El blooper de Cristina, la credibilidad de los medios y Cobos que juega a ser presidente
“..En esta capital…”, arrancó su discurso, ayer en la Universidad de Columbia, en Nueva York, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Un blooper (¿ex profeso para “hacerse ver”?, ¿confundió la ciudad con Washington?) que se advirtió de entrada, ya que esa ciudad no es siquiera capital del Estado estadounidense en el que se encuentra plantada.
Lo dijo, instantes antes de que todo el mundo se diera cuenta de que se trataba de una argentina, una vez que dio rienda suelta a la fanfarronería que nos caracteriza en el exterior.
Si bien los “del interior” sostenemos que la soberbia es una propiedad exclusiva de los porteños, en “el exterior” no hacen tal diferenciación: los argentinos son petulantes, sostienen.
La Presidenta no es porteña: nació en La Plata, vivió en Santa Cruz. Sin embargo, exhibió ante los líderes del mundo convocados por Columbia la hilacha de su argentinidad: “antes de mi, nada”, podría sintetizarse el nudo de su discurso en el que comenzó –tras el blooper- señalando que este país, el suyo, el nuestro, fue poco menos que un caos “en los años 80, pero sobre todo en los 90”. Después, vinieron ellos, los Kirchner y antes, la dictadura militar que, como sabemos, no fue para nada buena.
Pero ello no fue todo: inmediatamente lanzó, en “porteñés” un dato que no se sabe cómo fue traducido para la concurrencia: “estamos creciendo a tasas chinas”. Felicitó por el Día del Estudiante (que sólo se celebra por estas tierras en esa fecha) y se empeñó, seguidamente, en convencer de que tiene soluciones para la economía del mundo, en una especie de globalización del kirchnerismo.
En el medio, los medios. Mientras Cristina y su marido se encuentran en Maniatan, Julio Cobos juega a ser presidente. A cargo formalmente de la primera magistratura, el vicepresidente no conseguiría que medio ministro del actual gobierno le de algo de bolilla. Así de tensas están las cosas. Pero Cobos aporta su cuota a la conflictividad política del país, al insistir en su oposición a la Ley de Medios tal como está.
En medio de uno de los debates más esperados desde la reinstauración de la democracia, muchos medios de comunicación están poniendo en riesgo su propia credibilidad. Aquellos que antes ensalsaron al Gobierno (tanto nacional como provincial) o, por lo menos, hicieron silencio ante situaciones gravísimas, ahora se ponen las vestiduras de opositores salvajes.
Pero la sociedad, las personas que forman el país, cada uno de nosotros, no somos sólo una imagen iluminada por la irradiación catódica, que asiste inerte a los mensajes televisivos: a veces, también pensamos. Y por eso, nos damos cuenta que la credibilidad es un valor que debe ir más allá de los intereses personales, empresariales o de grupo.
Frente a la reacción de los grupos que se verán, ineludiblemente, vulnerados por la nueva Ley de Medios, hay un kirchnerismo que, curiosa e increíblemente, es capaz de reinventarse cíclicamente, con la fuerza del maniqueísmo que promueve y que consigue instaurar.
Mientras Cobos construye con dificultades su plataforma para ser presidente de verdad (y no sólo morrucho de Cristina), aprovechando la coyuntura a favor que le da la pelea por la Ley de Medios, el kirchnerismo deja al descubierto capacidad de sintonizar con las cosas simples de la argentinidad: fútbol gratis para todos, por ejemplo.
Los medios que están en punta contra el Gobierno lo que hacen, en definitiva y torpemente, es alimentar su espíritu épico: la fuerza interna que los hace resurgir y crecer, haciendo ver a la oposición como un grupo histérico y disperso.
En el medio, los medios. Mientras Cristina y su marido se encuentran en Maniatan, Julio Cobos juega a ser presidente. A cargo formalmente de la primera magistratura, el vicepresidente no conseguiría que medio ministro del actual gobierno le de algo de bolilla. Así de tensas están las cosas. Pero Cobos aporta su cuota a la conflictividad política del país, al insistir en su oposición a la Ley de Medios tal como está.
En medio de uno de los debates más esperados desde la reinstauración de la democracia, muchos medios de comunicación están poniendo en riesgo su propia credibilidad. Aquellos que antes ensalsaron al Gobierno (tanto nacional como provincial) o, por lo menos, hicieron silencio ante situaciones gravísimas, ahora se ponen las vestiduras de opositores salvajes.
Pero la sociedad, las personas que forman el país, cada uno de nosotros, no somos sólo una imagen iluminada por la irradiación catódica, que asiste inerte a los mensajes televisivos: a veces, también pensamos. Y por eso, nos damos cuenta que la credibilidad es un valor que debe ir más allá de los intereses personales, empresariales o de grupo.
Frente a la reacción de los grupos que se verán, ineludiblemente, vulnerados por la nueva Ley de Medios, hay un kirchnerismo que, curiosa e increíblemente, es capaz de reinventarse cíclicamente, con la fuerza del maniqueísmo que promueve y que consigue instaurar.
Mientras Cobos construye con dificultades su plataforma para ser presidente de verdad (y no sólo morrucho de Cristina), aprovechando la coyuntura a favor que le da la pelea por la Ley de Medios, el kirchnerismo deja al descubierto capacidad de sintonizar con las cosas simples de la argentinidad: fútbol gratis para todos, por ejemplo.
Los medios que están en punta contra el Gobierno lo que hacen, en definitiva y torpemente, es alimentar su espíritu épico: la fuerza interna que los hace resurgir y crecer, haciendo ver a la oposición como un grupo histérico y disperso.

