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Cobos vs. Cobos, o cómo el cobismo se muerde la cola

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Como un perro sin niños en la casa que le ofrezcan diversión, el cobismo, por llamar de alguna manera a los seguidores más cercanos a Julio Cobos, persigue su cola tras numerosas vueltas sobre sí mismo y se relame satisfecho cuando, al menos, alcanza su extremo para mordisquearlo un ratito.

Para bien, para mal, o para lo que cada sector lo quiera valorar, la buena estrella del mendocino no consigue galaxia. Brilla sola. Aunque necesita del universo entero para existir.

Cobos no admite a “otros” a su alrededor. Y no es una estrategia: es parte de una personalidad difícil de revertir. Aún admitiendo su propensión a decidir en solitario y sólo lo que crea que puede beneficiarlo personalísimamente, Cobos no cree que se trate de un error: “si así llegué, así seguiré”, puede ser su línea de pensamiento, más cercana a considerar al defecto como una virtud.

Buenos Aires no es Mendoza, tanto como el país no es el Club Regatas. La carrera presidencial no es una maratón a la que pueda concurrir con sus amigos o ex compañeros del Liceo Militar como lazarillos.

El entorno nacional del vicepresidente vive momentos de angustia: lo empiezan a conocer. El “buen tipo”, no deja de ser eso, nada más que eso. Los que lo defendieron de las acusaciones de traición, la primera vez, cuando se peleó con su mentor Roberto Iglesias, ya no lo defienden. Algunos, incluso lo critican en voz alta.

Los testigos de la segunda tanda de mensajes traicioneros, aquellos que lo mancaron ante la defenestración, cuando se alió con los Kirchner, se fueron de su entorno y hasta de su partido, el Confe, volviendo al radicalismo.

Y los que, llegados desde diversos puntos del país, se sumaron a su “campo de fuerza” contra los reproches de la tercera traición, la denunciada cuando se peleó con los Kirchner, se recluyeron en aquellos mismos lugares del país de donde provenían, quedando a la espera de novedades.

Pero hay una cuarta tanda en el círculo de escuderos de Cobos que falló. No hubo quien saliera a respaldarlo con energía, potencia, legitimidad de alcance nacional, luego de su raro dictamen sobre la no continuidad de Martín Redrado al frente del Banco Central.

Pasó lo peor: se llamaron a silencio. Sin quitarle empuje ni buenas intenciones, sólo la sanrafaelina Laura Montero, la dueña de la casa en donde el dictamen se escribió, a cubrir al vicepresidente de la pedrea que la tormenta política de enero desencadenó contra él, con toda su furia.

En Buenos Aires, el Confe, el partido que creó para refugiarse, está patitieso. No saben qué hacer. De salir a las calles con cartelitos de Cobos después del “voto no positivo” a afiliar a Dios y María Santísima, han pasado a la solitaria discusión de cafetín bajo toda una sombra de dudas en torno a qué será de su líder.

“Escucha sólo a los técnicos muy amigos o a las personas más increíblemente ´nadies´ que se le crucen. Ya creo que detesta a los políticos”, dejó un joven ex entusiasta del mendocino que quiere ser presidente, que para concluir, lanza una advertencia, una amenaza o una premonición: “…pero sin políticos no va a ser nada”.