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2001-2011: del embarazo a la parición del kirchnerismo
El país se reinventó y construyó a un Padre y a una Madre que los representara y expresara. Mejor, los sectores populares fueron quienes tras el abandono en décadas, parieron a su padre y a su madre.
Son especulaciones, obvio, pero no tan delirantes como para descartar de plano; al contrario, necesariamente se deben explicitar para poner en la mesa todas las cartas del mazo y así saber movernos en los límites, a veces difusos, de un movimiento político que parió una época determinada. Cómo nace y cómo crece, en base a qué elementos míticos fundantes, qué le permite prosperar, a qué contradicciones queda expuesto, en fin, poder abarcar en el análisis todas sus facetas, su complejidad.
En primer lugar hay que advertir que el kirchnerismo es un movimiento político que nace producto de la crisis del 2001. Es allí donde se gesta, se embaraza la sociedad de una necesidad de representación y proyección política. La sociedad no identificó claramente, por esos años, a través de quién o quienes encauzarían la rabia y sus deseos. Era un país y una sociedad en pie de guerra sin organización política pero que imponía con sus luchas límites al Estado. Atomizada en organizaciones sociales, con el desprestigio de los partidos políticos a cuestas, la sociedad nacional iba a producir un salto cualitativo que tiene origen en ese embarazo producido en las jornadas de diciembre de 2001.
No hay liderazgos que surjan por decisión exclusivamente individual. La figura de Néstor Kirchner se construyó en una dialéctica relacional entre los sectores más avanzados en conciencia política (no me refiero a los intelectuales, por el contrario, en todo caso y en un sentido gramsciano se trataría más de “intelectuales orgánicos” de los sectores populares, de aquellos sujetos que adquieren conocimiento no en las academias sino más bien en la lucha social, “el intelectual orgánico es aquel que piensa y siente” –Carta Abierta es posterior al movimiento y acompaña pero nunca funda) y el coraje del político (Néstor Kirchner en este caso) que, con apenas un 22% de los votos se planteó una estrategia de acumulación de capital social, cultural y político sin precedentes.
Lo que hizo Néstor Kirchner desde 2003 en adelante fue básicamente devolverle a la sociedad “la creencia”, la “ilusio” diría Pierre Bourdieu. Restituyó la autoridad simbólica del Padre, de la figura presidencial en un país que fue abandonado en términos psicoanalíticos por el Padre De la Rúa.
Del abandono a la reparación paterna sí, pero con un elemento fundacional que retrotrae la función mítica a las épocas del primer peronismo: la figura de la mujer política, la resignificación de la participación femenina a través de Cristina, “la madre”. En síntesis el país se reinventó y construyó a un Padre y a una Madre que los representara y expresara. Mejor, los sectores populares fueron quienes tras el abandono en décadas, parieron a su padre y a su madre. Frente a los intereses concentrados, la vacilante clase media argentina, y los mandatos internacionales (padres lejanos que nos mandaban plata pero que no nos cuidaban) la sociedad popular se armó de significaciones para dar una pelea de clases en el ring de la patria.
La presencia de Néstor Kirchner, sus decisiones políticas, su voluntad inquebrantable para “imaginar” –eso es la política al fin y al cabo, imaginar más allá de la actuación en la coyuntura- inaugura un espacio nuevo, inclusivo, en el cual diversifica y jerarquiza a los postergados y a los olvidados, les da la palabra, mejor, escucha y devuelve la palabra, la hace circular como si el micrófono surfeara en la sociedad para escucharnos todos. Saber qué dicen los desempleados, los obreros, los intelectuales, las minorías sexuales, los movimientos políticos silenciosos en los barrios, las madres y las abuelas de Plaza de Mayo, los pequeños empresarios, la juventud que, como definiera el sociólogo Mario Margulis “es más que una palabra”. Pero también permitió algo que por décadas se mostró confuso, borroso: la palabra de la oposición política y la de los intereses económicos que no querían este nuevo país. Néstor Kirchner y la sociedad misma permitieron eso, que se caigan los velos y las máscaras y que la palabra emergiera con claridad donde cada uno hablara desde sus intereses. La “mesa de enlace” habló claramente y dijo qué quería y qué no quería de este país. Pero también Clarín y La Nación (por nombrar a dos de las figuras más simbólicas de la oposición mediática-económica) y los periodistas y los intelectuales. Dónde se paraba cada sector con su palabra para hablarle al colectivo social de la Nación.
Esa “Parreshía” foucaultiana, esa verdad de fundar unas reglas de juego de la palabra y sus simbolizaciones, hicieron que en este país hoy los colores sean identificados claramente. Los primarios y sus combinaciones. Nada de pátinas posmodernas discursivas que se producen para confundir y relativizar el hecho político. No. El rojo es rojo, el negro es negro. Decir la verdad con coraje y, asumir el riesgo que implica decirla, sin importar lo que el interlocutor vaya a pensar y cómo vaya a reaccionar, es ya, lo que Michel Foucault ha denominado como “Parrhesía”. Esto es, “el discurso de verdad” que no se queda en el plano de la retórica que resulta condescendiente con su audiencia o lo que ésta quiera escuchar, cuando se lo están diciendo.
Por ello Néstor Kirchner fue, en términos foucaultianos, una especie de “parrhesiasta nacional”. Porque se animó a meterse en cambios discursivos de verdad que antes nadie se había animado. Porque primero instaló en el imaginario, desde el discurso político, ideas impropias, irreverentes y conflictivas. ¿Cómo que había que seguir revisando el pasado? ¿Qué es eso de pensar en la posibilidad que dos personas del mismo sexo se puedan casar? ¿A cuento de qué viene ahora la lucha por descentralizar la propiedad de los medios de comunicación con una Ley que arremete contra monopolios históricamente beneficiados por gobiernos dictatoriales pero también democráticos? Entre otras cuestiones.
Y lo más interesante. El “parrhesiata” Kirchner no fue “un puro”, no hizo lo que hizo desde una moral política aséptica, con alcohol y algodones; porque convengamos: en política nada se puede hacer desde un altar ataviado de ángeles que soplan al oído consejos de una ética ineficiente (de hecho, los puristas por izquierda argentinos, nunca llegaron a gobernar siquiera un municipio).
En todo caso, lo que importa en el accidente de la historia que hace emerger un discurso parrhesiasta, que asume riesgos, es justamente la posibilidad de articular los “efectos” de quienes se sienten interpelados por aquél. Eso es lo que logró hacer Kirchner y nos legó para la política Argentina.
La presencia de Néstor Kirchner, sus decisiones políticas, su voluntad inquebrantable para “imaginar” –eso es la política al fin y al cabo, imaginar más allá de la actuación en la coyuntura- inaugura un espacio nuevo, inclusivo, en el cual diversifica y jerarquiza a los postergados y a los olvidados, les da la palabra, mejor, escucha y devuelve la palabra, la hace circular como si el micrófono surfeara en la sociedad para escucharnos todos. Saber qué dicen los desempleados, los obreros, los intelectuales, las minorías sexuales, los movimientos políticos silenciosos en los barrios, las madres y las abuelas de Plaza de Mayo, los pequeños empresarios, la juventud que, como definiera el sociólogo Mario Margulis “es más que una palabra”. Pero también permitió algo que por décadas se mostró confuso, borroso: la palabra de la oposición política y la de los intereses económicos que no querían este nuevo país. Néstor Kirchner y la sociedad misma permitieron eso, que se caigan los velos y las máscaras y que la palabra emergiera con claridad donde cada uno hablara desde sus intereses. La “mesa de enlace” habló claramente y dijo qué quería y qué no quería de este país. Pero también Clarín y La Nación (por nombrar a dos de las figuras más simbólicas de la oposición mediática-económica) y los periodistas y los intelectuales. Dónde se paraba cada sector con su palabra para hablarle al colectivo social de la Nación.
Esa “Parreshía” foucaultiana, esa verdad de fundar unas reglas de juego de la palabra y sus simbolizaciones, hicieron que en este país hoy los colores sean identificados claramente. Los primarios y sus combinaciones. Nada de pátinas posmodernas discursivas que se producen para confundir y relativizar el hecho político. No. El rojo es rojo, el negro es negro. Decir la verdad con coraje y, asumir el riesgo que implica decirla, sin importar lo que el interlocutor vaya a pensar y cómo vaya a reaccionar, es ya, lo que Michel Foucault ha denominado como “Parrhesía”. Esto es, “el discurso de verdad” que no se queda en el plano de la retórica que resulta condescendiente con su audiencia o lo que ésta quiera escuchar, cuando se lo están diciendo.
Por ello Néstor Kirchner fue, en términos foucaultianos, una especie de “parrhesiasta nacional”. Porque se animó a meterse en cambios discursivos de verdad que antes nadie se había animado. Porque primero instaló en el imaginario, desde el discurso político, ideas impropias, irreverentes y conflictivas. ¿Cómo que había que seguir revisando el pasado? ¿Qué es eso de pensar en la posibilidad que dos personas del mismo sexo se puedan casar? ¿A cuento de qué viene ahora la lucha por descentralizar la propiedad de los medios de comunicación con una Ley que arremete contra monopolios históricamente beneficiados por gobiernos dictatoriales pero también democráticos? Entre otras cuestiones.
Y lo más interesante. El “parrhesiata” Kirchner no fue “un puro”, no hizo lo que hizo desde una moral política aséptica, con alcohol y algodones; porque convengamos: en política nada se puede hacer desde un altar ataviado de ángeles que soplan al oído consejos de una ética ineficiente (de hecho, los puristas por izquierda argentinos, nunca llegaron a gobernar siquiera un municipio).
En todo caso, lo que importa en el accidente de la historia que hace emerger un discurso parrhesiasta, que asume riesgos, es justamente la posibilidad de articular los “efectos” de quienes se sienten interpelados por aquél. Eso es lo que logró hacer Kirchner y nos legó para la política Argentina.