronista se le achaca al peronismo las culpas de su hegemonía política, pero esta situación de hiperperonismo es el resultado del voto de una sociedad a la que o no detecta un proyecto alternativo, o no lo conoce suficientemente o, directamente, no lo vota porque no le gusta.
Mientras estas condiciones se mantengan, todos seremos electores en una oferta electoral que reconoce una misma matriz, pero absolutamente diversificada como producto político.
Pero, ¿de quién es la culpa?
Pero hasta aquí, los análisis sobre el peronismo en el gobierno, su matriz pragmática y su tono cambiante de acuerdo a las circunstancias, con una mirada posible desde la distancia que da el tiempo.
Lo que hoy está en laboratorio es un peronismo multiplicado, pero conviviente al mismo tiempo. En el nombre del padre, el propio peronismo kirchnerista se presenta concretamente como una especie de confederación de ideas, partidos, movimientos sociales y gremiales no necesariamente peronistas, pero que han decidido jugar –como lo determinó Néstor Kirchner al abandonar su intento de crear un movimiento diferente por fuera de la estructura del PJ- y tensionado por la mayor o menor adhesión al “pejotismo” que manifiestan sus integrantes.
Por fuera, satelitalmente queda un resto de “radicalismo K” que juega su juego y que no puede desprenderse debido a la fuerza centrípeta del esquema de poder. El que se descuelga, se cae, como pasó, por ejemplo, en Catamarca con radicales que supieron ser K o en Chubut con peronistas que le negaron existencia a los K.
Como competencia, se erige un grupo de peronistas que se dicen ortodoxos, rebeldes y federales, subdivididos a su vez en tantas caras como oportunidades electorales se les presenten.
Así, el resultado de Salta da algunos indicios de un país que, desde el kirchnerismo, se fundamenta como “enamorado de un modelo económico”; desde la dispersa oposición como “el proyecto hegemónico” y desde el peronismo antikirchnerista como el producto de los “usurpadores del pensamiento peronista”.
Allá ganó un Frente raro, que incluye al kirchnerismo asociado al partido que gobernó Salta durante la dictadura. Y ganó con fuerza, casi anotándose un récord de votos. Segundo salió un candidato del PRO, al final, panperonista, con más del 25 por ciento de los votos. Y tercero el candidato “K puramente K”, respaldado por lo que el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández denominó anoche como “el kirchnerismo bobo”, o aquel que no le permite a sus acólitos dudar sobre ninguna acción del Gobierno. El radicalismo pelea por no quedar en sexto lugar, detrás del Partido Obrero y de Proyecto Sur.
Desde la oposición no peronista se le achaca al peronismo las culpas de su hegemonía política, pero esta situación de hiperperonismo es el resultado del voto de una sociedad a la que o no detecta un proyecto alternativo, o no lo conoce suficientemente o, directamente, no lo vota porque no le gusta.
Mientras estas condiciones se mantengan, todos seremos electores en una oferta electoral que reconoce una misma matriz, pero absolutamente diversificada como producto político.
Pero, ¿de quién es la culpa?
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Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel



