El tango de Cobos
Este es mi primer textículo del año. Terminados los brindis, abrazos y demás rituales de las fiestas, Mendoza parece dormir la siesta. No hace más que ratificar su identidad, su prosapia de acequias, viento Zonda y prólogo de la celebración vendimial. Aquí todo, o casi, recomienza después de la elección de una reina. Una especie de democracia monárquica que la provincia ostenta como una virtud turística, aunque sea una contradicción atávica. Pero, en fin, el turismo manda y todos, o casi, nos sometemos a sesudos análisis acerca de las bondades o maldades del espectáculo, como parte insustituíble de un folklore de café. Sobre todo, nosotros, los periodistas y aledaños, con unas buenas dosis de envidia y razones valederas.
Pero me fui. Vuelvo.
Dudé acerca del tema. El año que partió nos dejó dos sabores, al menos. La algarabía popular del Bicentenario, en mayo. Y la tristeza militante, en octubre. Ése era un tema. Es.
Pude escribir acerca de las declaraciones de un cura español, Benito Fernández, quien pronostica, muy orondo, que la UNESCO trabaja para convertir a la mitad de la humanidad en homosexuales. La noticia del exabrupto no adjuntaba la foto de don Benito, pero apuesto los pocos dientes que me quedan a que tiene cara de culo, según la precisa definición de la colega ut supra. Tampoco agrega el cable en que mitad piensa instalarse el tonsurado si el organismo logra su satánico propósito.
Pude escribir acerca de la necesidad de seguir transformando nuestro sistema político. Quiero decir que, como este año habrá elecciones presidenciales, legislativas, provinciales y municipales, no recaigamos en la electocracia y profundicemos lo hecho para darle más y mejor contenido a la democracia.
Pero esta mañana me encontré con declaraciones del vicepresidente Julio Cobos. Las publica el diario Los Andes (Clarín en versión pedemonte). Nos promete volver a la ingeniería si no es candidato presidencial para octubre. Al menos yo, le tomo la promesa.
Pero la foto con que se ilustra la entrevista, lo muestra en las playas brasileñas abrazando a sus dos hijas. Se lo ve distendido, pero sin poder ocultar todo lo que de verdad tienen la palabras de Russo.
La Argentina necesita y tal vez merezca una derecha mejor. El muestrario de sus representantes es patético. Desde el prontuario fachistoide de Duhalde, pasando por los síntomas de desequilibrio emocional de Carrió (quizás la única con nivel intelectual para ocupar un mejor sitial, pero bloqueada por su afán pitonístico y delirante), siguiendo por la pobreza mental de un hombre rico como Macri, hasta desembocar en este ejemplar de lo que Mempo Giardinelli llamó dirigentes con "mentalidad municipal". Y más atrás, vienen políticos con matriz vieja. Más que vieja, anticuada. Alfonsinín, currando con el curriculum paterno: Ernesto Sanz, apenas sobresaliendo una nariz por encima de la mediocridad que ostenta un partido que dio luminarias a la vida nacional.
Ninguno, nadie por ahora, tiene la dimensión que le vi a Julio Sanguinetti, de Uruguay. En 2004, en Rosario, en el Congreso de la Lengua, me deslumbró con su disertación improvisada. Sólo él y Fontanarrosa no leyeron sus respectivas ponencias.
Pienso en Aguinis, que toma como referencia del sentir popular lo que le dicen los taxistas de Buenos Aires. Pienso en Mariano Grondona y su erudición puesta al servicio de lo más rancio de la oligarquía vernácula. Pienso en ellos y ratifico que necesitamos una derecha más seria, más consistente, con planteos programáticos y no con berrinches escolásticos.
Los nombrados, todos sin excepción, tienen cara de culo. Unos más, otros menos, pero todos.
En 1932, Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo compusieron un tango memorable. Uno de sus versos dice: "Vuelvo vencido a la casita de mis viejos". Los padres de Cobos vivían en el Barrio Bancario, de Godoy Cruz, muy cerca de donde escribo estas líneas.
Allí lo esperan, ingeniero.
Publicado en el blog Caramelos ácidos.
