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Cuentas sin pagar del pasado: tema único y nebuloso del presente

Hablar del pasado está bien: no existe presente ni futuro sin historia. Pero el problema está en conocer quién dice la verdad sobre los tiempos anteriores cuando hay intereses en pugna alrededor del concepto de "verdad", más allá de la verdad. Nuestro caso, para reflexionar en voz alta.
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Un fuerte tire y afloje domina a los medios de comunicación: las disputas de grupos empresariales entre sí y a favor o en contra del Gobierno, dominan la agenda informativa, dejan fuera a cuestiones centrales de la vida cotidiana y, además, intoxican con información difícil analizar en torno a si es verdad, operación, tergiversación, exageración o qué.

Así como están las cosas, resulta imposible creerle a uno solo. Más: es imposible creerle a todos juntos. En un país en donde las noticias se multiplican por redes que responden a intereses tan sesgados, a la sociedad no le queda otra que decidir a quien creerle, pero sin saber –en definitiva- quién es el que dice la verdad. Por ende, nos quedamos sin saber cuál es esa verdad por la que se pelean. O peor: damos por creíble una verdad a medias.

Un fenómeno más grave es el cierre de oídos, ojos y mentes que provoca la disputa en muchos argentinos que, sencillamente, se cansan de no entender de qué están hablando los medios. O que se aturden –por la histórica falta del ejercicio de leer entre líneas todas las noticias- frente a un debate que no está predigerido, que no ofrece conclusiones fáciles y que, además, puede hasta llegar a parecerles ajeno.

Las informaciones que surgen son, de todos modos, tremendamente importantes. Así como no es mentira que la dictadura se haya apropiado de empresas, no sabemos si es verdad que lograron que algunos se hicieran de algunas obligando a sus propietarios a venderlas, bajo el efecto de la tortura.

Es verdad también que la comunicación mediática es oligopólica, pero ¿es cierto que se quiere romper esa hegemonía sin querer imponer otra, de igual fuerza aunque de signo contrario?

Los debates que se llevan adelante en torno al pasado son fundamentales, no hay dudas –al menos, para quien esto firma- y se dan justo ahora porque coinciden una serie de circunstancias: interés político, paso del tiempo y mayor confianza de las víctimas para revelar cosas que no habían dicho antes, cruce de intereses económicos y políticos, entre muchos otros indicadores de este tiempo.

Es malo y es bueno, a la vez. Algunos lo considerarán malo porque reabre temas que pertenecen al pasado y creían haber zafado de las condenas por sus hechos terribles de la argentina violenta y otros, abonarán la negatividad del asunto arguyendo que no se es parejo, que se mira con un solo ojo.

Malo es también para gente que, teóricamente, debería estar del mismo lado: una especie de competencia por saber quién es el campeón de la verdad frente a las atrocidades de la dictadura deja heridos en el mismo frente y ridiculiza, banaliza y le otorga un rango menor a tareas ciclópeas como, por ejemplo, la encarada por el primer gobierno democrático en 1983, con todos los riesgos vigentes a la vuelta de la esquina. Así, se iguala prácticamente al ex fiscal del juicio a las Juntas Militares Julio César Strassera, con los condenados por el juicio histórico.

El momento es confuso, pero no deja de ser interesante: no hay democracia ni política si reina la uniformidad y el consenso. La cuestión es cómo hacer para tener todas las fuentes, todas las voces y, aún así, como no sesgar el contenido de esa información.

Por ejemplo, el domingo el diario Perfil publicó el testimonio de Irma Roy, ex esposa de Osvaldo Papaleo, hermano de Lidia Papaleo de Graiver, ex dueña de Papel Prensa. La Roy dice que le cree a su marido a lo largo de toda la nota. Pero el título es: “Me sorprende que Osvaldo haya dado ese testimonio” sobre Papel Prensa.Y mientras ese diario publicaba este artículo, Tiempo Argentino, perteneciente al grupo de prensa oficialista, revelaba un artículo de tremendas implicancias, pero del que ningún otro medio se hizo eco. Sostuvo que el CEO de Clarín, Héctor Magneto, le dictó las preguntas que debía formularse bajo tortura de picanas a Lidia Papaleo directamente al verdugo. Y lo documenta.

La Nación, a su turno, leyó las primeras declaraciones públicas de la ex esposa de Graiver de una manera diferente a la de los medios progobierno: Lidia Papaleo confirmó que mientras estuvo detenida no salió a firmar la venta de Papel Prensa. Claro que, ese mismo testimonio, fue leído por Página/12 de una manera diferente: “Ibamos a perder la vida mi hija y yo”.

Internet y, en particular, el periodismo digital, se enfrenta hoy al desafío de mostrar la mayor cantidad de voces posibles y haga escuchar la propia, siempre, dejando en claro que la suya, como todas, es una más.