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A un año de la derrota electoral de Kirchner, ¿ganó Kirchner?
¿Qué hizo la oposición política con el poder que el electorado le dejó servido en bandeja? A un año de la derrota de Kirchner en los comicios bonaerenses, el Gobierno ametralló con iniciativas de fondo a una oposición que se rindió sin dar batalla. El resultado de Junio/09 se conoce hoy y es otro.
Hace un año Néstor Kirchner perdía, por escaso margen, pero perdía al fin, las elecciones de la provincia de Buenos Aires. Quien le ganó fue un empresario nacido en Colombia, propietario de medios de comunicación, coleccionista de bienes de Juan Domingo Perón y con escasa inserción real en el territorio: Francisco De Narváez.
Nada podía resultarle más burlesco a Kirchner, el “dueño” de un poder que, hasta que él se entronizó en la Casa Rosada, era algo que los verdaderos poderosos sólo le alquilaban al mandatario de turno, con una cláusula de desalojo compulsivo, casi siempre.
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Sin embargo, no logró articularse como alternativa a lo largo de los 12 meses que sucedieron a aquella oportunidad servida en bandeja que el electorado le había ofrecido.
Repasando los días de junio de 2009, hay que decir que, a la distancia, es difícil comprender la dilapidación del capital político y social formulada por Julio Cobos, los cobistas o su entorno, ya sea que se llamen radicales o sectores satélites de la sociedad y la política que se rindieron ante su rol pacificador post Resolución 125.
Cobos emergió de aquel 28 de junio más ganador que De Narváez. Pero un año después, no puede decirse con la misma contundencia que representen cabalmente, uno o el otro, al espacio capaz de sucederle al actual gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y, además de ganarle, a una fuerza suficientemente poderosa para poder gobernar.
En un país que para mal o para bien se dualiza cada vez más, hay lecturas a favor de unos y de otros.
Hoy, si nos guiamos por la opinión publicada, podremos creer que el kirchnerismo se encuentra en una etapa de disolución, en su “final cantado”, en la disgregación desde sus fibras íntimas y la antesala de su estrepitosa salida del poder. Es más: si nos detenemos en la información que difunden los medios que han tomado partido en su contra y, además les creemos, estaremos convencidos de que a la salida de los K de la Casa Rosada le sigue una puerta de entrada a la cárcel.
Sin embargo y –¿hay que aclararlo tanto?- más allá de que el país no resulte el paraíso soñado que al gobierno le gusta pintar en sus discursos, también está claro que es posible una lectura radicalmente opuesta. Es la que demuestran los sondeos de opinión que, si bien ponen énfasis en el desgaste del oficialismo, casi al unísono, además, lo dan como ganador ante una eventual elección presidencial, con Néstor o Cristina como candidatos.
La oposición soñó hace un año, el día después del comicio, con la disgregación del kirchnerismo cuando vio cómo los intendentes del conurbano bonaerense le resultaban infieles a las listas testimoniales de Kirchner y obtenían, en su territorio, más votos que los que le cedían al “jefe”.
Hoy, porfían con la debacle ajena y dan cuenta de que en cualquier momento, los gobernadores peronistas se pondrán de punta contra el mandamás, birlándole la jefatura política y quedándose, así con el poder. Pero lo cierto es que no hay palabra más burlada que la pronunciada en favor de tantas uniones, alianzas y encuentros como las pronunciadas entre sí por los protagonistas de la oposición.
Los analistas políticos que suelen escudriñar las encuestas semanalmente hablan de que “la única alternativa” que le queda a la sociedad que no quiere la continuidad del kirchnerismo, pero que no encuentra un canal de conducción de sus deseos, es esperar el desgaste y el cambio del “humor social”.
Se acuerdan entonces de aquellos momentos del país en que todo el mundo aseguraba que Carlos Ruckauf era un “presidente puesto” si caía Fernando de la Rúa. Probablemente, desde su entorno se haya colaborado para apurar el trámite. Y el famoso “humor social” pudo más. No fue lo que se auguraba que sería.
Pero para que la gente cambie de humor tendrían que ir las cosas muy mal. Tras su derrota del año pasado, el Gobierno nacional ametralló a la oposición con iniciativas de alta conflictividad moral, poniéndola a debatir hacia adentro, generándole problemas internos y sacándola del espacio público general, que supo ocupar con respuestas de alto impacto.
Es entonces que recién un año después de aquello se conoce el resultado verdadero de las elecciones. Y un año antes del recambio político general, no sería mala idea comenzar a discutir programas y posiciones de fondo, antes de que el vendaval proselitista y el cruce de intereses de los propios medios, nos impida ver contra quién o a favor de qué estamos peleando para vivir un poco mejor.
Repasando los días de junio de 2009, hay que decir que, a la distancia, es difícil comprender la dilapidación del capital político y social formulada por Julio Cobos, los cobistas o su entorno, ya sea que se llamen radicales o sectores satélites de la sociedad y la política que se rindieron ante su rol pacificador post Resolución 125.
Cobos emergió de aquel 28 de junio más ganador que De Narváez. Pero un año después, no puede decirse con la misma contundencia que representen cabalmente, uno o el otro, al espacio capaz de sucederle al actual gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y, además de ganarle, a una fuerza suficientemente poderosa para poder gobernar.
En un país que para mal o para bien se dualiza cada vez más, hay lecturas a favor de unos y de otros.
Hoy, si nos guiamos por la opinión publicada, podremos creer que el kirchnerismo se encuentra en una etapa de disolución, en su “final cantado”, en la disgregación desde sus fibras íntimas y la antesala de su estrepitosa salida del poder. Es más: si nos detenemos en la información que difunden los medios que han tomado partido en su contra y, además les creemos, estaremos convencidos de que a la salida de los K de la Casa Rosada le sigue una puerta de entrada a la cárcel.
Sin embargo y –¿hay que aclararlo tanto?- más allá de que el país no resulte el paraíso soñado que al gobierno le gusta pintar en sus discursos, también está claro que es posible una lectura radicalmente opuesta. Es la que demuestran los sondeos de opinión que, si bien ponen énfasis en el desgaste del oficialismo, casi al unísono, además, lo dan como ganador ante una eventual elección presidencial, con Néstor o Cristina como candidatos.
La oposición soñó hace un año, el día después del comicio, con la disgregación del kirchnerismo cuando vio cómo los intendentes del conurbano bonaerense le resultaban infieles a las listas testimoniales de Kirchner y obtenían, en su territorio, más votos que los que le cedían al “jefe”.
Hoy, porfían con la debacle ajena y dan cuenta de que en cualquier momento, los gobernadores peronistas se pondrán de punta contra el mandamás, birlándole la jefatura política y quedándose, así con el poder. Pero lo cierto es que no hay palabra más burlada que la pronunciada en favor de tantas uniones, alianzas y encuentros como las pronunciadas entre sí por los protagonistas de la oposición.
Los analistas políticos que suelen escudriñar las encuestas semanalmente hablan de que “la única alternativa” que le queda a la sociedad que no quiere la continuidad del kirchnerismo, pero que no encuentra un canal de conducción de sus deseos, es esperar el desgaste y el cambio del “humor social”.
Se acuerdan entonces de aquellos momentos del país en que todo el mundo aseguraba que Carlos Ruckauf era un “presidente puesto” si caía Fernando de la Rúa. Probablemente, desde su entorno se haya colaborado para apurar el trámite. Y el famoso “humor social” pudo más. No fue lo que se auguraba que sería.
Pero para que la gente cambie de humor tendrían que ir las cosas muy mal. Tras su derrota del año pasado, el Gobierno nacional ametralló a la oposición con iniciativas de alta conflictividad moral, poniéndola a debatir hacia adentro, generándole problemas internos y sacándola del espacio público general, que supo ocupar con respuestas de alto impacto.
Es entonces que recién un año después de aquello se conoce el resultado verdadero de las elecciones. Y un año antes del recambio político general, no sería mala idea comenzar a discutir programas y posiciones de fondo, antes de que el vendaval proselitista y el cruce de intereses de los propios medios, nos impida ver contra quién o a favor de qué estamos peleando para vivir un poco mejor.