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Sincola: Manual del buen victoriano, de Cassiafantasmas a Cassiaratones

Tiene el olfato adiestrado como los perros de caza. Sabe cuándo y cómo aparecer en público. De reacciones se ha formado su canasto de proyectos legislativos. Es un jugador de área. Quiere ser el Martín Palermo de la Legislatura de Mendoza. Es el diputado Daniel Cassia, según ilustra en esta columna Marcelo Padilla.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Es, además, como un jugador de casino que, más que ganar, busca la sorpresa entre los presentes. Imagino: el tipo llega a las mesas de ruleta y pide mil pesos en fichas de valor. Y, sorprendentemente, en lugar de repartirlas en distintos plenos y “adornar” el paño, las ubica todas juntas en pila sobre el número uno. Pleno al uno, mil mangos al uno. El tipo no gana en la mayoría de las jugadas, casi nunca; sin embargo, su jugada, la única, causa sensación entre los presentes; hasta el croupier lo mira de reojo. Lo que el tipo ha logrado es que se hable de él en todas las mesas. Y cada vez que aparece por el sitio, el personal cuchichea, adivinando su accionar. Hasta los demás jugadores levantan la vista, porque su perfume, lo delata. Si la pone, será Gardel; sino, se hablará igual de él. El jugador no tendrá fundamentos para justificar tamaño impulso. Es que se guía por la intuición desmedida que sólo conecta con la sorpresa, el rumor y la parodia del perdedor. Pero algo deja en claro: es una referencia, un estilo, una forma de pensar (o no pensar) el juego. Pálpito, puro pálpito.

Disculpe el lector este rodeo. La metáfora del jugador, por caso, es la que me viene a cuenta pensando en las propuestas del diputado Daniel Cassia. Las “jugadas de Cassia” (proyectos de castigo inviables) no llegarán nunca a buen puerto. Eso lo sabe hasta él mismo.

Sin embargo, la discursividad que tiene como eje el castigo, la sanción (siempre antes que cualquier espacio de reflexión) busca conectar con el pensamiento espontáneo, con la bronca social acumulada, que siempre espera ser canalizada a través del caníbal. El “gran caníbal” sería representado por la “opinión pública”, ese “monstruo indomable” que escupe sal sobre las heridas para que el mundo pida paso para el monstruo. Igual, y por suerte, nadie se moviliza por las ¿ideas? de Cassia. Toco madera.

Cuando me enteré de “la gran rateada”, lo primero que pensé (con ironía por cierto) es lo siguiente: “¡Acá hace falta un Cassia para que venga a restituir el discurso del castigo!”.

Dicho y hecho. A las horas, Daniel Cassia estaba ingresando por mesa de entradas de cada medio de comunicación su propuesta infundada de “llamamientos al orden”. “Los medios primero” es su consigna. Nos tiene acostumbrados. Como legislador él apuesta a la reproducción de la noción de castigo más que al debate sopesado sobre cualquier hecho social. Por eso, sus llamamientos al orden son espontáneos, crudos, sin cocción pero con muchísima sal, para que arda.

Y cualquier hecho social, para Cassia, es un tema que tiene que ver con la inseguridad. Y tiene su sentido pues. Lo que hicieron los pibes con la rateada difundida a través de Facebook es un acto delictivo en su pensamiento.

Por tanto, como todo delito, debe ser penado, sancionado. Los adolescentes, se sabe (adolecen de ideas, de necesidades y, por tanto, de derechos) deben escarmentar.

La impotencia de Cassia, su temor, es que esos pibes que hoy se ratearon, mañana salgan a robar en masa a través de Facebook, que violen la propiedad privada, entre otras. En fin, tanto la tecnología, como las acciones de los jóvenes deben ser “vigiladas y castigadas”.

Como buen victoriano, el diputado, consigue que por unos días, también se hable de él. Igual, nadie pide que a él se lo castigue o sancione, y mucho menos que se lo eduque.