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Entre “fusilamientos” y “secuestros”, Cristina muestra los nervios del discurso oficial

La presidenta acostumbrada a medir sus palabras parece haber dado paso a otra que construye destempladas metáforas que diluyen el sentido de las verdaderas horas trágicas de este país. Y lo que es peor, las utiliza para justificar lo injustificable.

La presidenta está nerviosa. Su habitual retórica didáctica parece haber dado paso a una verba más encendida que poco se vincula con su promesa preelectoral de institucionalidad, y mucho menos, con su posterior correlato de diálogo tras la derrota del oficialismo el 28 de junio.

Es que el kirchnerismo no se siente cómodo ni en las aguas de la verdadera institucionalidad, ni mucho menos en el terreno del diálogo franco. Cuando aún estaba convencido de su primacía en el favor de la opinión pública, tanto Néstor como Cristina Kirchner creyeron que gobernar era imponer. El triste resultado fue la interminable crisis que se generó con el sector agropecuario y con él, con vastos sectores principalmente del denominado interior del país.

Cuando se conoció el resultado electoral de la última elección legislativa que pese a los maquillajes –también discursivos- no pudo esconder la vuelta de cara que el 70% de la sociedad argentina le dio al kirchnerismo, el gobierno convocó al diálogo. Una serie de encuentros pensados más para dar la sensación de apertura y comprensión que para construir en conjunto con la oposición los destinos del país.

Sin embargo, y tras reiterarse las polémicas tanto con el Indec como con los números de la pobreza que la Iglesia se encargó de motorizar, la presidenta parece haber intentado cambiar la estrategia. Aquel tono de clase magistral que sólo se permitía la victimización de género o la de la triste persecución política, ha virado hacia la trinchera. Casi como una réplica de aquel viejo adagio deportivo que indica que la mejor defensa es un buen ataque.

En las últimas semanas, la presidenta expresó sentirse el blanco predilecto de distintos “fusilamientos mediáticos” que según ella, la corporación de medios (concentrada y multimedial, según lo que desde hace más de 30 años se conoce) le propina al difundir –por ejemplo- la asombrosa declaración jurada de sus bienes.

También, y al justificar la intervención del Estado en la difusión de los partidos del fútbol argentino, dijo que ella no quiere que “le secuestren los goles”, trazando una para nada feliz comparación con las desapariciones de personas durante la dictadura militar.

Estas ideologizadas metáforas, tanto para exculparse por el crecimiento desmedido de su patrimonio como darle sustento a un desembolso de 600 millones de pesos en un contexto de crisis, parecen ser los argumentos de aquel que no tiene muchos argumentos. Salvo los del ataque.

¿O acaso la pelea del gobierno con el Grupo Clarín hace que las explicaciones patrimoniales que los Kirchner deberían darle a la sociedad puedan leerse como un ensañamiento de la prensa? ¿Alguien puede creer ciertamente que destinar millones al negocio del fútbol sea una medida “progresista” porque está involucrada la pasión de un deporte que ya forma parte de la cultura nacional?

Mucho más duele que se utilicen palabras de triste significación en la historia argentina, tales como “fusilamientos”, que involucran desde la Patagonia trágica a Trelew o los sucesos de León Suárez. O la más reciente “secuestros”, que remiten desde los operativos ilegales de la dictadura a los extorsivos de estos días.

Una presidenta que dice poner énfasis en la memoria debería poner el mismo empeño a la hora de elegir sus figuras discursivas. Pues caso contrario, la banalización de las palabras, o el apresurado aferramiento a golpes bajos que juegan con las horas más trágicas de la historia nacional, no hace más que trastabillar la estrategia política oficial. Y con ello, la licuación de significativos momentos donde fusilar o secuestrar implicaba algo más que cuestionar al poder, sus habitantes y sus decisiones.