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Ama al político como a ti mismo
Dionisio Salas Astorga es escritor, docente y editor de libros. Aquí, nos deja su visión acerca de la clase política, en un texto cargado de ironía. "Su casa, es decir, la Casa de Gobierno y el Congreso, está siempre rodeada de flores, graffitis que les declaran amor y agradecen favores concedidos", dice él.
Una encuesta que prefiere no revelar sus fuentes, afirma que los políticos argentinos son trabajadores profundamente amados por su pueblo.
Su casa, es decir, la Casa de Gobierno y el Congreso, está siempre rodeada de flores, graffitis que les declaran amor y agradecen favores concedidos.
Con frecuencia, se sabe, estos trabajadores son visitados por niños y maestras que buscan mostrar el ejemplo vivo de la cultura del trabajo, el compromiso por el otro y la entrega al bien común. Modestos ciudadanos, iguales, los políticos se emocionan ante este pequeño reconocimiento de los suyos, rechazan categóricamente todo tipo de obsequios o aparecer ante las cámaras y los diarios. Entienden que esta exposición traiciona su tarea franciscana.
Un político, nos dicen ellos mismos con insistencia, se educó para servir, para abrazar las manos de la multitud, ser la voz de un pueblo afónico. Como quería Horacio en su Roma epistolar, el hombre que viste las telas rústicas del senado espera dejarnos un rollo de oportunas leyes, una alfombra de consejos a estirar cuando es necesario mullir el cemento crudo de nuestra existencia sin filantropía.
La encuesta -mencionada al principio de esta nota- no aclara pero podemos deducir nosotros que en épocas de elecciones es cuando el pueblo verdaderamente festeja celebrando a sus políticos, porque tiene la oportunidad de renovarles la confianza, verlos salir a la luz del sol –rostros pálidos de tanto encierro, la barba crecida por la lucha en la arena de la ley- y así conocer la voz detrás de la santidad, el cuerpo destinado al sacrificio, el verbo escaso, justo, perenne, de sus discursos.
En estos días en que los fotógrafos les roban imágenes de perfil, en el que los cronistas deben castigar su inteligencia para llenar el espacio aberrante de sus medios que estos varones desprecian (horneados en el principio de que la verdad es concisa, universal, del otro) el político sabe calmar nuestras ansias con el ejemplo de su trayectoria, el mapa del mundo que nos ha construido en silencio, en secreto.
Votarlos es inscribirlos en un juego en el que el político solo espera perder, ceder su espacio al otro, seguro de que todos son probos para la misma función, lúcidamente consciente de que solo unos cuantos pueden encender la pira de los dioses con su cuerpo a fin de que se cumplan los sueños del pueblo que los aclama abajo inconsciente.
En estos días en que los fotógrafos les roban imágenes de perfil, en el que los cronistas deben castigar su inteligencia para llenar el espacio aberrante de sus medios que estos varones desprecian (horneados en el principio de que la verdad es concisa, universal, del otro) el político sabe calmar nuestras ansias con el ejemplo de su trayectoria, el mapa del mundo que nos ha construido en silencio, en secreto.
Votarlos es inscribirlos en un juego en el que el político solo espera perder, ceder su espacio al otro, seguro de que todos son probos para la misma función, lúcidamente consciente de que solo unos cuantos pueden encender la pira de los dioses con su cuerpo a fin de que se cumplan los sueños del pueblo que los aclama abajo inconsciente.